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martes, 27 de enero de 2015

Plácidas pausas de rodaje: Sam y Matthew Peckinpah

Sam Peckinpah y su hijo Matthew, durante el rodaje de 'La balada de Cable Hogue' (1970). Matthew intervino, además de en esta, en otras tres obras de su padre, 'Grupo salvaje' (1969); 'Junior Bonner' (1972) y 'Los aristócratas del crimen' (1975)

Plácidas pausas de rodaje: Jean Cocteau y Jean Pierre Melville

Jean Pierre Melville, Jean Cocteau y Georges Yu, entre otros, a bolazo limpio, durante el rodaje de 'Los niños terribles' (1950)

Plácidas pausas de rodaje: Sam Peckinpah e Isela Vega

Sam Peckinpah e Isela Vega durante el rodaje de la sublime 'Quiero la cabeza de Alfredo García' (1974)

Plácidas pausas de rodaje: Alain y Nathalie Delon

Alain y Nathalie Delon durante una pausa de rodaje de la excelsa 'El silencio de un hombre' (Le samurai, 1967), de Jean Pierre Melville

Blackhat

Hathaway (Chris Hemsworth) está recluido en prisión por cometer delitos informáticos. Su propósito era el del clásico fuera de la ley que sólo robaba a los ricos, en este caso, a los bancos. Hathaway no se lleva bien con el sistema del que forma parte, o no está muy interesado en formar parte. Prefiere aislarse. Aislarse implica negación, y genera monstruos, los monstruos del resentimiento y la impotencia. Hathaway nos es presentado en su celda, aislado en la lectura de un libro y la música que escucha a través de sus cascos. Es la realidad propia que ha configurado, ya ajeno a lo que hay alrededor, afuera. Ha sido su voz amordazada, y opta por replegarse. La vida en prisión no parece muy relajada: varios guardianes entran en su celda, bien provistos de cascos y chalecos protectores, para realizar un registro. Quizá habita una sociedad demasiado controladora. Quizá ese afuera del que pretende aislarse no se lo permite. De algún modo tienes que reaccionar. Por eso, irónicamente, será requerido para conseguir capturar a un hacker de intenciones inciertas, pero de entrada, más destructivas e interesadas. Por eso se le califica de 'Black hat', porque vulnera el sistema por el placer de desestabilizar o buscar su propio beneficio. No deja de ser el reflejo siniestro, el doble o turbio fantasma de Hathaway: si no se puede modificar la realidad, mejorar el sistema, intentar que esté más compensado y equilibrado, destrúyelo, somételo al terror de la permanente incertidumbre. En este paisaje de control y vulnerabilidad, asoma una vez más el fantasma de los atentados del 11 de septiembre, una herida aún sin cicatriz que abríó en canal la vulnerabilidad, la incertidumbre sobre una constante amenaza que por otro lado ha sido instrumentalizada para establecer una sutil prisión no manifiesta a través de la exacerbación del control social. 'Blackhat' (2014), de Michael Mann se inicia con una serie de movimientos sinuosos en el interior de la red, de ese universo virtual, que domina el espacio visible de la realidad, y que amplifica la vulnerabilidad por propiciar y nutrir la visión ajena, virtualizadora, del Otro y de la realidad. Quien domine ese espacio puede provocar efectos destructivos en espacios distantes. El espacio de la realidad es el de un juego en donde la geografía física es una alambicada red de circuitos. La distancia sobre el otro, la ajenidad se intensifica y acrecienta.
