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domingo, 25 de enero de 2015

Escándalo en las aulas

Graham Weir (Laurence Olivier) aún sigue en periodo de juicio. Han pasado tres lustros desde que finalizó la guerra, pero permanecen agazapadas las recriminaciones por el hecho de que se negara a participar en la guerra. Esa negativa determinó que fuera abocado a conformarse con ser un mero profesor en los márgenes inferiores, donde lo precario convive con lo imperceptible, sin posibilidad de aspirar a mejores posicionamientos, mientras se entumece con el alcohol, como quien se mantiene en cierto estado de hibernación en el purgatorio en el que vive entremedias. Y una mirada le rescata, pasajeramente, de esa vida en la que se ha convertido en una figura borrosa, por lo que hizo o por la vida que no pudo tener. Pero esa mirada que lo contempla como una singularidad excepcional determinará que se convierta, de nuevo, en el centro de unas miradas acusadoras cuando sea llevado a juicio por supuesto abuso sexual de una menor. De abocado, por rechazo social, a ser nada pasará a ser despreciado por hacer sentir a alguien que es nada. Periodo de juicio es la traducción del título original de 'Escándalo en las aulas' (Term of trial, 1962), de Peter Glenville, quien adapta la novela de James Barlow, quizá su obra más estimable entre las siete obras que dirigió, adaptaciones de obras de teatro o novelas. Su director de fotografía es el gran Oswald Morris, quien había realizado labor en una de las obras más representativas del Free Cinema, aunque sus tonalidades oscuras no sean tan opresivas en este caso, pero si que hacen sentir el peso que abruma al personaje protagonista, el peso de un entorno atascado. El protagonista es otro personaje en colisión con la realidad, por su actitud diferente, aunque haya tenido que amortiguarla, arrinconarla, en su necesario proceso de adaptación.
Weir no cree que, en la educación, sea necesaria la aplicación de la violencia, de los castigos físicos. No se deja avasallar, pero tampoco busca imponerse de cualquier modo con los alumnos, en especial con el adolescente más desafiante, Mitchell (Terence Stamp), el gallito del corral que necesita afirmarse en todo momento. Más bien se deja llevar por cierta indolencia, algo que también ha enquistado su relación marital con Anna (Simone Signoret), quien parece haber acumulado resentimientos por la vida deslustrada que le ha suministrado. Es un amor dolido el suyo, el amor escorado por las decepciones y frustraciones, por sentirse atravesada por una aguja en una vitrina polvorienta. Las interrogantes asoman como el espino de los alambres y ponen en cuestión las decisiones y elecciones que se tomaron. Como si el pasado hubiera permanecido arrumbado, pero apostado, en el sótano, Anna despliega reproches que condenan la naturaleza deficiente, fracasada, de Weir, por haber sido un anónimo profesor que les aboca a una desteñida vida de limitaciones materiales, y por considerar su decisión de no participar en la guerra no como una virtud, el reflejo de ser fiel a su forma de sentir y pensar, la afirmación de una actitud pacifista y razonable, sino como una deficiencia, el mero reflejo de una cobardía. Su patrón de juicio es el convencional, y el predominante en la sociedad. Aún en su hogar, Weir se siente emborronado. La violencia de esa mirada, de esa recriminación, propiciará, por un lado, que sus reacciones reflejen su desesperación, y lleguen a ser violentas (castiga con una vara en clase a Mitchell; abofetea a Anna tras que esta le haya abofeteado verbalmente), lo cual delata su derrota, y la victoria de un mezquino entorno.
Y por otro lado, acrecentará que aprecie como un oasis, como una inyección de luz, la mirada admirativa de su alumna de quince años, Shirley (Sarah Miles). El entorno le niega, los alumnos no aprecian su esfuerzo, su esposa le escupe su amargura. Por un momento, siente que el mundo sí aprecia lo que es y lo que piensa. Y su sonrisa se despliega jubilosa, como la de un niño, torpe, como si hubiera perdido el hábito. La generosidad de Weir despierta iluminada y se ofrece como profesor particular sin exigir pago alguno. Pero esos detalles, o las atenciones que tiene con ella, como cuando Shirley se indispone en el viaje a París y la acompaña durante todo un día, nutre la idealización de su enamorada alumna e incentiva para que se arriesgue a insinuarse, y, ya por último, cuando él la rechace, apuntala los recelos y las suspicacias de los demás cuando ella se muestra despechada. Del mismo modo que su actitud pacifista se interpretó como cobardía por las miradas limitadas o resentidas, su generosidad se interpreta como agazapada lubricidad al acecho de un asaltador sexual. La demoledora conclusión apunta que las cualidades de Weir no son apreciadas, porque además su integridad resulta incómoda, perturbadora. Tiene que tener impurezas, defectos, no ser alguien que actuó por convicción ni por generosidad, sino por carencias o por intereses miserables. Su esposa puede encajar mejor que haya sentido algún deseo por aquella chica que el hecho de que aquella admiración le hubiera hecho sentir de nuevo lo que parece haberse necrosado con las recriminaciones y amarguras de ella. Por eso, su pregunta final es la asunción de que su mirada poco tiene que ver con el mundo que habita y las relaciones que puede generar. Tendrá que ser lo que esperan de él. O haces concesiones o te ves abocado a los márgenes.

