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miércoles, 15 de abril de 2015

Lo bello y lo triste

En ocasiones, desplazarte hacia el pasado puede fracturar el presente. Quieres mirar al pasado como si fuera un nuevo año. Quizás quieres sentir que el tiempo no ha pasado, quizá quieres olvidar el daño que causaste. Supone olvidar en varias direcciones. Pero quizá despiertes en ese daño que infligiste, de modo indirecto, a la bestia que ha permanecido agazapada, silenciosa, en la herida no cerrada. Y el pasado arrasará tu futuro. Su escenario no será el propio, no el de los residuos de quienes vivisteis aquella historia interrumpida, frustrada, sino uno reflejo, aquel en el que las sombras se revelan implacables, aquel en el que las sombras se sublevan a una tradición, aquella en la que la mujer, figura secundaria y subordinada, siempre inclina el rostro y soporta humillaciones y heridas mordiéndose la lengua. En 'Lo bello y lo triste' (Utsukushisa to kanashimi, 1965), de Masahiro Shinoda, fascinante adaptación de la espléndida novela de Yasunari Kawabata, Oki (So Yamamura) decide, veinticuatro años después, visitar a Otoko (Kaoro Yachigusa), la mujer que amó y abandonó. Ella tenía dieciseis, y aún no se ha recuperado del aborto que tuvo entonces. Perdió un hijo y se truncó el amor. Ambos han tenido éxito, él como novelista y ella como pintora. Parece que, en un grado u otro, ambos siguen en aquel tiempo pretérito, como si sus miradas hubieran quedado paralizadas en aquel tiempo, como si no se hubieran recuperado de un sueño seccionado. Su misma obra es un reflejo. La novela con la que Oki alcanzó el éxito se inspiraba en su relación. En las pinturas de Otoko aún son constantes las alusiones a aquella experiencia. La sangre aún se derrama en sus figuras, en el bebé que sigue muriendo en las entrañas de Otoko. Oki llama y espera. Escuchamos la voz de Otoko cuando la llama, pero no hay contraplano. Ella desapareció entonces. Su abandono la hizo desaparecer. Su mirada, el fantasma de la mirada de Otoko, arrastra sus cadenas doloridas en las pinturas que realiza. Otoko le hace esperar, porque ella se desangró esperándole. Quien le recibe es una alumna suya, Keiko (Mariko Kaga). Y no es sólo una alumna, sino amante. Será también el fantasma de lo que ella nunca hizo, la reacción de una furia desatada. Su maestra es la pantalla de su vida, y quiere rectificar el pasado, quiere sancionar al infractor.
Keiko tampoco soporta que la mirada de su maestra siga desangrándose en lágrimas silenciosas, su rostro aún sigue en aquel pasado, aquel amor seccionado que es ausencia pesa más que el que suyo que es presencia. El escenario se despliega. Keiko pretende ser la Otoko que no fue, que no pudo ser. Quiere invertir la circunstancia. Los reflejos se hacen cuerpo pare reescrbir y volver a dibujar la realidad que se sumió en una herida, esa herida a la que no puede llegar Keiko. Esa herida que no quiere mirar de ningún modo el pasado aunque siga postrada en ese pasado. Otoko se despliega en sus pinturas, en su mente. No quiere escenarios en los que amplificar el dolor, la tristeza que ha consumido sus entrañas. Pero Keiko es una furia que se desata fuera del cuerpo de Otoko. Seduce , primero, a Oki con la pretensión de tener un hijo, el hijo que no pudo tener Otoko. Y, pese a la negativa de Otoko para que prosiga con su representación sancionadora, en otras dos figuras, Keiko y Taichiro (Kei Yamamoto), el hijo de Oki, se reescribirá otra versión de aquella historia del pasado, una versión que invierta la herida en castigo. Si no puede darle el hijo que perdió, por qué no quitarle a Oki el hijo que tuvo con otra mujer. Entremedias, la figura doliente que no ha dejado de morderse la lengua, la esposa de Oki, Fumiko (Misako Watanabe). De hecho, se la mordió cuando descubrió la relación de su esposo con Keiko. Y sus entrañas seguían mordiéndose cuando, por añadidura, tenía que transcribir la novela de su marido que relataba esa relación con otra mujer. Y sus mordiscos se hicieron letra que transcribía una y otra vez como una letanía de furia muda. Y aún en el presente soporta el retorno de su esposo al pasado, y las consecuencias funestas de ese bucle, de esa letra que no deja de teclearse y que provoca como un eco de sangre, la sangre de su lengua mordida, la sangre del feto muerte, la muerte del hijo de aquel que nunca supo vivir sus emociones y, sobre todo, no se preocupó de las emociones de las mujeres que conformaban, como piezas de decorado, el escenario de su vida. Y quien daño alguno ha realizado paga esa inconsciencia. Por eso, Keiko llora. Porque son las emociones dañadas las que siguen ahogándose. En el inicio, el metal del tren en el que viaja Oki hacia el pasado cuyo dolor quiere maquillar con una falsa belleza. En el final, el agua en el que las emociones sólo lograron convertirse en lágrimas, tristeza que no sabía de belleza.

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