En este mapa geopolítico de pulsos de poderes que se va perfilando, la película se hace eco del paulatino avance de una sociedad como China que, sutilmente, se ha ido extendiendo por el mundo occidental, manteniendo su aislamiento (su presencia social es ante todo económica: los negocios que regentan), absorbiendo las pautas del tejido económico capitalista (el reguero radial de estudiantes). La investigación policial en 'Blackhat' convoca la alianza entre agencias gubernamentales chinas y estadounidense, entre Chen (Leehom Dawai) y Barrett (Viola Davis), una alianza sostenida sobre la desconfianza (sobre las limitaciones de accesos a información) y las concesiones y presiones estratégicas. Entre esta serie de fantasmas de fondo, los colectivos (la vulnerabilidad social) y los individuales (la oposición al sistema con o sin escrúpulos, sublevada o depredadora), Mann orquesta otra de sus cautivadoras narraciones sensoriales. En Mann, como en Nolan o Fincher, la música se engarza con el montaje como si compartieran la misma piel. Sus narraciones fluyen. En el cine de Mann, las acciones concretan, condensan. Hathaway contempla en el aeropuerto el espacio amplio; la cámara encuadra su nuca, y en profundidad de campo, el horizonte, que contrasta con el enclaustramiento que ha vivido. En una secuencia posterior, en un restaurante, la cámara encuadra su nuca, de modo parcial, primero en su lado derecho y después el izquierdo, mientras mira hacia atrás, y advierte en la segunda ojeada que hay una cámara que les ha estado encuadrando a él y Chei (Wei Tang), hermana de Chen e ingeniera informática. Libertad, incertidumbre y control, vigilancia. Mann matiza a través de su planificación impresionista cómo se gesta, y consolida, la atracción entre Hathaway y Chei, O puntúa ciertas secuencias con fugaces ralentíes como notas musicales que empapan la narración de una sutil extrañeza.
En el cine de Mann han brillado particularmente las secuencias de enfrentamientos violentos, en particular en 'Heat' (1995) y en 'Collateral' (2004), cuya secuencia en la discoteca podría encabezar cualquier antología de secuencias de este tipo. Tras una secuencia de tiroteo que transcurre en un túnel y entre contendedores, como la que clausura 'Heat', Mann orquesta una secuencia magistral, detonada por la explosión de un coche, en la que logra conjugar y singularizar, dotar de poderosa densidad e intensidad dramática, como quizá sólo haya logrado Sam Peckinpah, varías líneas dramáticas que implican a varios personajes: la muerte imprevista que irrumpe desde el fuera de campo, despedidas que no serán ya provisionales, a qué mira uno antes de morir, el último gesto de destreza profesional. Una pieza maestra dentro de una narración que fluye con esa exquisita cualidad liquida que dota Mann a su cine, y que también adquiere la resonancia de una liberación. No deja de estar presente, aún filtrada por la distante circunspección del cine de Jean Pierre Melville, la poesía desesperada de Peckinpah, casi con tintes suicidas, en el último enfrentamiento durante un desfile. En 'Blackhat' palpita una estimulante simpatía por el forajido, no aquel que emula al sistema legal con otros procedimientos, sino el que se enfrenta, aquel que siempre prefiere los márgenes.

