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domingo, 20 de marzo de 2016

Mis 10 películas del cine español

1.Vida en sombras (1948), de Lorenzo Llobet-Gracia
2. El espíritu de la colmena (1972), de Victor Erice
3. La vida por delante (1958), de Fernando Fernán Gómez
4.Cielo negro (1951), de Manuel Mur Oti
5.Plácido (1961), de Luis G Berlanga
6.Mi tío Jacinto (1956), de Ladislao Vajda,
7.El último caballo (1950), Edgar Neville
8.Madregilda (1993) de Francisco Regueiro
9. La vida mancha (2003), de Enrique Urbizu
10.El inquilino (1957), de José Antonio Nieves Conde. Caimán Cuadernos de Cine quiere conmemorar su número 100 de mayo con una encuesta en la que 300 especialistas en el estudio, análisis, difusión y programación cinematográfica (estudiosos, críticos españoles y extranjeros, periodistas especializados, historiadores, programadores, profesores de universidad, directores de festivales españoles, muestras de otros países dedicadas al cine español, filmotecas, escuelas de cine, hispanistas y estudiosos del cine español en universidades extranjeras, etc) eligen las que consideran las 10 mejores películas del cine español. Y entre esos 300 me han considerado a mí. Lo cual agradezco. No sé sí las mejores, pero diría que sí mis preferidas. Como ocurre cuando tienes que constreñir una selección a una cifra, siempre se queda alguna fuera que podría haber integrado esa selección. En este caso, tuve que dejar fuera a 'En la ciudad de Sylvia' (2007) de José Luís Guerín, 'A tiro limpio' (1963), de Francisco Perez Dolz o 'Magical girl' (2014), de Carlos Vermut. Aunque también dudé sobre qué película elegir con respecto de algunos de los directores que conforman la selección. Podrían haber estado 'El sur' (Erice), 'El verdugo' (Berlanga), 'La vida en un hilo' (Neville), 'Los peces rojos' (Nieves Conde)o 'El cebo' (Vajda). En algunos casos opté por obras que me parece que reflejan mejor, o con más agudeza, nuestro presente que mucho cine actual (caso de 'El último caballo' o 'El inquilino'), como es tambíén el caso de la obra dirigida por Fernán Gómez ( estuve tentado de puntualizar que hubiera escogido el díptico que forman 'La vida por delante' y 'La vida alrededor'). Y además, también quería resaltar, y por tanto homenajear, la figura de Fernando Fernán Gomez como figura capital en cuanto actor y director del cine español (protagoniza cinco de las seleccionadas). .

