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jueves, 30 de enero de 2014

Museum hours

Hay películas con las que la mirada despierta, se estira y contempla cómo se gesta la primera luz del día. La mirada se despliega y hace de la observación danza. Percibe cada elemento del conjunto. La mirada no recorre la superficie, sino que se interroga y se empapa de cada elemento. Y cada elemento se convierte en umbral de lo infinito, la multiplicidad de lo posible. Hay películas que te desnudan, que te hacen sentir el cuerpo como un caudal de sensaciones que permanecían estancas, en posición de apagado, de pausa, de espera. Parece que te resucitan. Hay películas que te gustaría habitar, en las que pasearías por sus planos como si dispusiera de ilimitadas habitaciones, y la mirada no conociera contornos en los que detenerse, ni entre los planos hubiera separaciones, como si fueran las infinitas salas de un museo en la que no dejas de escrutar y observar un sinfinde obras y de rostros que las contemplan. Hay películas que no terminan, hay películas que no pueden terminar. 'Museum hours' (2013), de Jem Cohen, es una de ellas. Es un festín para la mirada, para el cuerpo.
Apertura: Como si fuera la apertura y cierre de un paréntesis, dos planos de una figura femenina de espaldas o tumbada, Anne (Mary Margaret O'Hara), primero en su habitación en Estados Unidos y después en la habitación de hotel en Austria, a donde ha viajado porque su prima ha sido ingresada en un hospital. Entremedias: Planos de espacios, de tránsitos, de pinturas, y su correspondencia real (una pintura con pájaros, pájaros que vuelan). Un plano general de una figura cuyo rostro no se distingue, Johann (Bobby Sommer), mientras su voz nos introduce en su trabajo como guarda del museo, el Kunsthistorisches Art Museum de Viena. Está sentado con una gran puerta de madera detrás, y ante él una cuerda, como si fuera una cerca. Johann se dedica a observar tanto las pinturas como los rostros. No deja de descubrir nuevos detalles en los cuadros, como en los de Brueghel, el viejo. En la nueva observación de una de sus obras se percata de que una de las figuras tiene una sartén en la cabeza, lo que le hace pensar en huevos, y se dedica a observar si hay huevos en los otros cuadros del museo. Cuando descubre uno, reinicia el recorrido. La observación de esos detalles se amplia a la realidad: planos en descampados, de una nota doblada, una colilla o un guante verde. Fragmentos de realidad. Como los rostros.
Aquel rostro de espaldas, el de Anne, cobrará protagonismo en su vida. Establecerán una relación que derivará en amistad: él se convertirá en el apoyo, en la comunicación con los médicos del hospital donde está su prima, de la que nunca vemos el rostro, como si fuera el fuera de campo de lo incierto, de lo que desaparece, y también de lo que puede ser narrado, de lo posible que permite la narración, la música que conjura la desaparición, la transitoriedad, la consciencia de finitud. Aunque no puedan estar seguros de que les escuche, Johann le describe varios cuadros de Rembrandt. Anne le canta una canción, mientras la luz se modifica, varía, como si la misma luz fuera canto, y la música luz. Anne y Johann comparten momentos, vivencias, exploraciones, su pasado y su presente, como si hubieran estado estacionados y se pusieran en movimiento juntos. Miradas juntas. Anne observa, mientras observan unos desnudos en un cuadro, la naturalidad que transmiten, esa que sentía en un novio que tuvo, que portaba su desnudez como un frac. En la siguiente secuencia, la observación se hace música, canto de imaginación: en las salas del museo, hombres y mujeres contemplan desnudos las pinturas. Anne y Johann comentan sobre otro cuadro, de oscuridad que parece un estremecimiento, cómo parece que va a desaparecer, disolverse, como si al cruzar la esquina ya no existiera. En la siguiente secuencia, Anne y Johann navegan por unas cuevas subterraneas, el dominio de la oscuridad, en donde, como en el cuadro, la luz parece intentar luchar para abrir una fisura que evite la desaparición en la negrura. Al salir, reciben la llamada que les comunica que la prima ha muerto.
La obra está dedicada a los trabajos de John Berger. Parece su soberana aplicación. También me recordaba a las texturas y capacidad de observación de los detalles, de los que extraerle una resonancia abstracta, de un autor, precisamente, austríaco, Peter Handke. Palomas en una hondonada que parecen un hervor y que parecen brotar cuando alzan el vuelo; flores y plantas en la blancura de la nieve; un ciego que camina con su bastón en la acera helada; calles y casas que parecen recién construidas, porque cada primavera pintan las casas por los turistas. Detalles, múltiples detalles que brotan con su inmensidad para el ojo despierto que se pregunta y capta lo que aparece ante su mirada. Correspondencias. Rostros que se asemejan al de un cuadro, rostros que se acercan y te hablan en una lengua que no entiendes pero te transmiten un sentimiento de paz.
Una mujer anciana, vestida de negro, asciende un camino, mientras comienza a caer la nieve y parece la imagen de la determinación ante cualquier obstáculo o adversidad. O quizá lo que resalta en la imagen, el centro, sea aquel alto edificio al fondo, o la fila de coches en caravana, en la que resaltan las luces rojas, como un rosario encendido. O quizá sea el mismo camino, el cual quizá sea el principal obstáculo para la anciana. Pero también está el fuera de campo, aquella casa donde se esculpen lápidas, y que nos hace sentir lo efímero de la vida, su condición de tránsito, y recuerda a aquella tienda por la que pasábamos cada día, como un elemento familiar en el paisaje o pantalla de nuestra mirada, en el que quizá no nos percatamos porque era otro elemento que componía el tejido de una pantalla en la que las partes pierden su condición de singularidades, de inmensidades. Y un día la tienda cierra, y su ventana está tapiada, y se convierte en una singularidad que nos hace cambiar el paso, la mirada, y observar a nuestro alrededor cada detalle como una respiración que se alza pletórica pero puede desaparecer en cualquier instante. Hay películas que no terminan, hay películas que no pueden terminar. Prodigiosa. Sublime.

1 comentario:

  1. Conocía el trabajo de Jem Cohen, por un unos documentales en 16 mm, que, aunque interesantes no despertaron un mayor interés, sin embargo, leyendo sobre este largometraje y viendo algunas de las imágenes y escuchando la música, me ha despertado la curiosidad de volver a ver el trabajo de este director que con más de 30 años de trabajo a cuestas, es todo un outsider de los cánones fílmicos, un saludo

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