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lunes, 13 de abril de 2015

Harry Black y el tigre

Hay bestias que persigues e intentas abatir, y no están necesariamente en el exterior. Son bestias, con forma de resentimientos y frustraciones, que no dejan de dar dentelladas en las propias entrañas. El pasado permanece como corriente subterránea minando de modo imperceptible el presente. Y a veces el presente colisiona con el pasado, y lo que no fue se enfrenta con lo que puede ser, y lo que imposibilitó se convierte en recordatorio que agrieta con su bilis el presente, y te hace sentir cómo renquea el presente, y por qué. En la excelente 'Harry Black y el tigre' (Harry Black and the tiger, 1958), de Hugo Fregonese, adaptación de una novela de David Walker, por Sidney Boehm ('Relato criminal' (1949, de Joseph H Lewis, 'Side street' (1950), de Anthony Mann, 'Union station' (1950), de Rudolph Mate 'Los sobornados' (1953), de Fritz Lang, 'Sábado trágico' (1955), de Richard Fleischer, o 'Barreras de orgullo' (1956), de Henry Hathaway), Harry (Stewart Granger) es un cazador que persigue a un tigre de Bengala que aterroriza a unos poblados en la India. Se dispone a disparar sobre ese tigre cuando el pasado irrumpe con el ruido del motor de un coche. El tigre se sobresalta, y huye. Harry también se sobresaltará, y tendrá tentaciones de huir, cuando sepa a quien pertenece el coche, y quien es su esposa. Hay motores que hacen retroceder, que recuerdan las brechas no cerradas en las entrañas, pero también pueden abrir brechas en el presente, brechas de futuros posibles. Él, Desmond (Anthony Steele), es el hombre que, indirectamente, propició que ahora tenga media pierna de metal, y ella, Christian (Barbara Rush), es la mujer que amó doce años atrás, una espina clavada en las entrañas de la que no se ha desprendido, fantasmas que retornan como sombras. Fantasmas que le dejaron sin una parte de su cuerpo o de sus emociones. Dejó atrás parte de una pierna, y emociones que parecían hibernadas y que ahora resurgen.
El trayecto del tigre y Harry se conjugan. Cuando uno está convaleciente, el otro también. La convalecencia de Harry es causa de un ataque del tigre, en el que ambos resultan heridos. Pero ese percance se debe a un error de Desmond, y no es el primero. La precipitación en disparar en el presente, y su impulso de huir, son la reproducción de su vacilación pasada, durante una fuga conjunta de un campo de prisioneros alemán. Su miedo e indecisión, su reticencia a arriesgarse, propició en el pasado que Harry retrasara su salida a través del agujero excavado y fuera herido en una pierna. Ahora en el presente, de nuevo resulta herido por la irresolución de Desmond. El pasado sigue siendo presente (no deja de ser significativo que la resolución tenga lugar en el interior de una cueva: en el pasado Desmond retrocede y desaparece en la oscuridad del agujero excavado/en el presente Harry se introducirá en la cueva donde permanece oculto el tigre).
En su convalecencia, Harry se confrontará con una herida que es aún más profunda y dolorosa que la pérdida de una pierna. El amor que aún perdura en ambos, en Christian y él como un nervio seccionado. Doce años han transcurrido pero el presente sigue siendo aquel pasado. Ambos luchan ahora por no dejarse desbordar por los sentimientos y deseos, combaten esa bestia que surge de la oscuridad en la que permanecía hibernada, Harry se aturde con el alcohol, porque tiene aún más miedo de ese amor que resurge que del tigre, pero todo intento de contenerla será vano. A no ser que muera el niño. El tigre suele atacar a niños. Y será el hijo de Christian y Desmond quien, en un momento dado, sufra esa amenaza. Y, tras la reaparición de Desmond, será la figura del hijo la excusa que contenga e impida el amor resurgido en ambos. Será precisamente el hijo quien se quede con la piel del tigre, quizá porque él sea el tigre simbólico que ha matado las aspiraciones de recuperar el miembro cortado de su amor no realizado. Cuando comenzaban a reinjertarlo, la inocencia lo devora de una dentellada. Hay tigres a los que parece que no se puede nunca abatir.

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