lunes, 26 de enero de 2015

Blackhat - Official Trailer #1 [FULL HD] -



Mañana en 'El cine de Solaris', 'Blackhat' (2015), de Michael Mann, un exquisito viaje sensorial, una mordaz alegoría sobre el control y la vulnerabilidad social, y una sugerente digresión sobre el doble y lo siniestro.

Alma salvaje

Desplazamientos, tránsitos (II) 'Alma salvaje' (Wild, 2014), de Jean Marc Vallée. Hay momentos en la vida en que simplemente desistes, porque ya te sientes sin fuerzas o te sientes incapaz. No es que se te hayan presentado encrucijadas y elegiste mal. No siempre es así. A veces, te esfuerzas, perseveras, y lo consigues. En otras, pierdes pie, abandonas, aceptas la derrota, tu fracaso, tu impotencia. Eso le dice a Cheryl (Reese Whiterspoon), uno de los diversos personajes con los que se cruza en el recorrido de 4200 kilómetros que realizó, durante dos meses, allá por 1995, por el Sendero de la Cresta del Pacífico, desde el desierto Mojave hasta la frontera canadiense, recorriendo los estados de California, Oregon y Washington, y teniendo que superar las cordilleras, en algunos casos surcadas de nieve, de Sierra Nevada o Las Cascadas. Si el protagonista de la anterior película de Vallée, 'Dallas buyers club' (2013), no se sumía en la desesperación cuando le diagnostican el sida y en vez de abandonarse a su desgracia toma las riendas del poco tiempo que le queda de vida y crea una red que suministre tratamientos alternativos para la enfermedad, Cheryl se muestra también determinada y opta por una arrojada y audaz acción para reconducirse, y arreglar la avería de su vida. La obra se abre con una secuencia que condensa su presente y su pasado, su derrotas pretéritas y su desafío presente, su incierto presente, su voluntad aún en construcción. Cheryl en lo alto de una montaña se quita las botas para poder arrancarse del todo una de las uñas de sus malheridos pies, y en el proceso se le cae ladera abajo la bota. Desesperada, rabiosa, lanza la otra al vacío. Hay en las entrañas de Cheryl muchas emociones malheridas con uñas que arrancar. Como hay mucho equipaje vital que supone un lastre, del que deberá desprenderse, como en los primeros pasajes debe descargar mucho material innecesario que sobrecarga tanto su mochila que debe realizar ímprobos esfuerzos para lograr alzarse con ella puesta.
Pero si en el pasado desistió y se dejó precipitar en el vértigo del aturdimiento donde desaparecer a través del consumo desbocado de estupefacientes o de la relación indiscriminada de cuerpos masculinos para intentar contrarrestar su desvalimiento y naufragio emocional, este viaje que se ha propuesto supondrá su inmersión en el vacío y las profundidades de su depresión, la raíz de su dolor, para alzarse, con el gesto combativo, en unas alturas en las que ya no tema enfrentarse al dolor y las decepciones y las diversas adversidades y contrariedades de la vida. Si se queda sin botas, se coloca unas chanclas. La cuestión es salir al paso, seguir dando pasos de modo decidido. El desarrollo narrativo se trama sobre ese proceso alquímico. Las irrupciones primeras del pasado, cuando se inicia el viaje en el desierto, son planos fragmentados, sin sonido, como espasmos. Progresivamente, las irrupciones del pasado se concretarán en secuencias más desarrolladas, como si se perfilaran las emociones desenfocadas, y fuera enfrentándose a los diversos fantasmas que propiciaron que, en los últimos cuatro años, se precipitara en un remolino en el que sólo anhelaba extraviarse, desde que diagnosticaron a su madre, Bobbi (Laura Dern) que tenía un tumor maligno. Una mujer, su madre, que siempre ponía una sonrisa aunque sus circunstancias fueran adversas o desgraciadas.
En ese sentido es significativa la recurrente relación de temor con varias figuras masculinas, considerando la relación de maltrato físico que ejercía el padrastro sobre su madre, o cómo los hombres se convirtieron en figuras borrosas intercambiables en los que perderse en la aturdidora embriaguez del deseo. No con todos, porque son variadas las relaciones que configura en su trayecto, tanto con hombres como mujeres, y también encuentra armoniosas relaciones provisionales con figuras masculinas. Pero esa reiteración remarca su progresiva afirmación. De alguna manera también se enfrenta a su propio miedo al miedo. Es particularmente hermoso, y singular, por sorprendente, el encuentro con una llama en un sendero del bosque, introducción a un encuentro con una niña en la que pareciera que se viera a sí misma, y en la que vez se reencontrara. O culminara, por fin, una reconciliación con lo que había extraviado en sí misma. Por eso, las lágrimas le desbordan. Y el puente, al fin puede cruzarse, ese puente en donde le espera la zorra, visión compañera recurrente que le ha acompañado, sin saber cuándo era real o cuándo imaginaria, en el trayecto que le ha hecho remontar el vuelo en su vida cual ave fenix. Por eso su mirada, se eleva hacia las alturas.