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lunes, 27 de abril de 2015

El eclipse

¿Y si no estamos? Quedan los espacios, los edificios en construcción, los troncos que rozamos, el barril oxidado en el que arrojamos algo, las hojas de los árboles quizá mecidas por algún golpe de viento, otras figuras con las que nos cruzamos y en las que quizá ni reparamos. ¿Y la huella de nuestro paso, de nuestra presencia en el mundo? ¿Y la huella de lo que sentimos o pensamos? ¿Y si lo que pensamos y sentimos está dominado por un eclipse? ¿Cómo dotar de luz a lo que sentimos, para dotar de cierta orientación, concreción, a nuestra forma de habitar, mirar, la realidad?. 'El eclipse' (L'eclisse, 1962), de Michelangelo Antonioni, comienza con una luz, de una lámpara de pie, y termina con otra luz, que parece a punto de reventar, de una farola, junto a un edificio en construcción. La vida, la mirada, de Vittoria (Monica Vitti) parece en proceso de construcción, y definición, en obras. No encuentra aún la conexión entre la maraña. Piensa que no quizá no necesitamos conocernos para querernos. Incluso, que no necesitamos querernos. Eso se dice, aunque parezca que se lo dice a Piero (Alain Delon). Pero con Piero se siente una extranjera, eso le dice. Quizá sea que se siente extranjera, y no logra conocer ni por eso querer. Con dos amigas se pone los atavíos de nativa africana, y baila como cree que debe bailar una nativa, objetos de extrañeza, de otra cultura, para alguien que no se siente donde habita. Un disfraz, un juego, máscaras, en las que poder transcender por un instante su sensación de extravío y confusión, de cansancio ante un tráfico de relaciones cuyas señales resultan confusas.
En el cine de Antonioni abundan los huecos. A veces son pinturas, aunque pareciera que debieran cubrirlos. Pero los abren, como ventanas que reflejan múltiples encuadres posibles que quizá sean distorsión o espacios opacos. En la casa de Riccardo (Francisco Rabal), con quien rompe en la primera secuencia, hay varias pinturas. Y también en la que le muestra Piero, la que pertenecía a sus padres. Vittoria le pregunta que por qué no le ha enseñado primero otra que tiene, más pequeña, y que usa más. Quizá porque Piero, corredor de bolsa, es alguien que todo lo plantea con amplificaciones, todo a lo grande, una vida de titulares, de ventas y promociones de una imagen que quizá nada tenga que ver con lo real, lo importante es cómo te presentas a los demás: más allá de las apariencias, la realidad para él son cifras que se multiplican. Comienza la narración con una relación que se termina, y parece que otra se gesta entre Vittoria y Piero, aunque no parece claro que así sea. Hay un ventilador que proyecta aire sobre Vittoria y Riccardo, como si contrarrestara la falta de aire en la relación entre ambos, una relación que ya se ha agotado. Hay un golpe de viento sobre Piero en su último plano, cuando Vittoria ha dejado el piso, y mira atrás, como si algo se hubiera dejado, o algo siguiera sin encontrar. Porque todo parece incierto,indefinido.
Piero le pregunta qué quiere, qué pretende. Quizá no lo sepa ni ella. Es una figura borrosa en una realidad en precipitación, como esos cuerpos que se convulsionan en La bolsa gritando cifras, números. Descansan un minuto para honrar a un corredor de bolsa que ha muerto por un infarto y continúan con su vocerío frenético en esa búsqueda del beneficio. Rostros que desesperan y se contraen cuando pierden, como si su vida sólo se sostuviera sobre cifras, sobre unos valores que son intangibles, especulación e inversión. Y con las emociones se especula y se invierte, pero el resultado parece derivar hacia la confusión, los gestos desconcertados cuando se pierde, quizá sin saber por qué se diluyó lo que no mucho tiempo atrás parecía tan firme. En esa realidad sin centro un coche se precipita en el agua, un coche que no era del conductor fallecido, un coche que quizá robó o quizá meramente cogió borracho sin darse cuenta que era el suyo. Quizá por azares, quizá por nada que pueda decirse que sea intencional, o quizá sí, porque hay ventanas de la realidad que permanecen opacas, indescifrables, un cuerpo convulso se convirtió en cuerpo inmóvil. Y poco importa a los demás sus motivos e inquietudes, como a Piero le importa más el gasto que tendrá que realizar para arreglar su deportivo. Extraños que no se miran, extraños que se cruzan sin percatarse de su condición borrosa.
Y entremedias los eclipses, sin que se logre dotar de claridad a esa agitación que no se sabe qué dirección toma y por qué, o por qué se da la atracción entre los cuerpos que se cruzan, que a veces finaliza en mera colisión. En el exterior de la casa de Riccardo, hay una construcción vertical que parece una nave alienigena ( y una lámpara de pie). Sensación de extranjería. Así mira muchas veces el exterior Vittoria, como si no tuviera nada que ver con ella, un espacio ajeno, incluso hostil, que no logra descifrar. Su mirada sigue en construcción, en obras, sigue desplazándose por la realidad, mirando atrás, como si la realidad pudiera disolverse en cualquier instante tal es su inconsistencia. Las piezas no logran aún ajustarse, aún no se logra definir sus nexos. Por qué hacernos tantas preguntas unos a otros, se dice Vittoria de un modo que parece desesperar por no encontrar respuestas. Porque quizá no haya nada que conocer tras el rostro bello de Piero como tras las carrocerías y las apariencias y la superficie de los troncos y de los barriles y de la piel del anciano con el que te cruzaste o de las hojas zarandeadas por el viento. Quizá sea eso lo real, superficies y huecos, un decorado y nuestra ausencia, el eclipse de la luz a punto de explotar.

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