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lunes, 10 de diciembre de 2012

El destino se disculpa

Photobucket Resulta tentador pensar, en retrospectiva, en que no fue casual que entre 1944 y 1945, en España, se realizaran dos obras centradas en la figura del destino. Si nuestra vida pudiera haber sido de otro modo si hubiéramos tomado otra decisió n, sin miedo y con determinación, ¿o quizá todo depende del azar, de lo fortuito? ¿O hay un destino irreversiblemente marcado? ¿En qué medida depende el curso de los acontecimientos de nuestra capacidad de influencia o no en el mismo? Una sutil forma de plantear bajo la aparente inofensiva máscara de la comedia si el curso de los acontecimientos pudieran haber sido otros en la sociedad española, sin tener que conducir a la dictadura implantada. En ‘La vida en un hilo’ (1945), de Edgar Neville, en la otra posible vida imaginada por la protagonista y la pitonisa se podía discernir la que no tenía que ver con los valores promulgados por la dictadura. Y en ‘El destino se disculpa’ (1944), de José Luís Saenz de Heredia, ya de entrada se puede apreciar una incisiva ironía en su presentación, con el destino mismo (Nicolás D. Perchicot) presentándose, y más que disculpándose, protestando por tantas frases hechas y actitudes autocomplacientes que achacan al destino el infausto curso de los hechos, cuando tiene que ver más bien con las decisiones de cada uno. Photobucket El guión del propio director cuenta con la participación en diálogos adicionales de Wenceslao Fernández Florez, autor del relato que se adapta, ‘El fantasma’ (una de las seis narraciones que integran ‘Fantasmas’, 1930). En la obra, en primera instancia, se plantea con aguda ironía, de entrada, si la vida quizá más bien se trama por lo fortuito, por las casualidades, de modo arbitrario, como si no tuviéramos influencia en la determinación del curso de los acontecimientos, como si un viento nos desplazara cual matojos. A esta consideración se añade la ironía de que el protagonista es, precisamente, un autor teatral Ramiro (Rafael Duran), que no logra entender el ‘guión o la trama de la vida’, y quién y por qué la configura de un modo u otro, sintiéndose más un personaje o actor, como actor es su mejor amigo, una especie de ‘escudero’, que es actor, Teófilo (Fernando Fernán Gómez), con quien abandona la provincia hacia la urbe para ‘forjar su destino’. Que un encargado eche un rapapolvos a su subordinado porque se ha equivocado de bocadillo influye en que el subalterno les indique a ambos la puerta errónea de sus entrevistas de trabajo; a la suela del zapato de Ramiro se adhieren las entradas de un partido de futbol que posibilita que, al estrellarse un balón en la cara del comentarista y romperle sus gafas, se ponga al micrófono Rafael y le contraten de presentador de diversos eventos. Todo parece imprevisible. Photobucket ¿Por qué parece que haya siempre escisión entre propósitos y resultados? Si todo parece fortuito ¿podríamos controlar nuestra vida si nos avisaran de las consecuencias de nuestras decisiones para evitar lo errores? Por ejemplo, si existe ese más allá al que tantos subordinan su vida presente, quizá alguien cercano a nosotros podría indicarnos mediante apariciones fantasmales (cual guarda de tráfico) cuándo no estamos enfocando bien la dirección. La ironía sobre la que se trama la segunda parte de la película es que no hay respuestas ni guías en el presunto más allá porque ya lo complica lo suficiente nuestra turbina mental, como Ramiro que nunca hará caso de las indicaciones que le realiza su amigo muerto (que se le aparece como una percha, un perro o un queso), ya que si algo nos define es que nos empecinamos en nuestros objetivos, en lo que creemos que son señales del destino u obnubilados por los espejismos, como los del amor. Si hay algo cierto es que, mientras algunos se preguntan sobre el sentido de la vida, siempre hay falsos y facinerosos aspirantes a diosecillos terrestres que procuran aprovecharse de la buena voluntad de los demás, con ese arte, o artimañas, de la tradición española, la picaresca, o sea, el timo, la estafa, porque quien no corre, vuela (con el dinero de otros), y no se disculpa.

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