Translate

viernes, 27 de julio de 2018

El detective

Un policía, afroamericano, ante la pregunta de por qué tiene desnudo a un detenido que interroga esposado a una silla, responde: porque había leído que lo hacían así los nazis. Otro policía golpea con saña a homosexuales en una redada porque los considera seres despreciables. Otro acepta sobornos porque además lo hacen casi todos los policías. El jefe de policía está ante todo preocupado por la buena imagen del Cuerpo. Un ciudadano mata a otro porque no puede asimilar sus propias inclinaciones homosexuales. Las altas instancias institucionales se dedican a la especulación inmobiliaria, encareciendo los precios de los terrenos, lo que impide que se puedan edificar hospitales en buenas condiciones o paliar la precariedad de quienes viven bajo mínimos, aunque sean quienes, públicamente, proclamen la necesidad de aplicar medidas que lo consiga. No es una imagen muy alentadora la que presenta de la institución policial, y en general, de la sociedad del momento y del ser humano El detective (1968), de Gordon Douglas, perspectiva descarnada y crítica, sin ambages, que comparte con otros dos estupendos thrillers, o neo noirs, de ese mismo año El estrangulador de Boston de Richard Fleischer y Brigada homicida de Don Siegel. Tan áspera como algunas de las mejores obras de Douglas, Sólo el valiente (1951), Chuka (1967) o la magistral Río Conchos (1964).
El protagonista es el sargento Leland (Frank Sinatra), alguien preocupado por algo llamado integridad, por el respeto a los detenidos y que, aunque es policía por tradición familiar, no es que tenga en muy buena consideración a la institución en la que trabaja. No duda en golpear a un compañero que ha maltratado a posibles testigos que interroga por ser homosexuales, y se muestra remiso a plegarse a las conveniencias de la buena imagen aunque eso facilitara su ascenso. Precisamente, el único momento en el que se obnubile por la posibilidad factible de conseguir su ascenso a teniente perderá la necesaria perspectiva cuando no dude, como hubiera hecho en otra circunstancia, de la confesión de asesinato de un detenido del que había percibido tendencias psicóticas (es magnífica la secuencia del interrogatorio, en la que parece, por los exacerbados gestos del detenido, que Leland le estuviera violando).
Frank Sinatra fue una de las opciones para protagonizar la posterior, y también esplendida, Harry el sucio (1971), de Don Siegel, y se puede convenir en que hay aspectos de este personaje ya presentes en Leland. Incluso, en su gesto final de abandonar el cuerpo policía, asqueado hasta consigo mismo ( cuando descubra al final que el hombre que acabó en la silla eléctrica, y cuya confesión él logró, era inocente). La excelente fotografía de Joseph Biroc transmite con su tono ambarino el reflejo de una sociedad fosilizada en su enquistada corrupción general, amplificado por el despojamiento escénico y la cortante narración, un vaciado que se ve acentuado por la muy puntual presencia de la música de Jerry Goldsmith.
En la estructura de la narración, adaptación de una novela de Roderick Thorp por Abby Mann, se alternan la descripción de las turbiedades de los representantes de la ley, a través de los casos que investigan, con secuencias del pasado y del presente a través de las que se narra el fracaso de la relación de Leland con su esposa, Karen (Lee Remick). Dos fracasos, dos imposibilidades, en paralelo, aunque ame a esa mujer, aunque tenga la vocación de policía. Karen no puede evitar buscar otras relaciones fuera del matrimonio. Ni el propio Leland (que no reacciona agraviado, sino que intenta comprender), ni el tratamiento de las secuencias, dramatiza este hecho, porque no es la promiscuidad o la infidelidad la cuestión (o dramatización: por tanto superficial enfoque) del conflicto, sino una conducta o reacción emocional que es más bien reflejo de un descentramiento vital, un extravío que se amplifica a todo lo que refleja de la sociedad la película.
El doctor Roberts (Lloyd Bochner), el psiquiatra que la atiende, pero también al hombre que realizó realmente el crimen porque no asimilaba su homosexualidad, reconoce que lo que la gente quiere es que se la tranquilice. Pero Leland, en cambio, le replica que su tarea es una forma de adaptar a la gente a una sociedad enferma, y así no asumir sus responsabilidades (confortablemente entumecidos, como la canción de Pink Floyd). El mismo psiquiatra reconoce que sabía de los tejemanejes de las altas instancias con la especulación inmobiliaria, pero también prefirió optar por no revelarlo. Leland sí lo hace, aunque enfrentarse a esa corrupción que domina la sociedad supondrá quedarse fuera, al margen, sombra errante y solitaria en la noche. Fragmentos de la excelente banda sonora de Jerry Goldsmith

No hay comentarios:

Publicar un comentario