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martes, 3 de marzo de 2015

En rodaje: Yasujiro Ozu y Shima Iwashita

Yasujiro Ozu, con Shima Iwashita, durante el rodaje de su última obra, 'El sabor del sake' (1962)

En rodaje: William Dieterle, Max Reinhardt y el director artístico Anton Grot

William Dieterle, Max Reinhardt y el director artístico Anton Grot con una de las maquetas utilizadas en 'El sueño de una noche de verano' (1935), de Dieterle y Reinhardt

William Dieterle, actor

William (Wilhelm) Dieterle compaginó en su etapa alemana las tareas de director y actor. En sus obras, desde 1923, cuando realizó Der Mensch am Wege', en la que Marleme Dietrich tenía un pequeño papel, él solía interpretar papeles protagonistas. Entre 1927 y 1930, dirigió e interpretó una serie de obras con la propia productora, Charha, que creó con su esposa, la guionista Charlotte Hagenbruch: 'Geschlecht in Fesseln', 'Die Heilige und ihr Narr', 'Das Schweigen im Walde' o 'Ludwig der Zweite, König von Bayern'. También interpretó papeles, generalmente secundarios, en obras de Frranz Seitz, Leopold Jessner, E.A Dupont, Karl Grune, Paul Leni, Carle Froelich. En 'Fausto' de Murnau, encarnó a Valentin. En 1930 sería contratado por la Warner, y se instaló en Estados Unidos donde ya centraría su carrera en la faceta de director. Una de sus últimas interpretaciones entonces sería en 'El demonio del mar' 1931 en la que encarnaba al capitán Achab, la versión en alemán de 'Moby Dick'. La versión en inglés, 'La fiera del mar' (1930), la había dirigido Lloyd Bacon, con Lionel Barrymore. De la versión en alemán se encargó Michael Curtiz. En 1959, cuando retornó a Alemania, volvería a interpretar un papel, secundario, en una de sus propias películas, 'Il vendicatore'.

Happy valley

Un empleado insatisfecho que urde el secuestro de la hija de su jefe, una mujer policía en una pequeña localidad. Ambiente provinciano, o rural. Parece la ecuación de 'Fargo' (1995), de los Hermanos Coen, pero del molde se pueden realizar muy sugerentes variaciones, como demuestra la excelente miniserie británica de seis episodios 'Happy valley', creada por Sally Wainwright. El empleado insatisfecho en cuestión es Kevin (Steve Pemberton), que no digiere bien que su jefe no tenga en cuenta sus sacrificios y desvelos laborales durante tantos años y no le proporcione el incremento de sueldo que le solicita para poder pagar la mejor universidad a su hija mayor. El prototipo del esbirro que tiene lo suficiente pero quiere mas hierve despechado. Los azares entran en escena para añadir un poco de ironía con pimienta no precisamente dulce. Ser testigo accidental de ciertas actividades ilegales (si se denomina valle feliz/happy valley es por el intenso tráfico de drogas en la zona) propician que, para salir del atolladero, proponga lo que no eran sino fugas de su mente frustrada. Y los monstruos de los sueños se hacen realidad, y se descontrolan. Y no hay vuelta atrás. Tampoco el pasado se puede controlar, resurge, viene desde atrás, te adelanta, y se convierte en obstáculo en el camino. Hay vueltas atrás que no quisieran realizarse, evocar lo que causó heridas que no han podido aún cerrarse del todo. La sargento de policía Cawood se enfrenta a la liberación de quien está convencida que fue el violador de su hija, y padre del nieto que cuida, Tommy (Jim Norton).
Las dos tramas se enroscan y confunden y se convierten en un enfrentamiento en varias direcciones, lides con el pasado y el presente, porque Tommy es uno de los tres secuestradores de la hija del jefe de Kevin. Y una mujer puede ser cualquier otra, y puede ser también violada como otras en el pasado. Cawood y Tommy se convierten en el núcleo de un relato que estalla en toda su virulencia en el cuarto episodio ( de un modo que incomodó a unos cuantos espectadores que protestaron a la BBC por la descarnada violencia). Cawood lidia con una vida que se deshilacha y no logra definirse. Divorciada desde hace años, parece que la reaparición de las sombras siniestras del pasado también reavivan deseos en los lazos rotos, como con quien fue su marido. Los tiempos se confunden, como los sentimientos. También lidia con sus superiores, que no parecen definirse por el rigor en su trabajo, y en cambio si tender a mirar hacia otro lado cuando la ley puede tocar a quienes no quiere que toquen. Y con heridas familiares, resentimientos que no imaginaba. Cawood soporta golpes desde todos los ángulos, algunos literales que dejan su cuerpo como un guiñapo, en otras en sus entrañas. Cawood se equivoca, pero su mirada no deja de perseverar, a diferencias de otros, mira hacia el pasado que a veces le ofusca, y hacia un presente que a veces parece tener demasiadas esquinas y recovecos y trampas y callejones sin salida. A veces cae, pero no deja de levantarse. Y no ceja hasta romper amarras con un pasado que aún la perseguía como una sombra que no deja de violar el presente.

