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sábado, 13 de junio de 2026
Mis textos para Dirigido por Mayo y Junio 2026
En el número de junio se publican mis textos sobre Caso 137, de Dominik Moll, las series de Harry Hole y The Pitt (su segunda temporada) y, para el Dossier sobre David Lean, Breve encuentro y La hija de Ryan.
Etiquetas:
Anne Cazenove Cambet,
David Lean,
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Dominik Moll,
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Robin Campillo,
Series
domingo, 23 de septiembre de 2018
El inquilino
Jauja: Dícese de un lugar paradisiaco o de una situación ideal. En ‘El inquilino’ (1957), de Francisco Nieves Conde, hay un bloque de pisos en venta a cargo de una agencia de nombre Mundis-Jauja. El comercial, interpretado por José Luís Lopez Vazquez, dado cómo se resiste la cerradura a la llave carga repetidamente contra la puerta hasta que acaba rompiéndola. El piso literalmente se cae a pedazos, como una sucesión de trampas mortales. Como la vida, o la circunstancia vital, de Evaristo (Fernando Fernán Gómez), que lejos está de ser jauja. El piso donde vivía con su esposa, Marta (Rosa Maria Salgado), y cuatro hijos está siendo demolido, y gracias a la generosidad de los trabajadores (que no de la empresa) le han concedido unos días de prorroga para que encuentre otro piso sin tener aún que abandonar el edificio (cambiando incluso de planta, a medida que van demoliendo desde arriba el edificio). Evaristo es practicante, y pone inyecciones a domicilio, pero son las circunstancias precarias las que le clavan la aguja de modo cada vez más intenso e inmisericorde; e irónicamente, si se estimulaba a tener familias numerosas, el hecho de tener cuatro hijos se convierte en impedimento añadido que reduce las opciones, además de la escasez monetaria. Situación que se puede apreciar que no es excepcional: la literal batalla campal en la que interviene con otros ocho hombres, como su esposa por su lado con las respectivas esposas, para conseguir un piso que ha quedado libre por fallecimiento del inquilino.
Si en la posterior, y también excelente, ‘El pisito’ (1959), de Marco Ferreri, se llegaba a recurrir al matrimonio con una adinerada anciana para poder disponer de un piso, esa opción resulta imposible para Evaristo. Busca desesperado cualquier opción, pero no hay manera. Se ríen de él en la calle unos vecinos cuando expresa su pretensión de encontrar un piso barato. Se ríe de él uno de sus pacientes, director de un banco, cuando le pide un préstamo de ocho mil duros porque no tiene propiedad alguna que sirva de aval; con respecto a lo cual señala perplejo Evaristo lo que le parece un absurdo (que sigue provocando la misma sonrisa de suficiencia hoy en día en los banqueros): Te prestan dinero si tienes dinero, si lo tuviera no estaría pidiéndolo. Y se ríe de él un ‘casero’ con el que se emborracha (insinuándose que la realidad está definida por la drástica separación entre privilegiados y ‘pobres’; entre caseros e inquilinos). No se ríen explícitamente, pero como si lo hicieran, cuando acude al ministerio de Vivienda y le señalan las decenas de formularios que tiene que rellenar, pero no para conseguir el piso sino para hacerle la ficha, y esperar así su turno.
Al gobierno no le hizo mucha gracia que dejara en evidencia que España no era Jauja, y que mostrara todos los desatinos alrededor de la consecución de un piso, que poco tiene que ver con la imagen que venden con frases que aparecen en la película, como: “El problema de la vivienda es el más acuciante de nuestro tiempo”, “Una vivienda propia es la base de la familia”, “La especulación sobre la vivienda es un acto criminal” o “Solo con vivienda propia podrá el hombre cumplir su destino social”, que fueron ‘cortadas’ del montaje (porque su sorna era sangrante), como se obligó a colocar un texto introductorio más bien exculpatorio, como si la situación patética y desoladora no fuera responsabilidad ( o no la única) de las instituciones. También se modificó el final, en el que en el último segundo se encontraba ese piso ansiado. En el montaje original, prohibido entonces, que ahora puede disfrutarse gracias a la restauración (o edición realizada por el programa ‘Imágenes prohíbidas’, de TVE, a partir de un negativo), se puede disfrutar de la ‘demolición’ de las lacerantes ironías censuradas y de un final que deja a los personajes, como a los habitantes del país, en una intemperie literal que nada tiene que ver con Jauja ( y que no parece haber variado mucho en 61 años).