lunes, 6 de julio de 2015

El mundo sigue

'El mundo sigue' (1965), de Fernando Fernán Gómez no solo nos recuerda lo poco formado y culto que era este país entonces, sino por qué sigue siendo igual hoy en día. Lo ha recalcado Gemma Cuervo, una de sus protagonistas, en la proyección realizada hoy, 6 de julio, en la Academía de cine español. Porque 'El mundo sigue' es una película feroz que desentraña, sin vaselina alguna, lo patético y grotesco de unas vidas dominadas por las carencias, y por lo tanto supeditadas a la esclavitud de la avidez de posesión del dinero, y por un sentido de la decencia con un doble filo, como toda tiranía de las apariencias, que les aboca a la amargura, la emponzoñada envidia y la humillación e incluso a la veleidad (aunque sea de puertas adentro). Quizá por eso la película había permanecido en el limbo del olvido, como otro ejemplo de renuncia a la memoria histórica, o cuán conveniente es el olvido. Se estrenó, dos años después de rodarse, en un cine de Bilbao, el Buenos Aíres, y no tuvo más distribución. La censura económica no deja de ser política, como ha apuntado Fernando Trueba en el coloquio posterior, en el que también estaban presentes Fernando Lara, José Sacristán, Antonio Resines (como presidente de la Academia) o Juan Estelrich hijo del productor de la película (aunque gran parte de la financiación corriera a cargo del propio Fernán Gómez). Si algo evidencian hoy en día excelentes obras previas de Fernán Gómez como 'El malvado Carabel' (1956), 'La vida por delante' (1958) y 'La vida alrededor' (1959), es que tanto reflejaban su tiempo como el nuestro (con mucha más precisión e incisión que la mayor parte de las obras actuales). El aprendizaje del engaño como mecanismo de supervivencia y ascenso en la dinámica laboral, y por tanto la adquisición de la privilegiada posición social; la asunción de unos ritos de paso, o lo que es lo mismo la asunción de la necesidad de unos deseos (familia, piso, puesto laboral) en la construcción de la pequeña parcela de vida como forma de subordinación a un modelo socioeconómico.
Fernán Gómez se planteó 'El mundo sigue' como el tercer eslabón de una trilogía, tras 'La vida por delante' y 'La vida alrededor'. Si los títulos de esta hacían referencia a cómo se supeditan las vidas al deseo de que algo se realice en el horizonte del futuro, esto es, la esclavitud del sacrificio de la propia vida a la espera de unas venideras recompensas (ascensos, subidas de sueldos, por tanto disfrute de pequeños lujos...), mientras se anhela disponer ya de la vida alrededor (una realidad, no una ilusión), 'El mundo sigue' es la constatación de que por los siglos de los siglos la condición humana no variará, y habrá privilegiados y quienes aspiren a ser privilegiados, quienes acepten engañar a otros o venderse para lograr esos ascensos de posición en la vida, las anheladas mejoras, o quienes se plieguen a un sentido de la decencia o de la integridad que les suma en la frustración, en la resignación dócil del esbirro o en la amargura desesperada. El dinero es el núcleo, o de modo más concreto su posesión. Sin dinero no se es nada en la sociedad. En principio la película iba a estar enfocada en el personaje de Faustino (Fernando Fernán Gómez, aunque había ofrecido el papel en Francisco Rabal), un camarero obsesionado con las quinielas, tanto que casi deja la gran parte del sueldo en las apuestas, pese a las carencias que sufre su familia, su esposa, Eloisa (Lisa Canalejas) y sus tres pequeños hijos. El tono mordaz, pero punzante, cada vez más siniestro y sangrante, de