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miércoles, 1 de abril de 2015

A la deriva

Una tradición que fluye o quizá sean los escombros de un naufragio, las sombras de un horizonte que no dejó de ser telón de fondo que disimulaba unas rejas. Una casa de geishas es una nave inmóvil, un espacio paralelo de esparcimiento y olvido, una representación escénica que apuntala los comprimidos y escasos márgenes de movimiento social para las mujeres. Las mujeres se convierten en sonrisas que complacen, asienten, inclinan la cabeza. Las sonrisas son luz de prisión. A veces en la enajenación, porque la tradición inocula en las mentes el horizonte de una realización en esa condición. Katsuyo (Hideko Takamine) decidió que no quería ser geisha, no servía para complacer. No quería complacer. Vive con su madre, Otsuta (Isuzu Yamada), quien rige una casa de geishas. Otsuta vive su condición, es incluso instructora de aspirantes a geishas, está encarcelada en su papel. Katsuyo busca otras opciones de trabajo más allá de esos barrotes porque sabe que la dedicación de su madre tiene fecha de caducidad y tendrá que mantenerla en un futuro próximo. Prueba la opción de tejedora. Su opción vital intenta hilar otros senderos que los instituidos, esos tapices tejidos en las mentes de hombres y mujeres para asimilar un papel social determinado, una posición en el escenario social. Otsuta mantiene a su hermana menor, madre de una pequeña niña. Otsuta busca ayuda de su hermana mayor para conseguir que su negocio logre mantenerse a flote, para que siga fluyendo. Fluir es la tradución del título original de 'A la deriva' (Nagareru, 1956). El negocio se embarranca, forcejea con las presiones y las extracciones de vida y dinero de otros, como el insistente tío de una de las chicas, quien reclama su participación en el negocio (o llevarse su trozo de carne monetaria con la justificación del lazo de sangre).
La narración de 'A la deriva', como era característico en el cine de Mikio Naruse, se hilvana gradualmente, fluye exquisitamente, y se teje con la conjunción de los diversos nexos que constituyen los diversos personajes y que perfilan un conjunto, la respiración de esta nave inmóvil conjugada con las diferentes respiraciones, como la de Rika/Oharu (Kinuyo Tanaka), una mujer de cuarenta y cinco años, que llega en las primeras secuencias para solicitar trabajo como sirvienta (no deja de ser irónico el uso del sobrenombre de Oharu, considerando que la actriz encarnó a la cortesana del siglo XVII que fue retratada por Mizoguchi en 'Vida de Oharu', 1952: un reflejo de que la sociedad feudal machista persiste después de los siglos). Rika/Oharu se constituye en mirada contrapunto desde la distancia de su distinta posición, servicio para unas mujeres dedicadas a otro servicio, como la narración también se puntúa sutilmente por las miradas entre madre e hija, o más específicamente de la hija hacia la madre. Entre la madre y la hija, están las geishas, de diferentes edades, Nanako (Mariko Okada) y Someka (Hariko Sugemura), integradas también en su papel.
Su sonrisa a veces se tuerce pasajeramente, como es el caso de Nanako, cuando comprueba que el próspero cliente que la había llamado se creía ya con derecho a un servicio gratuito, como quien confunde la complacencia con entrega: la enajenación y arrogancia del cliente que se cree que la sonrisa de quien le sirve no es parte de un personaje escénico sino reverencia íntima y personal. En la secuencia en la que Nanako y Someka bailan embriagadas cantando las virtudes de su dedicación de geisha, la melancolía ensombrece, como el vahido que sufre Someka, esa esforzada alegría que no deja de ser una sonrisa que se estira y estira tanto para los hombres que se extiende a la propia vanidad, como cuando Someka se alegra de atender a un cliente especial de Otsuta, sin saber que se debe a que esta tiene que ausentarse para una entrevista que pueda posibilitarle que su negocio sobreviva, para que la nave inmóvil siga fluyendo. Mediante esa ignorancia también se reproduce una prisión. Katsuyo teje con su maquina de coser acordes que puedan forjar otros escenarios, mientras su madre toca las cuerdas de su instrumento musical para instruir en su dominio a las niñas que aspiran a ser otras geishas que complazcan al varón en ese escenario recreativo que es prisión aunque sonrían incluso para adentro.

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