domingo, 20 de marzo de 2016
Mis 10 películas del cine español
1.Vida en sombras (1948), de Lorenzo Llobet-Gracia
2. El espíritu de la colmena (1972), de Victor Erice
3. La vida por delante (1958), de Fernando Fernán Gómez
4.Cielo negro (1951), de Manuel Mur Oti
5.Plácido (1961), de Luis G Berlanga
6.Mi tío Jacinto (1956), de Ladislao Vajda,
7.El último caballo (1950), Edgar Neville
8.Madregilda (1993) de Francisco Regueiro
9. La vida mancha (2003), de Enrique Urbizu
10.El inquilino (1957), de José Antonio Nieves Conde.
Caimán Cuadernos de Cine quiere conmemorar su número 100 de mayo con una encuesta en la que 300 especialistas en el estudio, análisis, difusión y programación cinematográfica (estudiosos, críticos españoles y extranjeros, periodistas especializados, historiadores, programadores, profesores de universidad, directores de festivales españoles, muestras de otros países dedicadas al cine español, filmotecas, escuelas de cine, hispanistas y estudiosos del cine español en universidades extranjeras, etc) eligen las que consideran las 10 mejores películas del cine español. Y entre esos 300 me han considerado a mí. Lo cual agradezco. No sé sí las mejores, pero diría que sí mis preferidas. Como ocurre cuando tienes que constreñir una selección a una cifra, siempre se queda alguna fuera que podría haber integrado esa selección. En este caso, tuve que dejar fuera a 'En la ciudad de Sylvia' (2007) de José Luís Guerín, 'A tiro limpio' (1963), de Francisco Perez Dolz o 'Magical girl' (2014), de Carlos Vermut. Aunque también dudé sobre qué película elegir con respecto de algunos de los directores que conforman la selección. Podrían haber estado 'El sur' (Erice), 'El verdugo' (Berlanga), 'La vida en un hilo' (Neville), 'Los peces rojos' (Nieves Conde)o 'El cebo' (Vajda). En algunos casos opté por obras que me parece que reflejan mejor, o con más agudeza, nuestro presente que mucho cine actual (caso de 'El último caballo' o 'El inquilino'), como es tambíén el caso de la obra dirigida por Fernán Gómez ( estuve tentado de puntualizar que hubiera escogido el díptico que forman 'La vida por delante' y 'La vida alrededor'). Y además, también quería resaltar, y por tanto homenajear, la figura de Fernando Fernán Gomez como figura capital en cuanto actor y director del cine español (protagoniza cinco de las seleccionadas).