lunes, 2 de marzo de 2015

En rodaje: Bryan Forbes y Katharine Ross

Bryan Forbes y Katharine Ross durante el rodaje de 'Las esposas perfectas' (1975), de Forbes, otra sugerente variación dentro de las coordenadas del cine fantástico sobre la idea de la sustitución o suplantación ( o el miedo a la misma).

The whisperers

La trama de la realidad puede resultar difusa, y hay quienes viven en una zona de realidad difusa. Figuras de las que quizá nadie se percata, como si habitaran la vida tras un cristal esmerilado. Su tránsito por la vida quizá no sea apreciado, quizá porque la realidad rebosa de márgenes en los que se apilan figuras difusas como la señora Ross (magnífica Edith Evans), en la producción británica 'The whisperers' (1967), de Bryan Forbes. Tiene 76 años, vive sola, y sobrevive en su precariedad gracias a la asistencia de los servicios sociales. En su desvencijado hogar escucha voces, quizá susurros. A veces, abre la puerta y pregunta si está ahí. Pero nunca hay nadie. No sólo escucha voces que provienen de dentro sino también de fuera, voces que le llegan del piso de arriba, voces que parecen que discuten (la realidad parece que no deja de enzarzarse ahí afuera). Son voces más hostiles que las de su vacío interior. No necesitan de intrusiones, por mucho que sean hechas con buena voluntad, porque la señora Ross teme que el marido quizá maltrate a la esposa, aunque su buena voluntad está tiznada de cierto racismo, ya que su desconfianza se apoya también en que él sea hindú. En el mundo de afuera, un mundo que parece no dejar de descascarillarse, como si fuera el desteñido reflejo de la prosperidad que se vivió en esa zona de Manchester, cuando la industria textil vivía momentos álgidos, no parece haber muchos que se preocupen de la señora Ross. Más bien, todo lo contrario, sobre todo si hay dinero de por medio. El dinero parece la única nota de distinción en un paisaje humano miserable. Distinción porque es la contraseña de acceso para salir del sumidero de vida en los márgenes de la realidad donde no dejan de ser figuras difusas. Su hijo, Charlie (Ronald Fraser), la visita no porque le importe sino porque su casa le puede servir para ocultar el dinero de un robo. Una mujer que también vive de la ayuda de los servicios sociales la emborracha y la lleva a su casa cuando cree que puede robarle algunos billetes.
La señora Ross es un deshecho, otra ruina de ese paisaje que parece derrumbarse, y hay un momento en que literalmente lo es, un bulto arrojado en una zona de paso porque la que nunca parece pasar nadie, un bulto que antes parecía confundir los tiempos y las realidades, en los márgenes de los márgenes, y que necesitará asistencia sanitaria para recuperar el escaso lazo que le quedaba de conexión con la realidad. Hay una secuencia extraordinaria que condensa el aliento de esta notable obra que dispara con silenciador. El marido, Archie (Eric Portman), al que hace años que no ve, acude al hospital donde está ingresada cuando le avisan de su estado. En primer término del encuadre, a la izquierda, se ve el perfil de Archie, de espaldas a la puerta, y al fondo a la derecha, tras una puerta con cristal esmerilado se aprecia como un enfermero trae a la señora Ross. Ambos se miran, y en sus miradas se sienten las sacudidas de la consciencia del paso del tiempo, cuando contemplan en el otro los estragos del tiempo, como si fueran el desteñido reflejo de lo que fueron. Archie vivía en los márgenes, otra figura difusa que no ha logrado conducir su vida, sino que le ha conducido a él a los espacios destartalados, a los lugares donde ya no hay ni nombres, sino sólo escombros, sombras que se arrastran, sombras que recurren a lo que sea para seguir sobreviviendo, conducir a los que disponen del dinero o trafican con lo que genera dinero, pero también muerte. Por un momento fugaz, dos figuras difusas que se van desvaneciendo, vuelven a reencontrarse, pasajeros de una realidad ruinosa en la que se busca como sea la huida. A veces la proporciona un excepcional golpe de suerte que sirva para sentir que vuelve a conducirse la vida. En otras, simplemente, se sigue escuchando voces ahí dentro, aunque nunca conteste nadie cuando se pregunte si hay alguien ahí.
John Barry compuso una espléndida banda sonora

