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domingo, 12 de enero de 2014

La mujer del lago

Abandonas un escenario, un fuera de campo en el que no te sentías presencia, del que te sentías desligado, aparte. Abandonas a una mujer, porque sentías que no podías amarla. Sientes que no era la respuesta a un sueño que sigues persiguiendo. Ahora una imagen te guía hacia la posible materialización de ese sueño, pero no encontrarás el cuerpo, sino la muerte, como si colisionaras con una pantalla en blanco. En la secuencia previa a los títulos de crédito de 'La mujer del lago' (La donna del lago, 1964), de Luigi Bazzoni, Bernard (Peter Baldwin), escritor, comunica a su pareja, desde la distancia, llamándola desde una cabina telefónica, que su relación no tiene futuro, que él no puede amarla. Es un comienzo abrupto, un primer plano sofocante; un primer plano define la opresión interior en la que vive Bernard, como si le faltara aliento en su vida. Un espacio en tránsito de alguien que no se siente en su vida, sino aislado en su cápsula interior. No hay entorno ni contorno, es una figura en fuga, en tránsito. El espacio, la pantalla, donde buscará encontrarse, realizarse, donde buscará encontrar esa imagen hecha cuerpo es en un pueblo en el que estuvo un año atrás.
Una imagen fotográfica define el rostro que busca encontrar de nuevo, Tilde (Virna Lisi). Pero descubrirá que Tilde esta muerta, y sobre su muerte pende la incógnita, la incertidumbre, parece que se suicidó, aunque haya dudas al respecto, quizá más bien fuera asesinada. Hay varias mujeres a lo largo del relato, que a veces se confunden, que se asemejan, o que simulan ser otra. Un abrigo se convierte en un fetiche, un abrigo que portan distintas mujeres, como lo es ese rostro que le obsesiona, porque es la obsesión misma la que le domina. En un momento dado, alguien que es jorobado, alguien que revela fotografías, como él lleva otra joroba interior, y es incapaz de revelar lo que busca, ya que ante todo proyecta, le dice que no le había convencido tanto la última novela que había escrito porque parece que le molestaba que no encontrara respuestas. A través, precisamente, de otra imagen, el jorobado le revelará un detalle crucial que refrenda sus dudas de que fuera un suicidio. En este trayecto obsesivo puntuado por su voz interior, Bernard no encontrara respuestas, aunque algunos aspectos parezcan esclarecerse. Pero, pese a todo, le parecerá aún más esquivo todo, más difuso. Incluso más extraño, de cómo él siente consigo mismo.
La narración hace cuerpo de esa extrañeza. Hay momentos en que no se discierne si es realidad, recuerdo, imaginación o sueño. Hay veces en las que el escritor se despierta sobresaltado, pero la constatación de que es un sueño no dota de más orientación, ya que son como un filo al rojo vivo que abrasa como esa tonalidad blanquecina que difumina los contornos. Los mapas de la realidad aparecen difusos, porque la mirada del escritor parece dominada por el desenfoque, aunque este a veces sea provocado por otros. Busca en las distancias lo que no encuentra en su interior. El lago oculta cadáveres, como en las aguas de sus emociones el fango del fondo de su mente se hace cada vez más espeso. Persigue a una mujer por la calle porque porta un abrigo parecido al de Tilde, pero es otro rostro. Persigue a otra mujer, Adriana (Pia Lindstrom), la esposa de un posible sospechoso, en la orilla del río, porque piensa que le pueda aportar una relevante pista, pero las sombras la devorarán, hasta que descubra que otro rostro la suplantaba. Hay demasiadas sombras, y una mirada ofuscada que se desplaza de esquina en esquina sin que encuentra un ángulo que le oriente en ese laberinto en el que sólo permanecerá el hilo de su obsesión.
En la tensión de la asfixiante narrativa, en la que predominan los primeros planos que parecen cernirse sobre la respiración de los personajes, se puede apreciar el germen de lo que se convertiría en corriente genérica atrapada en su propio fetichismo, el giallo. Aquí ante todo importa la mirada, la obsesión del personaje, como si la respiración narrativa fuera la suya, la de alguien atrapado en su capsula interior, cual cabina telefónica, sin saber comunicarse con el exterior. Aquí aún no tiene tanta relevancia el fetichismo de los objetos, de los filos, y de los cuerpos ultrajados, cuando lo explicito empezó a convertirse en ceremonia del énfasis. Aquí aún prima el fuera de campo, acorde a esa realidad ajena al protagonista. Las presencias son sólo los cadáveres, como restos de un naufragio. El sueño de la imagen se descubre ausencia irremisible, cuerpo ya desvanecido. Cuerpos de mujeres yacerán en la mesa del forense, o correrán con el rostro desesperado hacia las profundidades del lago donde probablemente no será recuperado el cuerpo ni siquiera como cadáver.
Hay quien, el otro, el sospechoso, Mario (Philippe Leroy), el que pudo ser el amante de Tilde, el que es el esposo de la esposa que intenta revelarle algo crucial, corta la carne de una vaca que cuelga de un garfio. Un primer plano de un ojo, perfilado como un filo, o entre filos, el del protagonista, observa fragmentos de cuerpos entrelazados, los de la mujer que era su fetiche, su fulgor, con varios hombres, cuerpo para otros hombres. Ojos que cortan, ojos que no logran unir las piezas, ni siquiera las que puedan unirle con una realidad que seguirá siendo distancia, porque sus preguntas están contaminadas con el resplandor de las proyecciones que empañan los cuerpos. Porque su mirada es un filo.

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