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martes, 5 de febrero de 2013
El inquilino
Jauja: Dícese de un lugar paradisiaco o de una situación ideal. En ‘El inquilino’ (1957), de Francisco Nieves Conde, hay un bloque de pisos en venta a cargo de una agencia de nombre Mundis-Jauja. El comercial, interpretado por José Luís Lopez Vazquez, dado cómo se resiste la cerradura a la llave carga repetidamente contra la puerta hasta que acaba rompiéndola. El piso literalmente se cae a pedazos, como una sucesión de trampas mortales. Como la vida, o la circunstancia vital, de Evaristo (Fernando Fernán Gómez), que lejos está de ser jauja. El piso donde vivía con su esposa, Marta (Rosa Maria Salgado), y cuatro hijos está siendo demolido, y gracias a la generosidad de los trabajadores (que no de la empresa) le han concedido unos días de prorroga para que encuentre otro piso sin tener aún que abandonar el edificio (cambiando incluso de planta, a medida que van demoliendo desde arriba el edificio). Evaristo es practicante, y pone inyecciones a domicilio, pero son las circunstancias precarias las que le clavan la aguja de modo cada vez más intenso e inmisericorde; e irónicamente, si se estimulaba a tener familias numerosas, el hecho de tener cuatro hijos se convierte en impedimento añadido que reduce las opciones, además de la escasez monetaria. Situación que se puede apreciar que no es excepcional: la literal batalla campal en la que interviene con otros ocho hombres, como su esposa por su lado con las respectivas esposas para conseguir un piso que ha quedado libre por fallecimiento del inquilino.
Si en la posterior, y también excelente, ‘El pisito’ (1959), de Marco Ferreri, se llegaba a recurrir al matrimonio con una adinerada anciana para poder disponer de un piso, esa opción resulta imposible para Evaristo. Busca desesperado cualquier opción, pero no hay manera. Se ríen de él en la calle unos vecinos cuando expresa su pretensión de encontrar un piso barato. Se ríe de él uno de sus pacientes, director de un banco, cuando le pide un préstamo de ocho mil duros porque no tiene propiedad alguna que sirva de aval; con respecto a lo cual señala perplejo Evaristo lo que le parece un absurdo (que sigue provocando la misma sonrisa de suficiencia hoy en día en los banqueros): Te prestan dinero si tienes dinero, si lo tuviera no estaría pidiéndolo. Y se ríe de él un ‘casero’ con el que se emborracha (insinuándose que la realidad está definida por la drástica separación entre privilegiados y ‘pobres’; entre caseros e inquilinos). No se ríen explícitamente, pero como si lo hicieran, cuando acude al ministerio de Vivienda y le señalan las decenas de formularios que tiene que rellenar, pero no para conseguir el piso sino para hacerle la ficha, y esperar así su turno.
Al gobierno no le hizo mucha gracia que dejara en evidencia que España no era Jauja, y que mostrara todos los desatinos alrededor de la consecución de un piso, que poco tiene que ver con la imagen que venden con frases que aparecen en la película, como: “El problema de la vivienda es el más acuciante de nuestro tiempo”, “Una vivienda propia es la base de la familia”, “La especulación sobre la vivienda es un acto criminal” o “Solo con vivienda propia podrá el hombre cumplir su destino social”, que fueron ‘cortadas’ del montaje (porque su sorna era sangrante), como se obligó a colocar un texto introductorio más bien exculpatorio, como si la situación patética y desoladora no fuera responsabilidad ( o no la única) de las instituciones. También se modificó el final, en el que en el último segundo se encontraba ese piso ansiado. En el montaje original, prohibido entonces, que ahora puede disfrutarse gracias a la restauración (o edición realizada por el programa ‘Imágenes prohíbidas’, de TVE, a partir de un negativo), se puede disfrutar de la ‘demolición’ de las lacerantes ironías censuradas y de un final que deja a los personajes, como a los habitantes del país, en una intemperie literal que nada tiene que ver con Jauja ( y que no parece haber variado mucho en 56 años).
