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viernes, 31 de enero de 2014

Guerras sucias, Jack Ryan: Operación sombra, Lone survivor y Objetivo: la Casa Blanca: Las letrinas y pantallas del rearme patrio

Hay películas que son interesantes, o sobre las que vale la pena hablar, por lo que reflejan más que por sí mismas, es decir, por sus valores cinematográficos. Es el caso de 'Jack Ryan: Operación sombra' (2013), de Kenneth Brannagh, una de esas películas a las que no les falta amplificador promocional. Hay otras que levantan ampollas, pero a las que no parece que se les permita que sean demasiadas, manteniéndolas entre las penumbras mediáticas; es decir, su amplificador promocional es mucho menor. Fue el caso de un muy sugerente documental estrenado el pasado otoño, 'Guerras sucias' (2012), de Rick Rowley, centrado en las investigaciones del periodista británico Jeremy Scahill (ya expuestas en su obra Guerras sucias. El mundo como campo de batalla, editado en Paidós) sobre las guerras encubiertas que organiza Estados Unidos, o su lado oscuro (tirando a turbio pútrido) como las actividades previas de ese comando (Joint Special Operations Command) que realizó la acción, celebrada como hazaña en su país, de matar a Bin Landen. Scahill, y el documental, escarba en las sórdidas sombras de las operaciones encubiertas que dicta y organiza el gobierno estadounidense, en un trayecto con estaciones (de horror) en Afganistan, Yemen o Somalia, allá donde no se venden imagenes sino donde se ocultan. Scahill lo expone en las primeras secuencias: es la narración de lo que se visibiliza, de lo que no visibiliza, y de lo que se oculta a primera vista.
A principios de año se estrenó 'Lone survivor' (2013),de Peter Berg, centrado en el calvario de cuatro soldados estadounidenses en territorio afgano, asediados por un superior número de talibanes. La narración de esta patriótica variante de 'Patos salvajes' (1978), de Andrew McLaglen, finaliza con un homenaje, mediante fotografías, a los reales soldados operativos que inspiraron la película, y que sufren, lejos de su hogar, penalidades que deben ser loadas. No es guerra sucia, sino guerra santa. Como una obra precedente de Berg, aún más siniestra, 'La sombra del reino' (2007), está centrada en un equipo de élite que tiene que matar a un cabecilla de un grupo terrorista, una en Afganistan, la otra en territorio irakí. Que se haga la distinción de que haya habitantes afganos que no apoyan a las talibanes (lo que denuncian, precisamente, en el documental de Rowley), e incluso salven la vida al soldado superviviente, no distrae de la entraña glorificadora de una película capciosa: las muertes de los soldados estadounidenses se muestran en secuencias dilatadas hasta la exasperación, con un rosario de planos que remarcan la épica de una agonía, mientras que los afganos son abatidos de modo indiferenciado sin que duren los planos ni siquiera un segundo.
En 'Jack Ryan: Operación sombra' el enemigo es más bien del pasado, el que lo fue durante décadas, el enemigo por antonomasia del siglo XX, los rusos. Pero la cuestión es rescatar el fantasma de un pasado, un rescate que se hace necesario, como reflejo, para reactivar el rearme patriótico que se está produciendo de modo acusado (equiparable al de los 80): los cuestionamientos de una política económica que han conducido al desastre se intentan contrarrestar, anular, con rearmes patrióticos. Significativamente, el objetivo de la destrucción es Wall Street, un atentado al corazón (dicho con toda la ironía corrosiva) de la economía (o del poder global) estadounidense, por supuesto para hacer aún más manifiesta las (nocivas) intenciones de esta obra no falta la explicita asociación con el atentado de las Torres gemelas. Como en otra adaptación previa de una obra de Tom Clancy, 'Pánico nuclear', el villano, de todos modos, se individualiza, en un empresario, Cherevin (Kenneth Brannagh, al que no le cuesta mucho convertirse en el mejor del reparto). No deja de ser inquietante, y mucho, que se recupere a uno de los novelistas que fueron extensión literaria de los credos políticos y económicos de los gobiernos de Reagan y Bush, y que en su momento álgido de popularidad dispuso del rostro del actor que entonces representaba el héroe americano (Harrison Ford) en dos olvidables obras no por nada, recupera a otra encarnación del héroe íntegro en aquella década de los 90, Kevin Costner). Ahora la jugada también es artera. Se le dota al héroe del rostro del joven actor que ha encarnado ya dos veces a un icono como el capitán Kirk en las dos primeras entregas de la revitalizada saga de Star Trek.
