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Esta semana es para José Luís Jiménez
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miércoles, 23 de julio de 2014

Revisión de L'Apollonide,de Bertrand Bonello. Una sesión en grupo en la Filmoteca


Qué satisfacción gozar del entusiasmo de quienes ayer descubrieron 'L'apollonide' (2010), de Bertrand Bonello. Ya era todo un logro el conseguir interesar a 28 personas para asistir a la proyección en la Filmoteca de una obra que pasó muy desapercibida cuando se estrenó. Viéndola por segunda vez, aún me conmocionó más profundamente. Su bella narración musical a la deriva hace de una herida poesía. Su insondable tristeza es la del cautiverio. No sólo es el cautiverio de las prostitutas que aún persiste en nuestros días, en otras formas aún más degradadas, sino el de la mujer entre los barrotes de la su condición de representación, pero también el de toda dedicación que implica venderse, mientras se sueña con la liberación, y sólo parece que se pueda recurrir a las fugas de los paraísos artificiales. Por eso, es la misma actriz que intenta encontrar en el opio una evasión que mitigue el dolor de la lucidez la que encarna a otra prostituta en la calle un siglo después. 'Y si no ardemos, ¿quién iluminará la noche?' escribió Michaux, y expresa una de las protagonistas en las secuencias finales. Hermosa es también la música que compone el propio Bonello, e imponentes los títulos de crédito en cuyo diseño creativo también colaboró al son de 'The right to love you' de The mighty Hannibal.

Un toque de violencia

A Dahai (Wu Jiang) le cuestionan que se preocupe tanto de los demás, en vez de sólo de lo propio, sea de meramente sobrevivir con las migajas que le tocan o enriqueciéndose a costa de los demás. Dahai protesta porque el propietario de la mina no ha cumplido su promesa de repartir los beneficios con los trabajadores. Dahai cuestiona a los que aún son peores que el propietario, los esbirros que aceptan un abuso de poder por acceder a alguna porción del beneficio en forma de soborno, y a los que, siendo explotados, no claman porque el propietario se haya incluso comprado un avión particular, y además, para remate, se ríen de él llamándole 'Pelota de golf' porque le han golpeado la cabeza por protestar en público. Nadie se preocupa, todos aceptan un estado de cosas abusivo. Y unos pocos lo imponen. Cada uno tiene su toque de pecado, título original de 'Un toque de violencia' (Tian Zhu ding, 2013), de Jia Zhang Ke, quien juega con la ironía de un contraste entre el título en inglés 'A touch of sin' con el de una obra de 1971, 'A touch of zen'. No hay mucha armonía en el corrupto, sórdido y desolador panorama que Zhang Ke refleja del país a través de las cuatro historias, en distintas y variadas zonas geográficas, que componen el mapa del relato. La narración se abre con un enfrentamiento violento, con el intento de un robo. Se cierra con una interrogante, la que lanza una representación teatral a unos lugareños, ¿cuál es tu pecado?, que no deja de ser una pregunta que la misma obra lanza al espectador. El arte interroga, o intenta sacudir con las interrogantes, como quien zarandea a alguien narcotizado. El pecado siempre estará relacionado con el dinero.
La violencia que se resalta en el título español es la que explota, de un modo u otro, contra otros o contra uno mismo, por desesperación, por circunstancias terminales, por no soportar una injusticia a la que los demás se resignan, por no aceptar la desolación de una vida que sajará toda ilusión porque no hay lugar para la armonía sino para la mera supervivencia, que implica prostitución. La violencia de un abuso de poder, de una explotación. Sean unas minas, una sauna o un hotel, los espacios representan una anulación, un cautiverio. Seas un minero, una recepcionista o una azafata, siempre hay quien avasalla o abusa de ti. Puedes optar por enfrentarte, usando las mismas armas de quienes atracan con la protección legal, como un banco, un disparo en la cabeza y coges tu particular porción, como si fueras el forajido enmascarado. Tampoco, al fin y cabo, se ve los rostros de quienes ejercen su violencia desde las alturas de sus edificios de cristal. Hay que sobrevivir. Eres tú o ellos, los que intentan robarte el dinero portando un cuchillo o no dejándote ver su rostro. La violencia en algunos casos es la del que se revuelve, la del que no acepta más resignación, y su impotencia y desesperación la convierte en balas. O la de quien no acepta que golpeen más su cabeza con un fajo de billetes porque no se doblega a aceptar los caprichos de quienes está acostumbrados a que complazca cualquier de sus apetencias, a que traguen cualquier humillación que imponga.
En una secuencia del tercer relato, Xiao (Thazo Zao), la mujer que trabaja como recepcionista en la sauna, escucha en un programa televisivo, que se refleja sobre el cristal tras el que ella se encuentra, que no es cierto que el hombre sea el animal más inteligente sobre la tierra, o no el único. Desde luego, sí el más bestia, como bien escupe Dahai antes de disparar, en su recorrido justiciero, sobre el hombre que maltrata a su caballo a base de latigazos. En el segundo relato Zhou (Baoquiang Wang), conduce con su moto tras un camión que lleva unas reses al matadero. El no tiene intención de que pase lo mismo con su vida. No quieres ser como ese pato que desangran lentamente, tras cortarle el cuello, para que así sea más sabroso cuando se coma. Por eso, no duda en disparar en alguna cabeza ajena para sustraer un trozo de cielo con oxigeno. Al fin y al cabo, es el único de los tres hermanos que se preocupa de su madre, de darle su parte, cuando reparten un dinero. Serpientes se arrastran en la cabina de una atracción de feria en el pueblo en el que vive Xiao. Reptiles hay muchos alrededor con forma humana, por lo menos humanos que parece priorizar en su cerebro su parte reptiliana, esa que humilla, golpea y se enriquece a costa de otros sin escrúpulo alguno o realiza promesas que no cumplirá, como separarse de una esposa que dice no querer. Los que desangran lentamente, mientras se aletea desesperado.
Xiao (Lanshan Suo) y Vivien (Li Meng), que trabajan de camarero y de azafata en un hotel de lujo liberan unos peces de colores en el agua, porque Vivien está convencida de que ese gesto propicia un buen karma. Si haces el bien, la vida te corresponderá. Aunque ella relegue cualquier opción de relación sentimental con Zhou y en cambio, acepte lo que sea, prostituirse, porque tiene un hijo pequeño. Se sobrevive, se acepta ser parte un grotesco escenario en el que se satisface las miseras fantasías de quienes disfrutan de la prosperidad, desfilando con otras chicas vestidas de uniforme. No hay espacio para las ilusiones. Sólo queda caer, lentamente, como el pato que desangran, o anticiparse, y hacerlo desde lo alto de un edificio. La narración se va ralentizando, los planos dilatándose, las acciones desplazándose en el vacío, como tránsitos en la carencia, en la vida sustraída. El impulso de una sonrisa que se convirtió en bala de protesta amortigua su eco, porque aquel gesto, como el del que dispara en otra cabeza antes de desangrarse lentamente, se diluye entre cristales y maquinas en serie, entre la impotencia de quien da sus primeros pasos y advierte que habita un mundo en el que los peces de colores nacerán ya ahogados y el gesto derrumbado de quien ya ha dado muchos y aún intenta resistir entre tantos rostros que malviven pero siguen sin responder a la pregunta de cuál es su pecado. Esta extraordinaria obra se estrena este 25 de julio

