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viernes, 24 de abril de 2015

Silla eléctrica para ocho

En 'Silla eléctrica para ocho' (The last mile, 1959), de Howard W Koch, se conjugan dos variantes del subgénero carcelario, la espera de los condenados a muerte (esa galería calificada como la 'última milla', a la que alude el título original), y el motín. Los títulos de crédito previos apuntan que está inspirada en sucesos reales acaecidos en un pasado sin concretar (se adapta una obra de teatro de John Wexley, de la que ya se realizó en 1932 una obra con el mismo título, dirigida por Samuel Bischoff), pero remarcan que las condiciones carcelarias han mejorado en el presente. La atmósfera, o el tono, de la obra es como una infección que se retiene desde hace demasiado el tiempo, hasta que el organismo se gangrena y revienta con toda su purulencia contenida. Es una obra tétrica, hosca, sórdida, incómoda. En los primeros pasajes se refleja la indiferencia de los carceleros, incluso su desprecio y crueldad con los ocho encarcelados. Asistimos al doloroso pasaje, como si levantaran la costra de una herida aún no cerrada, del último paseo de uno de los condenados antes de ser ejecutado, y la llegada de un nuevo recluso, el número 4 (Clifford David), a la espera de recorrer su última milla. Hay quienes esperan con desesperación que les concedan una prorroga, hay a quienes se la han concedido pero cuya resistencia se han resquebrajado y su mente se fuga en los delirios de la mente, entre recitados de obras literarias. Poco sabemos de su circunstancia pretérita, de lo que les ha llevado. Sólo que quisieron hacer muchas cosas, pero ya se encuentran ante su final. Son cuerpos que agonizan por la tortura de la espera.
Sólo el número cuatro confiesa al sacerdote que él no tenía intención de realizar el asesinato. Parece esconderse en las fantasías de voluntades trascendentes, divinas, como fuga de unos impulsos que le dominaron. No era responsable, y tiene que haber algo indefinido, una transcendencia que tampoco es responsable, que pueda ayudarle o reconfortarle, como si hubiera un benévolo orden cósmico que pudiera contradecir y contrarrestar el caos humano. Contrasta con el escepticismo de Mears (Mickey Rooney). No necesita de fugas mentales, no cree en fantasías divinas, no necesita consuelos estériles. Sólo sabe de realidades palpables, de fugas efectivas. De ese modo, será quien consiga reducir a un carcelero y salir de su celda. Los pasajes del motín, de una rotunda aspereza, se convierten en un duelo entre dos voluntades que no ceden ni tienen intención de hacer concesiones. El alcaide no accederá a complacer sus demandas y facilitar su huida por mucho que amenace Mearse con matar a los rehenes. Y Mears no vacilará en demostrar que no le tiembla el pulso si tiene que ejecutar a un rehén, sea carcelero o sacerdote. Un fuego cruzado de disparos y de voluntades empecinadas que sólo gestará humo, el humo del desencuentro. De ahí, que la resolución, su brillante plano final, sea en una espesa humareda donde se diluye el cuerpo que protesta, y en fuera de campo, porque realmente no existían los cuerpos. Eran meros números.

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