Jugada parecida a la que realizaron en la también tan nociva como siniestra 'Objetivo: La Casa Blanca' (2013), de Antoine Fuqua, en la que escogieron como el hombre que se enfrentaba victorioso a todos los terroristas norcoreanos que asaltan al Olimpo que es la Casa Blanca (Olympus has fallen es el título original) a Gerard Butler, protagonista de la también olvidable '300' (2007) de Zack Snyder. Personaje en el que también resuenan los ecos de otro infausto personaje, el McLane que aún encarna Bruce Willis en la serie de películas de 'La jungla de cristal' (en su última andanza, además, en tierras rusas). Por destacar alguna virtud en cualquiera de estas tres películas, hay que reseñar su trepidante narrativa. En especial, es notoria la fisicidad que extrae Berg del lance bélico, la corporalidad (magullada, quebrada, contusionada) que acentúa, por otro lado, el calvarío agónico de los glorificados soldados estadounidenses. Es notable el dominio de las tensiones que realiza Fuqua, pero de todos modos, se añora al Fuqua con estimulantes cargas de profundidad en sus thrillers 'Día de entrenamiento' (2001) y 'Los amos de Brooklyn' (2009). Y ciertamente, al menos, Brannagh ha dejado de lado las ampulosidades engoladas de 'Frankenstein' (1994) o 'La huella' (2007).
Si la de 'Lone survivor' es una salmodia sobre los sufrimientos que deben padecer lejos del hogar los santos soldados que defienden a la patría, 'Objetivo: la casa blanca' (no he visto, ni ganas, la que realizó Roland Emmerich sobre otro asalto al santo bastión), remarca cómo aún son vulnerables a las depravadas amenazas del exterior. Por supuesto, no hay desarrollo (y menos matizado) a las razones de los asaltantes, como de las del agente traidor (una frasecita crítica sobre la globalización y Wall street, y ya). También tiene su miga que el héroe salvador se afirme en esta acción como una segunda oportunidad (previamente, meses atrás, no pudo evitar, en un fatal accidente en la nieve, que muriera la esposa del presidente) en la que resuena los ecos, de nuevo, de las Torres gemelas (algo así como en aquella ocasión nos sorprendisteis, pero dos veces no; no falta la imagen eco: el avión que realiza el primer ataque contra la Casa Blanca, y que colisiona contra todo un símbolo patrio: el obelisco). Una nada sutil manera de poner en guardia a la población. La amenaza está fuera, y es un hervor que puede saltar en cualquier momento y quemarles la cara.
'Jack Ryan: Operación sombra' acude cual séptimo de caballería con el rostro de uno de sus personajes tipo de héroe patriótico, Jack Ryan (aunque en cierto momento parezca que vaya a transitar los subversivos senderos de las últimas obras de la saga Bond, cuando Ryan se enfrenta a la primera situación en la que mata a alguien y sufre por haberlo hecho). Pero es un espejismo en una montaña rusa (dicho con toda la envenenada ironía) en la que el héroe siempre escoge la adecuada vagoneta para salvar al país de un loco que intenta (oh, como el traidor agente estadounidense de la obra de Fuqua) atacar a Wall Street y lo que representa en la globalización del planeta. Un héroe mundano, como sobrenatural era el de la anterior película de Brannagh, 'Thor' (2011), la anterior película de Brannagh, un director que antes representaba la cultura exquisita y elitista con sus adaptaciones de obras de Shakespeare. Ahora se ve que el célebre 'discurso del día de San Crispín' de su protagonista a sus tropas en su opera primera 'Enrique V' (1989), lo aplica a materias dramáticas más triviales, pero siniestramente actualizado. Guerras santas que ocultan las guerras sucias.