domingo, 1 de marzo de 2015

En rodaje: Mikio Naruse y Yoko Tsukasa

Mikio Naruse y Yoko Tsukasa durante el rodaje de la última, y excelsa, obra de Mikio Naruse, 'Nubes dispersas' (Midaregumo, 1967)

La sangre seca

'Ya es hora de que seáis felices' es el eslogan que acompaña la fotografía de un hombre que apunta su sien con una pistola. Es la promoción de una compañía de seguros. El hombre de la imagen es Kiguchi (Keiji Sada). Sí intentó de veras suicidar. Ahora es imagen. Su gesto poseía otro significado. Iba a ser despedido de la empresa en la que trabajaba, y no sólo él, también compañeros suyos. Fue un gesto que realizó frente a los directivos. Era un gesto que no sólo se preocupaba de él. Y si no murió fue por la intervención de otro compañero. Ahora su gesto de sacrificio por otros se convierte en apoyo promocional de una compañía que intenta conseguir que la gente pague por asegurar su vida. Como si la empresa fuera como ese hombre que antepone la felicidad de los demás sobre la suya, tanto que es capaz de quitarse la propia vida. Pero las imágenes tienen la sangre seca. Así se titula esta sombría segunda obra de Yoshishige Yoshida, 'La sangre seca' (Chi wa kawaiteru, 1960). Directamente, es un puñetazo en el vientre, de esos que te dejan sin respiración, boqueando. Sus composiciones son espesuras de negro, un negro que es emboscada, como una red que se cierne, como un telón que apaga todo rastro de luz. El paisaje humano es espectral. La idea de la promoción es de Yuki (Mari Yoshimura), No le interesa que la gente contrate seguros, quiere agitar la sociedad, cree que aún es posible. Quien no lo cree, porque no cree en la honestidad, no cree que sea posible que alguien, de veras, se preocupe por los demás, que haga gestos por los otros, por mejorar la sociedad, es el fotógrafo de prensa Harada (Shinichiro Mikami). Realiza en un vertedero fotografías de una modelo en bikini. No difiere mucho de su propia mirada. Unos hombres llegan en coche, y le golpean, arrojándole entre la basura. Está acostumbrado a revolver entre desperdicios, y sobre todo está habituado a generar desperdicios. No tiene escrúpulo alguno. Apuesta con Yuki que logrará manchar, demoler, la imagen de su protegido. Se ha convertido en todo un fenómeno social. Los niños cantan en la calle el eslogan. Se está convirtiendo en una especie de cruzado social, un gesto apesadumbrado que recuerda que hay precariedades en la sociedad.
Harada escupe su desprecio, no puede pensar que no sea un impostor. Y utiliza todo los medios posibles para destruirle, buscará algún resquicio donde se advierta la basura bajo la imagen creada, y sino la creara, provocará lo que haga falta, para dañar su imagen, utilizará a quien haga falta para conseguirlo. Yuki, por su parte, desespera porque su creación se le va de las manos. De nuevo se siente fuera de la vida, expulsada, siente que todo es ridículo y vano, y esa decepción y desesperación, esa sensación de derrota, la hace comunión con la sordidez y mezquindad: los cuerpos de Yuki y Harada se confunden en la espesura de la negrura, como si estuvieran aislados de la realidad, difusos brillos que sudan su negación, la negación de quien vuelve a perder el paso y la fuerza para seguir combatiendo, y la negación de quien no cree que haya luz alguna en el ser humano. Mientras, Kiguchi se ve atrapado en su personaje, en la notoriedad que alcanza, la enajenación le captura, de verdad piensa que todos le escuchan, que les importa lo que él dice, piensa que puede influir en la realidad, y transformarla, y mejorarla. Interviene en los mitines del partido pacifista obrero, es atacado por un nacionalista porque él no cree en la cerrazón frente a otros países. Sólo piensa en el bien de todos. No entiende que alguien quiera dañarle, en principio no pierde los estribos, no se sulfura, ni por celos ni por despecho, para perplejidad de quienes buscan que rasgue esa pantalla de templado hombre preocupado por los demás. En una realidad en la que domina la escenificación su gesto se diluye en otra extravancia de moda, un eslogan que se canta. Es una función para sacar dinero, o un actor que representa un papel. No piensan que la sangre sea húmeda. O, directamente, hay a quien no le importa que lo sea.