martes, 22 de julio de 2014

El castillo de arena

La primera parte de la excelente 'El castillo de arena' (Sunna no utuwa, 1974), de Yoshitaro Nomura (conocido como el Hitchcock japonés, pero completamente desconocido por estos lares), se trama sobre la incertidumbre, como arena que intenta perfilarse. Las identidades, los nombres, los espacios y los tiempos se entreveran y confunden. Prima lo difuso, la indefinición. No hay direcciones claras. Hay un cuerpo, un cadáver, encontrado entre las vías, desfigurado porque tras ser asesinado fue arrollado por un tren, pero en principio se desconoce su identidad. Las vías de la investigación que realiza el detective Imanishi (Tetsuro Tamba), con la colaboración del detective Yoshimura (Kensako Morita), les conduce por un largo recorrido sinuoso, zigzagueante y movedizo. Ya en la secuencia inicial, los dos policías llegan en tren a un lejano pueblo, y tienen que recorrer una larga distancia andando. Hay nombres de personas que realmente corresponden a lugares. Hay quienes, con el paso del tiempo, tienen ya otras identidades distintas, No sólo surcan el espacio de una población a otra, sino también el tiempo, ya que tienen que dilucidar acontecimientos pasados, dar rostro a nombres, y nombres a rostros.
La narración realiza saltos en el tiempo, y cambios de perspectivas, incluida la de un músico, Eyrio (Go Kato), con quienes los policías se cruzan, precisamente, en un tren. Un músico obsesionado con la idea del destino, un músico que cree que son las sombras las que rigen la vida, un músico de permanente gesto adusto, como si la arena se hubiera perfilado con cemento en su semblante. Un músico que no quiere saber nada de generar vida, porque la vida es para él ante todo daño, dolor y muerte. La primera parte se hilvanaba con una narrativa que combina la distancia de un informe con las fisuras que parecen brotar de la mirada de ese músico, en cuya ausencia expresiva palpita el fuera de campo que intentan visibilizar ambos detectives.
En la segunda parte de 'El castillo de arena' se combinan impecablemente tres líneas narrativas. O se conjugan dos para dar forma a ese fuera de campo en sombras. La explicación, el verbo que da forma a la escurridiza arena, a través de la concreción de los nexos que establece Imanishi ante sus superiores y compañeros de investigación, y la encarnación, a través de la música que interpreta o despliega Eyrio en un concierto. La evocación, la raíz de los sucesos que determinaron el asesinato se orquesta a través de la música. Priman las secuencias sin díalogos, o son puntuales, porque el conocimiento de los sucesos no se materializa a través de la superficie de una distante enumeración, la visión ajena que meramente concatena sucesos en una trama de causa y efecto, sino a través de la emoción, a través de lo que supuso para quien realizó aquel acto, a través de la secuencia emocional perfilada a lo largo de años, de décadas, y que derivaron en un crimen. Por lo tanto, a través de la música. Las vías que conducen a un acto, la música de una emoción.
No es una cuestión de identidad, ni de espacios o de tiempos, sino, esencialmente, de la desfiguración de una emoción, y sólo la música puede hacer manifiesto, dotar de cuerpo, los granos de arena que perfilaron una acción en la que vibraban las sombras de un dolor que habían hecho desaparecer de la vida al autor del crimen. Impedido en sus emociones, sólo en la música lograba recordar lo que podría ser, o podría haber sido. Dos figuras comenzaban su búsqueda en las secuencias iniciales, dos figuras, que fueron separadas, por la crueldad que el ser humano convierte en estigma, se alejan como sombras en los planos finales. Esas sombras se convirtieron en grito y música.

lunes, 21 de julio de 2014

Principio de primavera

