Daba gracias por gozado de la espléndida belleza de las montañas que hacían que la mente se elevara muy por encima de las preocupaciones cotidianas, de sus pequeñeces y nimiedades. Le había venido bien ponerse en camino, separándose así de sus libros, de su hogar, de los poetas latinos que buscaban la belleza y rechazaban lo que pasaba al hombre aquí abajo, la desventura y la apremiante necesidad que ahogaba tantas cosas desde su misma cuna, y las mutilaba y desfiguraba. En esa travesía, en ese recorrido desde la restricción de la mirada de juez a la mirada comprensiva fluye, o eso intenta, el protagonista, el juez y poeta Asmandur, que se desplaza (físicamente) para ejercer de juez contra dos hermanos acusados tanto de relación incestuosa como de realizar un aborto. Su desplazamiento (emocional o mental) no concluye sino en un grito que evidenciará el desajuste que hay en él entre el poeta y el juez. Se siente representante de la actitud que puede rescatar al ser humano, a sus conciudadanos, de las ciénagas de su naturaleza desfigurada y desorientada. Con aquella urgencia que sentía de escribir poesía para aliviar su alma, y de aprovechar al máximo sus energías para su propia salvación y para elevar a su pueblo a la misión que había soñado para él, la misión que veía como un deseo de la providencia divina; alcanzar la madurez y cumplir lo que a aquella nación correspondía. Pero quizá sea su actitud la que apuntala el desenfoque, el extravío. Los jóvenes se aman. Se les puede enfocar desde esa perspectiva o condenar por infringir la ley de los hombres (o esa entelequia llamada divina que no es sino extensión de la propia restricción de miras de los seres humanos) por realizar incesto. La joven tenía bien alta la cabeza, y exhortaba a su amante a alejar de sí toda inquietud acerca de lo que pudieran pensar los demás, y a gozar las cosas mientras duraban. Pero el juez parece enfocar desde la mirada que ve a los otros como representaciones que ajustar a un molde, por eso las desprecia, aunque en teoría se considera valedor o salvador de las mismas. Se sentía violento, no le apetecía lo más mínimo tener que dedicarse a aquello. La gente a la que había interrogado le parecía insustancial. Muy lejanos. Así que este es mi pueblo, pensó, y sintió repugnancia. El juez representa esa actitud que se siente por encima, y mira por encima, o juzga a los demás desde el prisma de un modelo (que se asocia con un mito o entraña de tradición) pero no sabe establecer un vínculo frontal ni comprensivo. Tú, el individualista. Tú, que crees en la fuerza del individuo, Pero abominas de la debilidad. Lo débil y lo pequeño, ¿nunca piensas en eso?¿Nunca piensas en cómo se siente el reo? Lo que vive en su pecho. Su deseo de vivir. Sus sueños. El naufragio de su deseo. Las esperanzas que luchan contra la desesperación. Tú, que eres poeta. (…) ¿Cómo puedes ser dos personas en una sola? El poeta con el deber de comprender lo que intenta vivir. Y el juez implacable que se cierra ante aquello que no concuerda con los párrafos de esas artificiales leyes nuestras?
El juez es la actitud que apuntala respuestas, y pretende que la realidad, y los demás, se ajusten a ese patrón o modelo. La narración, con su misma estructura escurridiza y sinuosa, alienta las interrogantes sobre qué es lo que sabemos de nosotros, y por tanto de los otros, o por qué un ser humano es capaz de matar, qué es lo que le puede conducir a realizar tal acto, o sobre si nos esforzamos en disponer de la necesaria mirada flexible, con una perspectiva realmente amplia, para ser capaces de comprender la fragilidad de los demás, en vez de tender al juicio tajante y restrictivo que tan fácilmente puede derivar en infligir daño a otro con cualquier justificación (legitimada). Somos débiles y contradictorios. No podemos vivir sin destruir otras vidas. Pero eso no ha de alegrarnos, sino apenarnos. En un poema de la Edda (la raíz de la mitología escandinava) destaca la máxima el hombre era el gozo del hombro. O no hay nada mejor que la compañía de otro ser humano. La cuestión es interrogarse por qué complicamos tanto la posibilidad de ese goce. Allí no se acurrucaba cada uno en su rincón como mensajero de alguna desgracia, allí, el insignificante no era rechazado como huésped, allí reinaba la concordia entre las personas, y el hombre era el gozo del hombre.Translate
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jueves, 24 de septiembre de 2020
Arde el musgo gris (Nórdica libros), de Thor Vilhjamasson
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viernes, 13 de abril de 2018
Heartstone, corazones de piedra
Cuando las emocioines son piedras.Inhbición, vergüenza, crueldad. La dificultad de conjugar las emociones y los sentimientos con su expresión a través del cuerpo. La dificultad de lidiar con lo que los otros puedan pensar sobre nosotros, como condicionante opresivo. La descarga en el daño a otros, otras criaturas, otros congéneres, como desvío en el que liberar la incapacidad de expresar de modo armónico lo que se siente, cuando no reflejo del impulso de destrucción inherente al ser humano. Esta ofuscación está relacionada con esa dificultad, también inherente al ser humano, de no lograr discernir, ni integrar en los propios actos, que yo es tú. Por eso, resulta satisfactorio hacer daño, pero no que te lo hagan, como humillar a otro, pero no ser tú el humillado. En ese desajuste sigue prolongando, pese a los siglos de supuesta evolución, su inconsistencia el ser humano. Y unos de los primeros escenarios en el que se evidencia, como refleja admirablemente la producción islandesa Heartstone, corazones de piedra (Hjartasteinn, 2016), opera prima de Guðmundur Arnar Guðmundsson, es el de los albores de la adolescencia, cuando sentimientos y deseos desbordan, y se intenta enfocar y articular, e incluso entender, impulsos que, a su vez, también colisionan con el condicionamiento de un entorno, con sus señales de tráfico con respecto a deseos, sentimientos y conductas, que indican posibles direcciones, o acotan de entrada infracciones, que implican anatema, irrisión, desprecio, marginalización.