la evolución del personaje, que es caída y precipitación en el abismo, tras sufrir la decepción de ver que no se hará millonario sino que será uno más entre casi quinientos acertantes de una quiniela de catorce, gastar gran parte de las cinco mil pesetas en más apuestas, y bebida, y recurrir al robo en el bar en el que trabaja, se corresponde, como un paso más en el desarrollo de una infección, en el tratamiento mordaz de 'La vida por delante' y 'La vida alrededor', ya convertido en perspectiva vitriólica, extrema, en implosión y finalización en un callejón sin salida. Si no aceptas tu posición, o te vendes aprovechándote de algún don que otros desean, o te sumes en la enajenación o cruzas el límite en el que infringes la ley.
Pero el desarrollo de esta subtrama de la novela de Juan Antonio Zunzunegui que había adaptado no era suficiente para conseguir la duración necesaria, y amplió la perspectiva a otros personajes, dotando a la narración de una impecablemente modulada construcción sinuosa a través de los diversos cambios de punto de vista que configuran casi la narración como una sucesión de breves películas dentro de la película. Especialmente, se centra también en dos personajes femeninos que se convierten en actitudes contrapuestas, reflejo del restringido espacio de maniobra que dejaba la sociedad a las mujeres (también objeto de irónico tratamiento en 'Solo para hombres', 1960, a finales del siglo XIX), y que en el cine estadounidense había sido nutriente dramático de muchas comedias en la década de los 30 (o las mujeres engatusaban a un millonario o se abocaban a ser meramente esposas en trabajos de bajo relieve). Elisa, la mujer de Faustino, fue Miss Maravillas, pero no quiso seguir el sendero del posible acceso a la fortuna, aprovechándose de su belleza (hay una secuencia en que pasea por la calle en la que casi todos los hombres la miran con impúdico deseo, y hay quien la aborda sin escrúpulo alguno) y, enamorada de Faustino, optó por la casilla de la familia, de la vida decente en la que no hay que vender el cuerpo ni subordinar la voluntad para conseguir lo que se quiere, sino sólo depender de los ingresos del trabajo del marido, sin pensar en que este lo pudiera despilfarrar en sus caprichos o en sus sueños de conseguir el mundo en sus manos con un boleto de lotería. Por otra parte, Luísa (Gemma Cuervo), quien aspira a casarse con alguien de próspera posición. Los escrúpulos morales los deja de lado para poder disfrutar de esos lujos a través de quienes disfrutan de grandes fortunas. Si quieren su cuerpo, o su presencia como pertenencia de lujo, ella la ofrece para gozar a cambio de una vida no sólo sin preocupaciones ni apreturas (como su hermana, que tiene que recurrir a un trabajo de mujer de la limpieza) sino en la que pueda disponer de lo mejor (incluso remarcando su superioridad que le desmarca del resto con la posesión de un gran coche: hasta quien se lo compra le señala que no conviene hacer notar demasiado las estratosféricas diferencias de recursos económicos, pero para ella es un placer añadido remarcarlo).