sábado, 28 de febrero de 2015

Plácidas pausas de rodaje: Robert Rossen, Lili Palmet, John Garfield y Abraham Polonsky

Robert Rossen, Lili Palmet, John Garfield, Abraham Polonsky (guionista), entre otros, en una pausa de rodaje de 'Cuerpo y alma' (1947), antes de que casi todos fueran objeto de la persecución del Comité de Actividades antiamericanas.

Plácidas pausas de rodaje: Robert Rossen y Evelyn Keyes

Robert Rossen y Evelyn Keyes durante el rodaje de la muy sugerente opera prima de Robert Rossen,el noir 'Johnny O'Clock' (1947). Su protagonista no está lejos de otros habitantes de 'tierras intermedias' de su filmografía, como los que interpretarán John Garfield o Paul Newman en, respectivamente, 'Cuerpo y alma' (1947) y 'El buscavidas' (1961), e incluso Warren Beatty en 'Lilith' (1964), que al final se decide a pedir ayuda porque quizás la necesite tanto o más que aquellos que cuidaba como celador en el sanatorio psiquiátrico. Hay un momento en que te tienes que definir, dejar claro en qué lado estás, pero ante todo saber en qué lado debes estar, y esto tiene que ver con la ética e integridad, o con ser consecuente y consciente; con dejar de engañarte, en suma.

Lilith - Imágenes de un rodaje

Jean Seberg, Warren Beatty y Robert Rossen durante el rodaje de la sublime 'Lilith' (1964)

