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lunes, 19 de julio de 2010

El pastor de las colinas

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Es tentador el calificar 'El pastor de las colinas' (1941) como un western gótico en el que la luz tiene una presencia y un papel fundamental. Hay una secuencia especialmente bella, aquella que nos presenta a un personaje que tiene un cierto retardo psicológico: en el interior de una cabaña intenta capturar dentro de una haz de luz que entra por la ventana las motas de polvo. Se puede ver a este personaje como la encarnación de una inocencia lesionada que busca poder encontrar la luz en un entorno crispado por una ponzoña de odio y resentimientos y culpas acumulados durante años. No es un western convencional 'El pastor de las colinas' (como tampoco lo era otra obra de Hathaway, de 1936, la también estupenda 'El camino del pino solitario'), como el mismo entorno en el que transcurre la acción no es le usual, este poblado en las montañas, esa comunidad cerrada en el que la familia más poderosa, los Mattewhs, comandados por la madre, Mollie (Beulah Bondi), trafican con whisky. Un lugar apartado del mundanal ruido, como una mansión aislada, y en la que hay unas tierras, una casa, sobre la que pesa una 'maldición', relacionada con la muerte de la hermana de Mollie, que ha emponzoñado a su hijo, Matt (John Wayne), ya que la muerte de su madre se achaca al padre que les abandonó, y espera el momento, aunque no lo anhele, de matarle algún día ( más que por deseo, porque es un destino asumido, es lo que se supone tiene que hacer: es la ley de lo primitivo). Y tenemos la llegada de un misterioso extraño, Howitt (Harry Carey), el corazón y protagonista real, ausente o presente en los planos, de esta excelente obra.
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Un hombre que nada más llegar salva, con sus conocimientos médicos, a dos habitantes del pueblo que determinan que le califiquen con el apodo de 'el pastor'. En un caso, cuando cura a una niña, condensa otra de las ideas sobre las que se sostiene la película ( y varias obras de Hathaway): el contraste entre conocimiento y superstición, la importancia de la educación; mientras Howitt la cura, la abuela, ciega, se lamenta del peso de maldiciones. En otro caso, salva al padre de Sammy (Betty Field), sacándole una bala; hay otra secuencia con Sammy, brillante, en clave de comedia, que incide en ese contraste de mundos, de progreso y tradición ( primitiva), de apertura e inmovilismo (recordar la obra maestra de Hathaway en ambiente marino, de 1949, 'El demonio del mar'): cuando Howitt le explica qué es un cheque, y acuden al almacén del pueblo; admirable cómo conjuga los planos de una asombrada Sammy siguiendo todo el proceso de escritura del cheque, mientras el dueño del almacén busca por toda la tienda, entre botas y cacerolas, billetes de dolar para completarlos cien que le ha pedido.
Evidentemente, se intuye pronto, antes de que se explicite, que Howitt es el padre de Matt. Soberbia es la secuencia en la que vuelve a esa casa sobre la que pesa la maldición, tras comprarla ( y asistir divertido en la entrada de las tierras a los conjuros de Sammy): Bellísimo es el plano, tras que recorra la casa observando cada rincón y objeto (que se va llenando de luz como si los recuerdos habitaran el presente, o los fueran dando cuerpo), en la que contempla la mecedora y el pequeño palanquín de bebé. Howitt es la templanza, la sabiduría, su forma de desenvolverse se transmite al mismo tempo de la obra, pausada, tomándose su tiempo la narración en la descripción de circunstancias y personajes, y en las que se palpa la presencia de ese pasado.
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Pero sabe que no es fácil el revelar a su hijo quién es cuando a éste le pesa esa ceguera de visceralidad tramada entre maldiciones y oscurantismo primitivo. No deja de ser significativo que sea en la secuencia en la que la ciega recupere la vista, y ve por primera vez a todos sus vecinos, cuando se revele lo no enunciado: ella advierte el parecido en las expresiones entre padres e hijo; y desencadena un accidental tragedia que tiene algo de pago simbólico de esa ponzoña de mezquindad acumulada: el chico con retardo quiere romper la escopeta contra una roca ( sabe que Matt puede emplearla) y Mollie quiere quitársela, disparándose accidentalmente hiriendo gravemente al chico ( a esa inocencia que no tiene que ver con primitivismo, sino con consciencia del dolor ajeno; al fin y al cabo Mollie ha alentado una versión de la historia que encubre su responsabilidad).

‎'El pastor de las colinas' (The shepherd of the hills, 1941), de Henry Hathaway es un obra de cautivadora y radiante armonía, que refrenda como en ciertas obras el cine de Hathaway transitaba senderos cercanos a los de John Ford, por ejemplo en su equilibrada conjugación de tonos, entre la comedia y el drama, entre lo siniestro y lo solar; o su enfoque sobre las comunidades en el conflicto entre progreso y tradición. Magnifico el technicolor de Charles B Lang y W Howard Green. Y mencionar la labor de ese gran actor que fue Harry Carey, que fue una estrella del western en la época y que precisamente en esos años trabajó en varios de ellos con Ford.

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