Al respecto de ambas actitudes hay dos distintos tipos de vergüenza. Está el que estigmatiza a la mujer con calificaciones de mujer golfa (y otras denominaciones aún más despectivas), como es el caso de Luisa al principio, despreciada tanto por su hermana como por su padre, quien la apaliza por ese motivo. No deja de ser caustica la secuencia posterior, tiempo después, en la que el padre y la madre, tras que Luisa les haya regalado unas valiosas joyas, un reloj y un anillo, ambos de oro, comparan a ambas hijas, y valoren ya más a Luísa por la posición alcanzada (no está casada, pero es amante al menos de alguien próspero, lo que les favorece, por extensión, a ellos), y cuestionan con más acidez a Eloisa por ser una amargada y una envidiosa. La otra vergüenza, la socioeconómica, es la de la dedicación de nivel de mísero rango: Eloisa teniendo que 'rebajarse' a ser mujer de la limpieza, pero no soporta que quien 'toca el cielo, su hermana, le preste dinero como forma de 'limpiar' esa vergüenza. Ambas hermanas están en permanente contienda. No dejan de insultarse, descalificarse, despreciarse y pelearse. El grito y el forcejeo se convierte en seña de identidad expresiva de la narración. Fernán Gómez aprieta el acelerador del exceso, sobrecarga de gestos desesperados, amargos, de contiendas verbales o físicas, de sordidez de mentes que supuran vacío y cortedad de aspiraciones, cuando no mera mezquindad (abundan los hombres que sólo miran a las mujeres, sin disimulo alguno como mera carne que poseer; los hay como Faustino o el padre que remarcan que son la autoridad en el hogar). La aspereza se asienta como lija expresiva. La hipérbole se adueña del relato creando una relación paradójica con el naturalismo que deriva en un relato mutante. Lo real es exceso. La realidad es una mueca agresiva. Las figuras van desvelando su condición de integrantes de una ficción mientras el relato conduce unos personajes que son tipos de un melodrama lindante con el culebrón hacia la hiperbolización, un exceso que revela la entraña ficticia de unas sociedad, de unas vidas subordinadas a una rígida dramaturgia a la que se adaptan, a la que se resignan, o en la que utilizan los recursos a mano para alcanzar las posiciones de privilegio en lo que no es sino un tablero. O se usa una máscara o se usa otra.
Fernán Gómez no deja de reventar el relato, de descentrarlo, o retorcerlo, a veces desde dentro (esa secuencia citada de los padres con las joyas) o con rupturas expresivas: los flashbacks en forma de flashes que condensan todo un pasado mientras Luísa asciende las escaleras de la casa para reencontrarse con su madre; el fugaz flashback de luz quemada en el que Andrés, el escritor que encarna Agustin González, recuerda cómo ha amado desde siempre a Eloisa; las puntuales voces en off que reflejan en específicas secuencias el dilema de unos personajes que cruzarán de modo definitivo un umbral sin vuelta atrás en su vida; el dilatado plano, por dos veces repetido, de la espera de Faustino en el sótano del bar antes de realizar el robo mientras consume un cigarrillo, como de alguna manera siente que ya consume definitivamente su vida. 'El mundo sigue' es una película incómoda, amarga, una contorsión narrativa que ensucia con su grito de rechazo no sólo a una sociedad, como la que padecía entonces el franquismo, sino a una condición humana que sigue permitiendo que el mundo siga igual porque no parece ser capaz de salirse de unos limitados resortes viscerales de deseo y conducta. Una naturaleza perversa que linda con la mezquindad; la violencia se supura constantemente de muy variados modos. En cierta secuencia, el director de la publicación cuestiona a Andrés que haya realizado una crítica negativa de la obra del hijo de un consejero, cuando en esta vida hay que aprender a aceptar que los consejeros, y sus hijos, y amigos y familiares, siempre tienen talento. Y eso no ha cambiado en el siglo XXI, como bien evidencia la desfachatez de mordazas que se hacen visibles para remarcar una posición de dominio.. El mundo supura igual.