Un tren surca el primer plano de 'Principio de primavera' (Soshun, 1956), de Yasujiro Ozu. Una pareja despierta, Shoki (Ryo Ikebe) y Masako (Chikage Awashima) inician un nuevo día, como tantos otros. Esta es la historia de uno de los 360000 oficinistas que cogen el tren cada día en dirección a Tokio. Uno de esos que un día quizá observe desde la calle al gentío que circula y se diga que hace un momento estaba ahí abajo, uno más en el tráfico. Aunque el movimiento es escaso, de casa a la oficina. Tránsitos, estaciones, de trenes y de la vida. Se repiten como un disco rayado que un día sientes te ha apretado hasta casi exprimirte la vida. Su padre Kiichi (Chishu Ryu) se queja de su vida centrada en el trabajo. El plano se dilata sobre su mirada extraviada en la que parece que repasara la vida que dejó sustraer. El recorrido de 'Principio de primavera' es el de una corriente que no sabes a donde te lleva. Hay obras que te sorprenden con los giros de su trama. Con esta obra de Ozu te dejas fluir entre afluentes, como si no hubiera un centro, como si, característico de la obra de Ozu, la narración fuera el sutil hilado de los pétalos que forman una flor.
Cuando se condensa el perfil, adviertes cómo se ha reflejado o retratado un conjunto, una sociedad, a través del entorno de amigos, familiares, e incluso antiguos compañeros del ejercito con los que se reúne Shoki una noche para emborracharse hasta aturdirse, como suele ser un ritual habitual en esa circulación de insatisfacciones que conforman la vida de rutinas. Se necesitan espitas. Ya no se mira hacia adentro, se hace necesario olvidarse para resistir el desgaste de una circulación, y así seguir circulando, seguir siendo parte de un engranaje. La madre de Masako ya padeció en su momento las fugas en formas de relaciones extramaritales de su esposo. Shoki también se deja llevar por el aturdimiento, por la necesidad de fugas, y se olvida del aniversario de la muerte de su hijo y establece una relación con una compañera de trabajo a la que llaman Pez dorado, Chiyo (Keiko Kishi). Pero esta no es una fantasía, un pez dorado que le hace sentir por un instante que no vive estancado (o no vive en su estancamiento), sino otra mujer con sueños que espera hacer realidad. La narración fluye, serpentea, parece que se disgrega, y se concreta en reflejos. Otro plano dilatado en las secuencias finales, en este caso de Shoki, con expresión extraviada, atrapada por la pesadumbre sombras, se equipara con aquel de su padre.
Y la siguiente secuencia es, precisamente, junto a su padre, en la orilla de un río. Como otro personaje que ha expresado que un día, ya anciano, descubrió que su vida había sido 'desilusión y soledad', y que tras 'treinta y un años trabajando se había encontrado con que la vida sólo era un sueño vacío', el padre comparte con su hijo que no es vida verdadera esa vida centrada en la dedicación laboral, en la que te olvidas tanto de tí mismo, como de tu esposa, y en esa relación está el centro de la vida. Un centro que ha dañado Shoji. Primero el sonido, y luego la imagen, de unos remeros, irrumpe en el encuadre. La imagen del ímpetu de la juventud, del principio de la primavera, cuando el discernimiento puede atolondrarse, dejarse llevar por el entumecimiento y las espitas del alcohol o de las relaciones paralelas, en esa ceremonia de ausencia y enajenación en la que se deja anular la propia vida porque te has convertido en un frío engranaje cautivo de un tráfico. Y un tren reaparece en la última secuencia, un tren que contemplan Masako y Shoji. Un tren que se dirige hacia su pasado, a Tokio. Un tren que les recuerda lo que se ha enturbiado en su relación, como el humo que brota de la chimenea en el último plano, un tren que les recuerda la vida que aún no han dejado atrás, la contaminación de una armonía, esa que se fue emborronando entre tránsitos y rutinas y silencios y distancias y miradas que se esconden y palabras que reclaman sólo una cena y no un gesto de afecto.