miércoles, 11 de abril de 2012
Los peces rojos

En una u otra medida, solemos tramar nuestra vida sobre sombras. Las que proyectamos sobre algo o alguien que convertimos en proyecto de un sueño o aspiración; lo convertimos en resorte que pueda posibilitar la realización de lo que anhelamos, como una pantalla que represente, con su aparición, lo posible. También las mismas sombras las podemos crear, elaborar una puesta en escena con, o alrededor de, nuestra vida, inventar, jugar con las apariencias, o con lo sugerido, con lo que no se puede ver; los fueras de campo de la vida con los que la imaginación puede manipular, como sugestionarse. La magnífica 'Los peces rojos' (1955), de Jose Antonio Nieves Conde, con esplendido guión de David Blanco, se trama sobre ambos aspectos, en una compleja narrativa que hace de la maraña una progresiva atmósfera sofocada, que pugnará por liberarse como un pez en una angosta pecera ansiando arrojarse en un mar azotado por una tormenta. En principio nos sitúa en el territorio de una intriga criminal. Una pareja, formada por un escritor, Hugo (excelente Arturo de Cordova) y una actriz, Ivon (Emma Penella), llegan, en la noche, a un hotel de Gijon, acompañado del hijo de él,Carlos, al que no vemos (sólo sus 'rastros', una pluma clavada en la recepción, un ascensor que sube, una voz que llega de otro dormitorio).

Dos personajes acostumbrados a la 'representación', a la invención. Un suceso trágico tiene lugar: Ivon corre desesperada por las nocturnas y despobladas calles, pidiendo ayuda, porque el hijo ha caido al mar. Ambos quedan sumidos a la desesperación. O eso parece. Cuando el policía que les interrogaba abandona la habitación, el rostro compungido de ella se transforma en el del orgullo, el de la actriz que ha sabido interpretar su papel de modo tan convincente que ha hecho creer y sentir a los otros que era 'real'. Aunque, curiosamente, el rostro de Hugo sigue surcado por la pesadumbre, por la pérdida de su hijo.
Nuevas preguntas surgen con este giro de la trama/maraña ¿Han matado al hijo? ¿Y cuál es realmente esa pérdida? Esa ofuscación que domina al creador, Hugo, se irá revelando, dosificadamente, en una serie de flashbacks. Sabremos que el hijo es quien es poseedor de una gran suma de dinero, heredado, de la que su padre vive (en una humillante, para el escritor, inversión de lo usual o convencional; añádase la frustración de que no logre el éxito con sus obras).

Esa condición, de joven, rico, que además parece que es guapo ( si es hijo de Hugo), llega a sugestionar a Ivon, planteándose, o forcejeando con esa idea, la posibilidad romántica con Carlos, cizañada por una amiga actriz suya. Sin conocerle en persona, convierte al chico en la representación de lo que la pueda liberar no sólo de su presente precario, sino faciitarle un futuro en el que no tenga que trabajar, y pueda disponer de todos los lujos sin sufrir penalidades. Claro que ama a Hugo. Pero llega a preparar una representación, hacer creer a Hugo quesu hijo le ha visitado en el camerino, a ver si provocando celos Hugo quiera romper con ella. Juega con una ausencia que realmente es ausencia,un fantasma, un fantasma inventado por Hugo. Es fabulosa la secuencia posterior enla Hugo llega a la habitación de Carlos y se dirige a la cámara como si hablara con Carlos. Porque realmente no existe. Es una sombra que ha inventado, como ha diseñado su habitación, como si fueran huellas de una vida. Ha creado un personaje en la vida real durante 19 años para poder vivir del dinero de la herencia. Irónicamente, la mujer que ama ( y que le ama) se ha sugestionado con una sombra (inventada por él; ¿cómo encajas que la mujer que amas se sienta atraida por un 'fantasma' que tú has creado?). Pero los fantasmas arrastran cadenas, y lo que se había convertido en liberación, o supuesta liberación, matar a un fantasma para de ese modo heredar el dinero (ya que para firmar una nueva herencia se necesitaba la firma del hijo), deriva en una tormenta que azuza y arrastra cual remolino la mente de Hugo, porque, como dice, los peces rojos van incrementando su velocidad dentro de la pecera, y eso pasa a los peces rojos de la mente cuando has cruzdo el umbral, tras cometer un délito que te expone a la persecución de la ley, al castigo, a otra prisión, distinta a la que sentías era tu vida, pero en la que sabes cuánto puede durar tu condena.
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