Translate

Mostrando entradas con la etiqueta José Luís Saenz de Heredia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Luís Saenz de Heredia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Los ojos dejan huellas

Martin (Raf Vallone) vende perfumes, pero su vida hiede. La última muestra que porta en su cartera se rompe por la brusca y airada intervención de un antiguo compañero de estudios en la facultad de Derecho con el que se ha encontrado por casualidad, Roberto (Julio Peña). En los diez años que no se veían ambas vidas han tenido evoluciones opuestas. Roberto ha tenido éxito y vive entre lujos, Martin fue incluso expulsado del oficio por actividades ilegales. La amargura se percibe en su mirada crispada, como ascuas encendidas. 'Es indignante que la fortuna siempre caiga del lado de los inútiles', le dice a la esposa de Roberto, Berta (Elena Varzi), 'Comunista, ¿eh?', contesta ella, 'Sabe usted lo que es eso. Yo pensaba que mis ojos expresaban muy claramente. Creo que debo dejarle mi tarjeta para que vea realmente lo que soy.' En la tarjeta Martin escribirá la palabra 'víctima'. En su mirada se palpa un resentimiento que escupe como ácido. Por eso no durará de aprovecharse de una situación favorable, cuando Roberto se encuentre en una situación delicada. Para Martin será la oportunidad de satisfacer esa inquina, su desprecio contra esa 'gente inútil que no sabe para qué sirve'. Elucubrará un 'suicidio perfecto' (recurriendo al título de la novela de Petro Markaris). Conseguirá que Roberto se suicide sin pretenderlo.
Pero hay algo que no tiene en consideración, y es a lo que alude el título de esta sugerente obra, 'Los ojos dejan huellas' (1952), de José Luís Saenz de Heredia, con guión de Carlos Blanco. No habrá pruebas pero Berta está convencida de su culpabilidad. La segunda parte de la narración refleja un desafío, el que establecen ambos. El asegura que ella se enamorará de él, y ella que conseguirá probar que propició el asesinato. La ambigüedad, tortuosidad, se asienta cuando su relación parece consolidarse. La obsesión, y también arrogancia, de Martin le obcecan, sin considerar la posibilidad de que ella, en cambio, sea capaz de no dejar huellas con sus ojos y engañarle de tal modo que él piense que ella le corresponde. Lo que para él sería una acción aún más ruin que la suya con Roberto. Martin demuestra su inteligencia, pero sus ojos son demasiado transparentes, y a la vez incapaces de ver con claridad a quien desea, un ángulo ciego que se convertirá en su perdición. La promesa de un perfume le hace sentir que puede olvidar el hedor de su vida fracasada, sin advertir que la podredumbre se intensifica entre su resentimiento y el ansía de venganza de ella. Vive un espejismo de amor sin saber que está cavando su tumba en unos ojos cuya huella no sabe ver.

lunes, 10 de diciembre de 2012

El destino se disculpa

Photobucket Resulta tentador pensar, en retrospectiva, en que no fue casual que entre 1944 y 1945, en España, se realizaran dos obras centradas en la figura del destino. Si nuestra vida pudiera haber sido de otro modo si hubiéramos tomado otra decisió n, sin miedo y con determinación, ¿o quizá todo depende del azar, de lo fortuito? ¿O hay un destino irreversiblemente marcado? ¿En qué medida depende el curso de los acontecimientos de nuestra capacidad de influencia o no en el mismo? Una sutil forma de plantear bajo la aparente inofensiva máscara de la comedia si el curso de los acontecimientos pudieran haber sido otros en la sociedad española, sin tener que conducir a la dictadura implantada. En ‘La vida en un hilo’ (1945), de Edgar Neville, en la otra posible vida imaginada por la protagonista y la pitonisa se podía discernir la que no tenía que ver con los valores promulgados por la dictadura. Y en ‘El destino se disculpa’ (1944), de José Luís Saenz de Heredia, ya de entrada se puede apreciar una incisiva ironía en su presentación, con el destino mismo (Nicolás D. Perchicot) presentándose, y más que disculpándose, protestando por tantas frases hechas y actitudes autocomplacientes que achacan al destino el infausto curso de los hechos, cuando tiene que ver más bien con las decisiones de cada uno. Photobucket El guión del propio director cuenta con la participación en diálogos adicionales de Wenceslao Fernández Florez, autor del relato que se adapta, ‘El fantasma’ (una de las seis narraciones que integran ‘Fantasmas’, 1930). En la obra, en primera instancia, se plantea con aguda ironía, de entrada, si la vida quizá más bien se trama por lo fortuito, por las casualidades, de modo arbitrario, como si no tuviéramos influencia en la determinación del curso de los acontecimientos, como si un viento nos desplazara cual matojos. A esta consideración se añade la ironía de que el protagonista es, precisamente, un autor teatral Ramiro (Rafael Duran), que no logra entender el ‘guión o la trama de la vida’, y quién y por qué la configura de un modo u otro, sintiéndose más un personaje o actor, como actor es su mejor amigo, una especie de ‘escudero’, que es actor, Teófilo (Fernando Fernán Gómez), con quien abandona la provincia hacia la urbe para ‘forjar su destino’. Que un encargado eche un rapapolvos a su subordinado porque se ha equivocado de bocadillo influye en que el subalterno les indique a ambos la puerta errónea de sus entrevistas de trabajo; a la suela del zapato de Ramiro se adhieren las entradas de un partido de futbol que posibilita que, al estrellarse un balón en la cara del comentarista y romperle sus gafas, se ponga al micrófono Rafael y le contraten de presentador de diversos eventos. Todo parece imprevisible. Photobucket ¿Por qué parece que haya siempre escisión entre propósitos y resultados? Si todo parece fortuito ¿podríamos controlar nuestra vida si nos avisaran de las consecuencias de nuestras decisiones para evitar lo errores? Por ejemplo, si existe ese más allá al que tantos subordinan su vida presente, quizá alguien cercano a nosotros podría indicarnos mediante apariciones fantasmales (cual guarda de tráfico) cuándo no estamos enfocando bien la dirección. La ironía sobre la que se trama la segunda parte de la película es que no hay respuestas ni guías en el presunto más allá porque ya lo complica lo suficiente nuestra turbina mental, como Ramiro que nunca hará caso de las indicaciones que le realiza su amigo muerto (que se le aparece como una percha, un perro o un queso), ya que si algo nos define es que nos empecinamos en nuestros objetivos, en lo que creemos que son señales del destino u obnubilados por los espejismos, como los del amor. Si hay algo cierto es que, mientras algunos se preguntan sobre el sentido de la vida, siempre hay falsos y facinerosos aspirantes a diosecillos terrestres que procuran aprovecharse de la buena voluntad de los demás, con ese arte, o artimañas, de la tradición española, la picaresca, o sea, el timo, la estafa, porque quien no corre, vuela (con el dinero de otros), y no se disculpa.