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miércoles, 29 de abril de 2015

Correspondencias: Sin techo ni ley/Wendy and Lucy

'Sin techo ni ley' (1986), de Agnes Varda y 'Wendy and Lucy' (2008), de Kelly Reichardt. Mona es una figura errante por los caminos, que opta por vivir sin techo. Secuencias más adelante, sabremos que Mona tuvo tiempo atrás un trabajo estable en una oficina. Pero aquella vida organizada que cubría funciones, con techo, no le satisfacía. 'Sin techo ni ley' (Sans toit ni loi 1985), de Agnes Varda, es una variación de una expresión, 'Sans foi ni loi' (Sin fe ni ley). La película quizá no exude mucha fe. Es difícil encontrar otras opciones de vida, otras rutas. No basta romper con un modelo de vida, cuya infección asfixia. En un momento dado, uno de los diversos personajes con los que Mona se cruza, le señala que la libertad implica soledad, cuanto más libre seas más creciente será la soledad, que se convertirá en extravío. En un momento dado Mona toca la estatua de una mujer, como si en esa piedra reconociera a la que fue. Pero la amplitud se puede convertir en un vacío o abismo que te engulle. En 'Wendy y Lucy' (2008), Wendy (Michelle Williams) intentaba llegar a Alaska, con su perra Lucy y el escaso dinero ahorrado, una tierra en los confines donde poder reiniciar su vida. Wendy quedaba atrapada en una pequeña población de Oregon, cuando se estropea el motor de su coche. Además, pierde a su perra tras que la hayan detenido por intentar no pagar la comida para su perra (denunciada por un empleado del supermercado, emblema del esbirro que corroe y corrompe esta sociedad). Su estancia en un espacio de tránsito se convierte casi en un callejón sin salida, en una trampa (de arena) de la que cuesta liberarse. Esas calles casi deshabitadas se convierten en un espacio más hostil y desacogedor que una selva, y la narración resulta más desesperante y terrorífica que cualquier survival, aunque no haya ningún asesino que la acose. Todo parece complicarse, la road movie se convierte en su antimateria, en detención. Y el movimiento en un extravío desazonante, la agonía de una intemperie de la que no parece se pueda arrancar. Porque Wendy representa nuestra intemperie, nuestra indefensión. Su sacrificio final es uno de los gestos más conmovedores que ha dado el cine reciente, su conclusión una de las más desoladoras. La gran depresión está aquí, ahora, una figura en un vagón de tren como hace ochenta años, una figura marginal, arrumbada en la periferia, que quizá pronto se convierta incluso en proscrita.

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