Peter Gabriel - Games with out frontiers - Final 1ª temporada The americans



Qué grata sorpresa encontrarse con esta estupenda canción en las espléndidas secuencias finales del último episodio de la primera temporada de 'The americans'. Otro detalle de distinción para una de las mejores series estadounidenses, en donde resalta que se ha tomado aplicadamente muy buena nota del cine de Hitchcock (en sus incursiones en los universos de los espías y agentes secretos) o de las adaptaciones de obras de Graham Greene o John Le Carre. Ahora toca sumergirse en la segunda temporada...

Cartel El crepúsculo de los dioses - Waldemar Swierzy

Efectivamente, Norma Desmond era la Medusa, como bien refleja y evidencia el cartel diseñado por Waldemar Swierzy, en 1957, para El crepúsculo de los dioses' (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder

Alex Angulo, Mayda y yo: Los primeros pasos

El año pasado, Mayda Zabala, bailarina y diseñadora de vestuario, y su pareja, Alex Angulo, actor, crearon en Bilbao un nuevo espacio artístico multidisciplinar, Studio 9. Casi 25 años atrás, Alex Angulo protagonizaba 'El encargo', el corto de un muy querido amigo mío, Joseba, que intentaba combinar el cine silente con las posibilidades que ofrecía el video. Entre las figuras 'mudas' que perturbaban la concentración del pintor que encarnaba Alex, estaba yo, y también Mayda, hermana de una amiga entonces, Silvia, con el cocker que entonces tenían. Mayda había sido efímera pareja de otro amigo, Aitor, quien también intervenía. Con Mayda también creé cierta amistad, aunque, como tantas otras relaciones de entonces, se diluyó, el contacto se perdió, como con Silvia, o Aitor. No con Joseba. A Alex sólo le trate en aquellos años, previos a su éxito con El día de la bestia. Asistí a parte del rodaje nocturno de 'Mirindas asesinas', de Alex De la Iglesia, allá por 1991. A este otro Alex también le había conocido en aquellos tiempos universitarios, como a Pablo Berger o Biafra. Una noche de año nuevo entré en un bar que frecuentaba en la Ribera. Esta casi vacío, excepto Alex De la iglesia y su grupo, jugando al chorro pico tallo qué. Hace un par de décadas que también le perdí la pista a este otro Alex. Al primero, o sea Angulo, le traté un poco cuando comenzó a salir con Mayda. Sorprendió que formaran pareja Mayda y él. Era todo un contraste con la que formaron ella y Aitor. Contrastes de la vida, O no sabes con quién se va a dar esa conexión especial. No tiene por qué ser entre quienes crees que encajan, como si hubiera molde preestablecido. Su relación ha durado unas décadas. Tuvieron una hija, y habían creado un nuevo proyecto juntos. Los conocí cuando dabamos aquellos pasos que intentaban perfilar un lugar en el mundo. Los conocí cuando gestábamos una vida por definir. Ayer, el trayecto de Alex, Angulo, se interrumpió. Aún recuerdo aquel juguetón cocker.