En las excelentes secuencias iniciales se condensan esas coordenadas, y se delinea ya la modulación, descarnada, incómoda, turbia (como una resaca de emociones atrapada en su centrifugado), que se extenderá sobre la narración, caracterizada por una luz amortiguada (como las emociones contenidas, en tensión) y tejida sobre contrastes: el anhelo de sentir armonía, de sentir al otro, y las complicaciones, torpezas propias, e interferencias (del entorno, como una segunda piel que asfixia), como ese contraste entre el deslumbrante espacio natural de prados y océano, espacios abiertos, y las obturaciones de las confusas emociones de unos chicos de doce años que comienzan a tantear lo que sienten, y cómo articularlo y expresarlo. La película se abre con una mirada, la de Thor (Baldur Einarsson) a su amigo Christian ( Blær Hinriksson), tumbado en el muelle, al sol, con el torso desnudo. Ya se percibe una corriente subterránea de emociones y deseos. Thor, precisamente, aprecia bajo el agua un banco de peces, que pescará el grupo de amigos, peces que golpean con brutalidad, y cuyas entrañas arrancan aun estando vivos. La vida que daña y se alimenta de vida sin ser consciente de que es vida. Emociones retenidas que se hacen garra y colmillo.
Una atmósfera de deseo sofocado que se amplia a los adultos, como la transición al gesto de la madre desabotonándose el escote, sentada en el umbral de la puerta. En la siguiente secuencia, unos chicos hacen irrisión de los posibles deseos de otros. La vergüenza que se despliega como un quiste y condiciona lo que se siente. Thor y Christian lidian con lo que sienten entre ambos, o simplemente con lo que sienten y desean, sin compartimentos predeterminados o etiquetas denominativas. Es el deseo, la sexualidad, brotando, manifestándose. Christian parece, en principio, más abierto a exponer su ansia de dotar de gesto ese deseo, pero Thor se inhibe, porque en su entorno, pesa el estigma sobre los impulsos homosexuales. Ambos se citan con dos chicas, y en especial el coqueteo de Thor es más decidido, con Beth (Diljá Valsdóttir), aunque Christian también se deje llevar por el impulso del deseo, de probar, de sentir al otro (la belleza del descubrimiento en los primeros contactos, el despliegue en el juego). Ambos intentan enfocar qué sienten, pero el entorno señaliza direcciones de expresión de deseo, cuáles son las aceptadas, y cuáles las despreciadas.
Pero también los adultos pueden sufrir esos anatemas, por otras razones. Las dos hermanas de Thor no aceptan que su madre, separada, tenga tantos amantes. Ella comparte, como quien expone sus entrañas desnudas, que no quiere acabar como el resto de mujeres de su entorno, anquilosada, como un mueble. Pero para las dos hijas pesa más el deterioro de imagen que para ellas, por extensión, implican sus actos. No les importa cómo ella se siente, sino la imagen que proyectan. Una infección emocional que encuentra su reflejo en los sombríos poemas que escribe la hermana menor de Thor. Por muy natural que sea el entorno, la constricción de la imagen proyectada es lastre, como piedra, para sus habitantes. De ahí el título, Corazón de piedra. Hombres que deben ajustarse a un molde de virilidad heterosexual, mujeres que, si no están casadas, tienen que ajustarse a su condición de seres domésticos como entidades etéreas, meramente maternas. Parece que domina el corazón de piedra, que se extiende en las diversas relaciones maritales, o paterno filiales, o entre (supuestos) amigos, de lo que es muestra el padre de Christian, por la abrupta manera de tratar a su hijo, o cómo es capaz de golpear a un amigo porque sospecha que hace viajes a la ciudad para poder expresar el deseo que siente por los hombres.
Esa tendencia cruel, esa inconsciencia o indiferencia por lo que sienten los otros, encuentra reflejo en la relación con los animales. En la primera secuencia, los niños muestran el desprecio a un pez piedra que cogen entre los otros pescados, como una inutilidad, porque no puede comerse, y lo machacan sin piedad. En la última secuencia, Thor que ha vivido todo un doloroso aprendizaje vital contempla cómo otro niño, más pequeño, tira de nuevo al agua, sin hacerle daño, a un pez piedra que ha pescado, el cual, en el plano de clausura, fluye de nuevo entre sus corrientes, a diferencia de las emociones en la superficie, que fluyen a trompicones, o son reprimidas y humilladas, o, incluso, determinadas a acciones desesperadas por mera impotencia.
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