miércoles, 14 de enero de 2015

Whiplash

Hay profesores desatascadores como Thackeray (Sidney Poitier) en 'Rebelión en las aulas' (1967), de James Clavell, quien encuentra en sus alumnos una resistencia enmascarada en la insolencia que no deja de ser una costra de recelos y decepciones, un tejido infectado de marginaciones, precariedades y discriminaciones. El profesor es un personaje intermedio entre los alumnos y los representantes institucionales. Thackeray aplica la reflexión de Somerset (Morgan Freeman) en 'Seven' (1995), de David Fincher:la educación, como el amor, implica esfuerzo, sino incurres en la (infecciosa) apatía. Hay otros profesores que han tomado esa opción, entre el cinismo y la pereza, y le dicen a Thackeray que la mejor opción es una paliza. El profesor de música Fletcher (J.K Simmons) de Whiplash' (2014), de Damien Chazelle, probablemente coincidiría con ese profesor en vez de con el planteamiento de diálogo y respeto de Thackeray. 'Whiplash' es el primer tema musical en el que participa en su clase el aprendiz de batería Nieman (Miles Teller). 'Whiplash', significa latigazo (¿Por qué no se ha traducido el término para el estreno español?). Ese el planteamiento educativo de Fletcher: el aula es una pista y él ejerce de director con látigo. No tiene mucho que ver con profesores revulsivos, sean iluminadores de perspectivas vitales como Keating en 'El club de los poetas muertos' (1989), de Peter Weir, o incentivadores de la reflexión, como Nelson en 'Half Nelson' (2006), de Ryan Fleck, y probablemente diría que por ser nada impositivo Weir (Laurence Olivier), en 'Escándalo en las aulas' (1962), de Peter Glenville, sufre las consecuencias del despecho de una alumna que incluso le llevan a juicio. Y posiblemente le lanzaría alguna silla (como hace con Nieman) o cualquier otro objeto a Jerry Lewis por sus ironías sobre las figuras de autoridad y la virilidad en 'El profesor chiflado' (1963). Fletecher pertenece a la modalidad profesoral de sargento de instrucción. Toda humillación o descalificación o desprecio al alumno es aceptable porque sirve como incentivo para que saque lo mejor de sí mismo,para ser competitivo, e incluso para que sea el número uno, porque los genios, los números uno, como Charlie Parker (irónicamente, un platillo que le lanzó un batería durante un concierto), tuvieron que sufrir una humillación para estimularle en perseverar.
Y probablemente escupe todo esa infección de pensamiento, todo ese ácido que anule, e incluso destruya (abocándole a la depresión y hasta el suicidio), al alumno, porque probablemente le amargue no haber sido uno de esos números uno, y en cambio ser sólo un profesor en una escuela y un aplicado pianista en anónimos clubs de jazz. Su actitud es también metáfora de una mentalidad propagada en el ámbito laboral, en donde el subordinado tiene que tragar todo lo que sea porque de ese modo quizá logre ascender o disponga de las deseadas recompensas (en cuya categoría, a estas alturas, ya está el mero hecho de conservar el puesto) y también en el afectivo: cuántos y cuántos no aplican lo de aparentar o ser el más duro o la más dura por considerarlo la estrategia exitosa. El planteamiento aberrante no deja de ser cierto porque no deja de haber quienes se plieguen a esas actitudes o estrategias y bajen la testuz. Ese es el caso de Nieman, quien ya en las primeras secuencias deja manifiesto que es alguien fácilmente sugestionable, alguien que se pliega a otras voluntades y no replica. Es alguien a quien le cuesta mirar de enfrente, tiende más a mirar hacia abajo. Por eso se deja fácilmente enajenar por el planteamiento instructivo de Fletcher (quien se va apoderando del encuadre de su vida, de su mente), y aceptar el padecimiento del vía crucis educativo como un recluta que acepta todas las pruebas a las que le somete el sargento de instrucción aunque sus dedos sangre, aunque llore por las humillaciones públicas, aunque sufra un accidente automovilistico que no le impide, como si fuera un autómata poseído por la voluntad de su sargento de instrucción, seguir avanzando ensangrentado para llegar a tiempo al concierto, aunque sus dedos no respondan, porque tiene que ser el número uno, y no puede permitir que otro de sus competidores, otro de los aspirantes a las baquetas con las que seguir manteniendo el ritmo de las galeras en las que sufre la opresión de un instructor que linda con destructor, ocupe su puesto.
La principal virtud de esta notable obra es cómo logra dar cuerpo con el montaje, con la modulación narrativa, a esa enajenación y opresión. Reflejado, también, en las mismas penumbras que predominan en los encuadres, y que hacen sentir la progresiva falta de aire, o cómo va extendiéndose un aire retenido, viciado. La concentrada, y despojada, narración (como la aspereza del hueso que asoma en una herida) se convierte en un dueto musical, en un duelo entre instructor y alumno, en el que los otros personajes son contrapuntos. En su relación con los amigos de la familia se refleja cómo el tumor de la instrucción competitiva se está propagando en su mente cuando ejerce también el desprecio, o la agresión como mecanismo también defensivo. Nieman no es menos que aquellos que reflejan el epítome del competidor en esta sociedad, el deportista, y lo expresa, o escupe. La figura sentimental, la chica que le gusta, se puede convertir en perturbación en vez de liberación o realización, como suele ser habitual en quienes priman la consecución del éxito laboral. El potente climax tiene algo de grito de desesperación a la vez que aceptación de un cáncer del que resulta difícil liberarse. Ante las humillaciones y desprecios que implican que puedan anularte y abocarte en los márgenes por enfrentarte a quienes dominan la batuta queda el resquicio de utilizar también sus artes para no dejarse avasallar por los latigazos. O su batuta o tu baqueta. Lo que queda es el vacío, pero sigues en el escenario.