sábado, 20 de octubre de 2012

El malvado Carabel

Si robas, estafas o engañas, prosperarás. Es la máxima que se conciencia por asumir Carabel (Fernando Fernán Gómez) en El malvado Carabel (1956), de Fernando Fernán Gómez, cuando no sólo no consigue el aumento de sueldo que había solicitado a los directores de la empresa inmobiliaria en la que trabaja, y que era necesario para poder aspirar a casarse con la mujer que ama, Silvia (María Luz Galicia), porque ya se sabe lo importante que es la posición que detentas, sino que es despedido por cometer una indiscreción (la cual realiza con toda la buena voluntad del mundo durante, irónicamente, una carrera de empleados organizada por la empresa) que imposibilita otro engaño de sus jefes. Si eres un buenazo, asume, lo tienes crudo en la competición laboral, así que se esforzará en transmutarse en un malvado Carabel para conseguir prosperar, cual reverso de superhéroe. Claro que no es tan fácil dedicarse a las artes del engaño, se vale o no se vale, por lo que acaba pagando, pero no en un sentido figurado, porque la justicia y la ley caigan sobre él, sino literalmente, porque siempre acaba él dando dinero.
El trayecto narrativo de El malvado Carabel, regocijante adaptación de la obra homónima de Wenceslao Fernández Flores, orienta sobre los aspectos que hay que tener en consideración si se quiere dedicar al arte del latrocinio, de la estafa u otros embaucamientos: Por ejemplo, si decides utilizar a un niño que se ha quedado huérfano para lograr sacar dinero con él, tienes que tener en cuenta que no es elástico y no es tan fácil que pueda doblarse las piernas sobre el cuello para conseguir que lo contraten en algún circo para tú sacar dinero como representante; también has de tener en cuenta que si lo quieres utilizar para conseguir limosna procura que que la mano no la ponga con la palma boca abajo porque podrían pensar que está comprobando si llueve, y, además, asegúrate de que no le gusten los merengues ya que podía invertir lo que poco que consiga en darse el gustazo de comprar alguno. Hay que elegir bien el vestuario de ladrón de incógnito si quieres hacer una incursión nocturna en un edificio, porque puedes parecer un extraterrestre (un espermatozoide, si Woody Allen ya hiciera entonces cine), y si no has comprobado si había alguna fiesta de disfraces en el edificio corres el riesto de que te confundan con algún rico participante y, por añadidura, si te sorprenden en alguna habitación, de que te monten una pasarela improvisada para venderte algún modelito.
Si decides hacerte carterista de tranvía asegúrate de que el bolsillo en el que metes la mano no sea de tu propia chaqueta. Si intentas atracar a alguien en mitad de la noche procura convencer al atracado de que no es una broma que realizas en nombre de un amigo, porque puedes acabar tú dándole una peseta al sereno. Cuando robes una caja fuerte tienes que considerar que no se puede abrir así como así, y puede que tengas que hacer uso de explosivos que derrumben la caseta en la que tienes escondida la caja. Aún más, ten en cuenta que si esperas encontrarte con los millones que indican en los periódicos que la empresa guardaba y que, por tanto, son los que ha cobrado del seguro, lo tienes crudo: como mucho encontrarás un bocadillo envuelto en papel de periódico y gracias. La pasta para el poderoso, que suele ser más espabilado.
Fernando Fernán Gómez opta por estirar el absurdo hasta el disparate, haciendo de la narración un ejercicio semejante al de los espejos deformantes de las ferias (como los caretos que ejemplifica al niño, como referencia a emular, para conseguir sensibilizar a los viandantes cuando pida limosna). Sus cargas de profundidad sobre las dificultades de labrarse una vida estable (si eres honrado estas destinado a sufrir apreturas) son notables, y serán aún más contundentes en su posterior magnífico díptico La vida por delante (1958) y La vida alrededor (1959). No es sino la táctica del bufón, la vaselina de la ironía afilada a través de la distorsión extrema de quien se hace el loco para lograr sortear las aduanas de la censura. Sin duda, no ha perdido actualidad en los cincuenta años transcurridos, empezando por la máxima citada al inicio del texto, que aún sigue aplicándose como mandamiento de referencia, y continuando con los recurrentes trapicheos en el mundo de la inmobiliaria, coto de caza para la más depredadora vertiente de la picaresca española (hay quienes serían muy felices, como reconoció algún político no hace muchos años, si se pudiera especular con todo el suelo de la península). No hay que dejar de mencionar a grandes secundarios como Julia Caba Alba, como la tía de Carabel, que sigue un curso de hipnosis por correspondencia, Rafael López Somoza como el sabio vecino, o Manuel Aleixandre, como el dentista que se hace llamar estomatólogo aunque, por lo engolado que es, parece más bien, como le califica la madre de Silvia, estomagante.