El año pasado se dio una encendida polémica en Estados Unidos alrededor de 'La noche más oscura' (2012), de Kathryn Bigelow (que les da mil vueltas, además, en dominio narrativo), cuando ciertas voces acusadoras plantearon si la película realizaba apología de la tortura como medio necesario. Aquellos cuestionamientos olían a estrategia hábil para desarmar, o al menos amortiguar, los posibles efectos de la película. Y en cierta medida lo lograron. La película se fue desinflando en reconocimientos de premios y críticas, como si fuera una película incómoda. Acusándola de lo que no es, lograban que incluso los que participaban de su planteamiento nada complaciente (condensado en su demoledora secuencia final) la miraran también con cierta vacilación. Meses después nadie dijo nada al respecto con las explicitas,en cuanto sentido, y brutales, secuencias de tortura, para conseguir información, que realiza el personaje de Butler sobre dos asaltantes coreanos. Nada de ambiguedades. Necesarias y punto.
'Guerras sucias' comienza con la indagación, por parte de Scahill de la muerte de tres mujeres (dos embarazadas) y un hombre afganos, que no eran talibanes, a manos de un comando estadounidense (la versión de la prensa estadounidense, y el comunicado de la OTAN, aludían a razones de 'muerte por honor'). Será el comienzo de un hilo que descubrirá otras acciones de ese comando, así como de una lista negra que se va ampliando con el tiempo, desde los tiempos del atentado a las Torres gemelas, en la que hay nombres de supuestos terroristas señalados para ser matados que, significativamente, tiempo después adquirirán notoriedad como terroristas peligrosos (cuando antes eran pacifistas que incluso denunciaban la violencia contra los estadounidenses; pero su condición de guías intelectuales los convirtieron en incómodo peligro). Aviesa manipulación de las informaciones, crueldad de acciones, no sólo en la relación de objetivos estratégicos, sino en el uso de acciones y guerras como ensayos, como si fueran pruebas de laboratorio. Ya sea matar a quien no es ninguna amenaza (una bomba que mató a 35 en Yemen; el periodista que lo denunció fue encarcelado, y en prisión se mantiene por orden expresa de Obama), como apoyar guerras que sirvan de campos de pruebas, como la que tiene lugar desde hace años en Somalia, y que no alcanza difusión mediática porque no conviene.
Es como la dependencia de un laboratorio en el patio trasero, mientras que la pantalla la domina el conflicto en el que hay invertidos unos intereses, la guerra santificada que sirve para mantener una posición de poder, y en la que se utiliza convenientemente una demonización de un enemigo que impida que se mire hacia adentro (irakíes, afganos, norcoreanos). Esa pantalla que alimentan con sus fuegos fatuos propagandisticos (victimistas) las obras de Brannagh, Berg o Fuqua. Mientras, 'Guerras sucias' alienta la fisura que abra un boquete en esa luz cegadora que domina las carteleras y el imaginario colectivo. La amenaza más terrible hoy en día es la de Estados Unidos (muchas acciones, calificadas como terrorismo, son respuestas a agresiones previas estadounidenses). Cierto que a veces el documental de Rowley recurre a formas persuasivas un tanto rudimentarias (imágenes de niños en las secuencias finales, Scahill y un afgano cogidos de la mano, para resaltar las brutalidades que realiza el gobierno estadounidense en todos esos países), pero no dejan de ser necesarias estas miradas que desnudan las bambalinas, con su olor de letrinas, de un sistema de poder que (en)cubre sus mezquindades con pantallas falaces que saben vender, como Jordan Belfort, su engaño como realidad necesaria, mientras realizan, probablemente, gestos obscenos carcajeándose de cómo nos la meten sin que nos demos cuenta.

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