En rodaje: Paul Newman y Jackie Gleason

Paul Newman y Jackie Gleason durante el rodaje de El buscavidas' (1961), de Robert Rossen, la cual se puede ver como variante afín de 'Los amantes de Montparnasse'(1958), de Jacques Becker: el artista frente a la rapaz mente calculadora que exige que se pliegue a su voluntad. Una relación amorosa que es un 'contrato de depravación, sólo queda bajar las persianas'. Un matiz diferenciador importante: un proceso de aprendizaje; el desprendimiento de la arrogancia del ego. Tres de los personajes más poderosos que ha dado el cine estadounidense (y, por correspondencia, tres de las interpretaciones más soberanas vistas en una pantalla): Minnesota fats (¿Le hace falta hablar? Lección para guionistas: cómo caracterizar un personaje de escasas palabras) Bert (la rapaz mente calculadora del hombre de negocios: pocos personajes más siniestros y terribles como él) y Sarah (la mujer que ha visto la desnudez de la vida, pero sin conseguir la templanza adecuada para soportarla: no sólo su pierna cojea, también su mirada). Roger Ebert escribió que 'es de las pocas películas estadounidenses en la que el héroe gana rindiéndose, aceptando la realidad en vez de sus sueños'. Me gusta imaginar que cuando Felson cruza aquella puerta al final, corte de mangas que implica que ya no podrá competir nuca más al billar mientras Bert domine el escenario, le lleva al mundo donde habita Lilith. Por algo, fue la igual de magnífica 'Lilith' (1964), la siguiente obra de Rossen. Esta termina en otro umbral, pero a la inversa. Alguien, el protagonista, pide ayuda, él, o muchos de los considerados normales necesitan más ayuda que muchos de los considerados trastornados, residentes en un sanatorio psiquiátrico. Posiblemente, Felson le sonreiría desde el interior.

viernes, 27 de febrero de 2015

Plácidas pausas de rodaje: James Stewart, Grace Kelly y Wendell Corey

James Stewart, Grace Kelly y Wendell Corey durante el rodaje de 'La ventana indiscreta' (1954), de Alfred Hitchcock

Falbalas

Un cadáver y un maniquí. Philippe (Raymond Rouleau) era un diseñador de modo. Digo era porque en las secuencias iniciales de 'Falbalas' (1945), de Jacques Becker, se le presenta ya cadáver abrazado a un maniquí. En la posterior secuencia, ya en el pasado, lo vemos en plena acción laboral, dilucidando sobre unas prendas que se está probando una modelo. Su modo de tratarla es como si fuera un maniquí, no alguien de carne y hueso y sistema nervioso y emociones y sentimientos. Raymond mira a los demás como si fueran integrantes de una pantalla, atrezzo escénico. Él diseña modelos, no sólo para vestir cuerpos, sino también para vestir la realidad. Lo que no complace, lo trata con brusquedad e incluso desprecio, como una minucia que no merece la mínima consideración, aunque sean los sentimientos de una ayudante enamorada que encaja todos sus menosprecios o todas sus desconsideraciones. Los demás son cosas, como telas mal hilvanadas, retales inútiles. Si algo le complace, se esfuerza por todos los medios en conseguir que se integre en la pantalla que desea vestir en su vida. Porque su aspiración es que la pantalla que diseña de la vida esté dominada por los vestidos de tiros largos (Falbalas).Y cuando irrumpe en su campo de visión, en su escenario o pasarela de vida, Micheline (Micheline Presle), no hay nada que impida su arrollador propósito.
No importa que sea la prometida de un amigo. No importa nadie alrededor. Porque se asemejan a los maniquíes con los que trabaja. De hecho, Micheline parece la encarnación de uno de sus maniquíes. Es su viva imagen. A Philippe no le importaban mucho los sentimientos de las mujeres, porque ninguna le importaba. Le importan los de Micheline porque espera que le corresponda. Y las representaciones y los cuerpos de nuevo difuminan los límites. El diseñador se ve cautivo de su propio diseño, de la red de sus proyecciones, de los hilos que no logra que dominen a la mujer que desea. Y sus emociones, esas que mantenía siempre en reserva, al exponerlas se precipitan en los abismos. Negar resulta fácil: desprecias, ignoras, actúas como si nada te importara de la otra persona. Pero no es tan fácil conseguir la afirmación que te corresponda sobre todo si entre tu vestimenta está incrustada, como accesorios y complementos, los cadáveres de tantas mujeres que has despreciado. Realmente, eras siempre tú solo, y los maniquíes.