domingo, 15 de julio de 2012

La vida alrededor

Photobucket Esa vida alrededor que Antonio (Fernando Fernán Gómez) anhelaba en vez de tanta vida por delante ( o está bien tener ilusiones en el futuro pero cómo desgasta la precariedad del presente), en la película precedente con la misma pareja protagonista, Antonio y Josefina (Analía Gadé), 'La vida por delante' (1958), se ha convertido en una vida aún más 'comprimida', pero con un componente más 'alrededor', un hijo, que condiciona que las apreturas sean mayores, que haya que hacer acrobacias con los números (incluida una tabla con cada gasto correspondiente, en la que la tabla para diversiones es la que más prontamente decrece) para poder llegar a fin de mes.o que Antonio tenga que convertirse en multiempleado, porque con su único trabajo de oficinista (de 9 a 1) no le llega ( lo que da pie a otro ingenioso montaje secuencial de los diversos empleos en los que busca un complemento para que su economía no acabe siendo 'sumergida'). El guión que de nuevo firman Fernán Gómez y Manuel Soria (en esta ocasión, con la colaboración añadida de Florentino Soria), amplifica la cuestión de la 'responsabiliadad' (cómo ganarse la vida para poder sacar adelante la vida, y proporcionar un digno futuro a su hijo, y una ejemplaridad que haga sentir a su hijo que su padre no es un mero títere desasistido) a la propia sociedad. Ya evidenciado, como la ironía del planteamiento, desde la primeras dos primeras secuencias. En una vemos a Antonio estableciendo una punzante y exaltada crítica a la sociedad que quizá sea responsabe de que su defendido, un ladronzuelo que ha robado una cartera, se haya visto impelido a la vida al margen (es más una víctima que una amenaza). En la segunda, camina por la calle con su esposa, que halaga su intervención con admiración, cuando un chico le roba el bolso a Josefina. El talante permisivo y crítico de Antonio desaparece cuando captura al chico y, con la misma exaltación, no se plantea dejarle que se marche, porque es una peligrosa amenaza para la sociedad. Photobucket Este aspecto lo plantea en la narración, con mucha agudeza, en dos direcciones. Una sobre el mismo personaje de Antonio, a quien su esposa cuestiona como alguien sin pesonalidad, que no tiene carácter, en suma, como un pelele, facilmente manipulable por los demás (lo que no deja de ser toda una carga de profundidad sobre la sociedad de entonces), lo que lleva tanto a que el mismo Antonio interpele al espectador sobre tal cuestión (recurso que ya utilizó para narrar la película anterior; también en esta ocasión la película se estructura conun flashback tras que Antonio comparta sus angustias con sus acrobacías económicas con el espectador y empiece la evocación cuando Josefina le comunicó que estaba embarazada); y, aún más,amplifica las perspectivas con la propia Josefina, los padres y los suegros de Antonio, cada uno (dirgiendosee a cámara)dando su perspectiva sobre la 'personalidad' de Antonio (cada 'visión da pie a un ocurrente fashback en una de las secuencias más notables de la película; secuencias que, aún más, que en la película precedente incrementaban la sensación de estar ante un precedente, versión castiza, de las comedias de Woody Allen). En suma, se pone en cuestión, con sutil mordacidad, al hombre sin atributos en que convertía el regimen franquista al ciudadano común. La otra dirección tiene que ver con la transgresión de la ley,o la delincuencia, o más bien,sobre la doblez de un sistema económico capitalista rapaz y depredador, tramado sobre la doblez y el engaño, y más mezquino que la delincuencia corriente. Como apunta, en cierto momento Antonio, el derecho criminal está a la baja porque hay menos delincuentes a los que defender, ya que en esos tiempos la delincuencia ha 'evolucionado a lo mercantil'. Tamaña carga de profundidad (qué poco han cambiado las cosas, por cierto, en cincuenta años), se ejemplifica en el juicio en el que Antonio tiene que defender a quien era antes un deliincuente común, 'El agujetas' (Antonio Moran), que irónicamente, quiso dejar la delincuencia y convertirse en 'gente honrada', y por su ingenuidad en los recovecos de los contratos se ha visto complicado en unas estafas que le involucran a él (práctica que como bien se sabe no sólo se mantiene sino que se ha amplificado con el paso de los años). Photobucket Esta incisiva crítica a la corrupción de una sociedad camuflada bajo las apariencias de la 'legitimidad', en suma, su falacia consustancial (la dictadura de mercado ya existente entonces tras la dictadura ideológica), se ve amplificada por el cáustico tratamiento de 'la verdad'. 'Esa verdad que ninguno nos atrevemos a decir jamás porque nos puede acarrear la enemistad, el odio de los seres queridos, la persecusión, ¡¡¡el exilio!!!', dice un hipnotizador callejero: en este sentido, el tratamiento, como subtexto, que se realiza de la hipnosis (que también practica la esposa, psiquiatra), no deja de ser otra carga de profundidad sobre el regimen franquista y su manipulación sugestionadora, que, por otro lado, si algo no permitía es la 'verdad', so pena de que el disidente fuera 'penalizado', sino sólo su versión. Los gags de las últimas secuencias se sostienen sobre el hecho de que Antonio, hipnotizado por su esposa, se ve impelido a decir la verdad a todo el mundo, y no hay mayor demolición de la 'trama de relaciones sociales' que decir la verdad sin cortapisas, creando el caos en el mercado (¿no hay algo más contraproducente que decir la verdad cuando se quieren hacer negocios?) o en el juzgado cuando defiende a 'El agujeta' porque empieza a implicar a divesos empresarios (esplendido el montaje secuencial de cada uno de ellos, en 'cadena' recibiendo una llamada telefónica en la que les avisan de la 'fisura'). O eres un hombre sin atributos, sin personalidad,un pelele sumiso y subordinado, sólo preocupado por llegar a fin de mes, o no te callas lo que piensas, haciendo tambalear, cual 'fisura', los cimientos de una sociedad tramada sobre la hipocresía, la doblez, el engaño y la falsedad. Claro que te pueden denunciar por difamación,por no morderte la lengua ni dejar que te amordazen. Pero así es 'la vida'. ¿No hierve esta obra de rabiosa actualidad?

lunes, 9 de julio de 2012

La vida por delante

Photobucket Antonio (Fernando Fernán Gomez), cuando le dicen que no se preocupe demasiado por su precariedad e incertidumbre de vida presente, es decir, que tiene la vida por delante, replica que él prefería tener la vida alrededor. Hay una secuencia que condensa, por un lado, la vida (representativa) de la pareja formada por Antonio y Josefina (Analía Gadé), entre la proyección y edificación de ilusiones, el anhelo de un bienestar de estabilidad (material), y una realidad de apreturas, de vida aún 'invisible'(es un esbozo en permanente proyecto), de solar sin edificar. Y por otro, la desbordante inventiva e ingenio de esta comedia, 'La vida por delante' (1958), de Fernando Fernán Gómez (que escribe el admirable guión junto a Manuel Palacios), que no dudaría en calificar entre lo más granado del género. Un agente inmobiliario les enseña la ubicación de uno de los pisos que están mirando para elegir el que sea su hogar, su raíz, pero con lo que se encuentran es con un solar. Los contraplanos que 'ilustran' las palabras del agente describiendo las diversas estancias del aún no existente piso son los de ese vacío, los del cielo; además, las palabras surgen deun rostro que no vemos, el del agente ( porque, al ser menudo, sí vemos las cabezas de la pareja por encima de la valla, pero de él sólo vemos su sombrero, y sus manos moviéndose, como si trazaran con su batuta la edificación de un sueño). Una secuencia que refleja, impecablemente, esa 'vida comprimida', es la de la visita del amigo que representa los sueños de opulencia, Manolo (Manuel Aleixandre), soltero, que se dedica al mundo de la farandula, al que siempre ven en un deslumbrante descapotable, en contraste con ellos, meros peatones, y rodeado de sonrientes mujeres. La ironía de la secuencia proviene del contraste entre las admiradas palabras de Manolo, que expresan su envidia ( con cierto engolamiento), como si la pareja fuera la realmente afortunada (quienes han 'realizado' su vida), y las apreturas de la casa, desde ese yeso que cae del techo cuando se cierra la puerta de la calle, a cómo las puertas chocan con los muebles al abrirla, o hay que golpear las paredes para encender alguna lampara. Photobucket Incluso, los vecinos parecen que viven en la habitación de al lado, dada la cercanía de las ventanas de ambos edificios: es memorable en la secuencia inicial cuando discuten Antonio y Josefina, porque el primero no acaba de aceptar o asumir que ella también trabaje, como psiquiatra ( aunque él no tenga trabajo), y el vecino interviene dando su opinión, cual coro griego, expresando cómo ya debe asumirse esa condición de igualdad en el hecho de que hombre y mujer trabajen tanto el uno como la otra. De hecho, la narración parte de esta situación de conflicto, accesorio, realmente, o punta de iceberg, y lo plantea dirigiéndose a la cámara el propio Antonio, que nos narra su vida, 'por detrás', desde que conoció o planteó el mantener una relación a Josefina ( todo un dechado de ironía, al ambos plantear su 'proyecto' de relación en términos casi 'pragmáticos', o programáticos, o como las dos partes de un contrato que tienen que lograr un consenso en el ajuste de 'medios' y de 'fines'; él incide en los medios, como los paseos románticos, un poco de cine, de conversación, entre otros disfrutes y ella en los fines, casarse, casarse y casarse). Pero lo que centra la narración es la 'precariedad de vida', también de hiriente actualidad ( ¿cuántos hoy en día anhelamos tener esa vida alrededor, en vez de por delante?; ¿y cuántos bregamos con encontrar un trabajo aunque sea para poder sobrevivir?: Es magnífico el montaje secuencial de diversos trabajos de Antonio, de vendedor de aspiradoras y coches a extra, pasando por algo cercano a lo suyo, en un bufete de abogados (a retener la conversación que tiene en un autobús con compañeros de universidad, que revela cuán pocos han podido trabajar para lo que han estudiado; resuenan las mismas interrogantes que ahora ¿Para qué he estudiado tantos años si luego no puedo conseguir trabajar para lo que me he preparado?) y, que da pie a unas estupendas secuencias, como profesor de una clase compuesta en exclusiva de chicas (hecho que esconde a su esposa, a la que dice que son chicos, como luego ella, aunque se sulfure con él al saberlo, también le ocultará que todos sus pacientes son hombres). Photobucket En suma, su vida 'tartamudea', como lo hace el testigo del accidente del coche de Josefina, en el que también está implicado un camión con gallinas. Esta secuencia, memorable, la situaría en una antología del género ( y no sólo de la comedia española). Tras las desopilantes 'representaciones'(visualizaciones) de las distintas versiones del hecho, dadas por los conductores del camión ( que cambián en el mismo plano de versión de quiénes estaban presentes en aquella calle), y por Josefina, la intervención del testigo, encarnado por el gran Jose isbert, es asombrosa: el mismo montaje se atranca cuando él se atranca con su tartamudeo. Toda una secuencia, como un excurso en la narración, que es un soberano derroche de creatividad. La exuberancia del ingenio se conjuga, con proverbial armonía y equilibrio, con la lacerante y aguda radiografía social ( que no ha perdido, desafortunadamente, nada de actualidad). El plano final nos desvela el por qué del primer plano antes de los títulos de crédito: es el mismo; la irreductible esperanza de que el sueño venga a ellos, y se edifique por fin sin sufrir tantos pesares de precariedad e incertidumbre de vida. En suma, tener la vida alrededor ( Al año siguiente, dado el éxito cosechado, se rodaría precisamente la secuela, 'La vida alrededor'). Photobucket