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domingo, 11 de abril de 2010

Hunger

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'Hunger' (2008) de Steve McQueen es puro cine radical y puro asombro: Pocas obras en la última década han ido tan lejos en su ingenio cinematográfico. Su narrativa es discontinua y descentrada. Poliédrica en su acepción más fructifera. El mecanismo de identificación es dinamitado. El punto de vista salta de un personaje a otro y el centro de atención comienza en la primera parte del relato en unos personajes, para a mitad del mismo, tras una prodigiosa secuencia de alrededor de 22 minutos, que actúa como cesura, y compuesta, en su mayor medida (más de 17 minutos), de un largo plano general sobre dos personajes conversando entre penumbras, centrarse el relato en uno de estos. La dramaturgia, por otro lado, no puede ser más despojada, dando prioridad a espacios, acciones y gestos. Incluso, la música permanece ausente. Más que desdramatización, no hay dramatización convencional, sino un despojamiento desestructural que deja al desnudo unas condiciones de vida, en su esencia, y alienta la mirada reflexiva. La emoción, por tanto, está presente, pero es seca como un garrotazo.
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Si se contrastara con otra obra de ambientación, y hasta temática parecida, o contigua, esta sería 'En el nombre del padre' (1993), del irlandés Jim Sheridan. La acción trascurre en un espacio carcelario, y sus protagonistas están en relación con el conflicto político irlandés, y más especifico, con la cuestión del terrorismo del IRA. Si la obra de Sheridan cae en los efectismos fáciles (como la reciente 'Slumdog millionaire) y la trivialización dramática apoyada en convenciones y en un montaje tan percutante como estridente, 'Hunger' hace de la abstracción y del despojamiento psicologista, que no aridez, potencia transgresora y más efectiva reflexivamente.
En su primer tramo asistimos a una representación casi de fantasmas, personajes que se conducen sonambulos, ya sean guardianes de nudillos ensangrentados (de lo que no tardaremos en saber el motivo) que pueden ser asesinados en cualquier momento cuando salen a la calle o presos políticos enclaustrados en sordidas celdas, cual emulos de El conde de montecristo, entre insalubres condiciones (las paredes de sus celdas están pintadas con sus excrementos) y palizas rituales por parte de los guardianes. Sí, se resisten a llevar el usual uniforme de presidiario porque exigen su reconocimiento como presos políticos. La narración es austera y cortante, de un laconismo sangrante, como un silencio que grita por las heridas que no quieren reconocerse.
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Y, de repente, la dinámica narrativa se quiebra, su fragmentación se estabiliza en las penumbras de ese largo plano general, que citaba anteriormente, en el que asistimos a dos posiciones encontradas, las de Bobby Sands (Michael Fassbender) y el cura (Liam Cunningham) que cuestiona la pertinencia o efectividad y razón de su proyecto de huelga de hambre. Sombras que debaten. El plano general se rompe en un modo preciso, cuando el duelo dialectico se rasga con la visceralidad de las motivaciones de Sands. No hay límites en los medios para lograr uno objetivo. No importa el individuo, sino aquello que representa, el primero es una mera sombra de lo segundo, o quizás esto sea lo que haga del primero una mera sombra. Por eso, en el último tercio del relato asistimos al progresivo deterioro de ese cuerpo, el de Sands, porque el cuerpo, el individuo, ha sido sacrificado a una idea, a una misión. Las pustulas de su cuerpo no son más que la señalización de su enajenación en idea. La banda sonora queda cautiva de un silencio que nunca será calificado más apropiadamente de sepulcral.
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La huelga de hambre colectiva que guió mesianicamente Bobby Sands, para que se reconocieran al IRA como organización política fue todo un acontecimiento en los medios de comunicación a mediados de los setenta. A la vez que agonizaba en el hospital de la prisión fue elegido representante para el parlamento. Su cuerpo lo convirtió en emblema de un gesto político. Mcqueen rehuye el maniqueismo, y convierte a la narrativa en un condensado cuerpo reflexivo que nos proporcione una amplia mirada de conjunto. Alienta la mirada desprejuiciada que aprecie todos sus componentes sin ser condicionada ni teledirigida. Desprecia la complacencia, y propulsa el hiriente e incómodo rigor que señala la realidad al desnudo. Y con una elaborada puesta en escena que congracia con el arte como ingenio subversivo.

'Hunger' (2008), opera prima del cineasta británico de Steve McQueen, no ha sido aún estrenada en España. 'Hunger' no sólo es una de las más altas cotas que el cine ha alcanzado en la última década, sino que demuestra que el lenguaje cinematográfico tiene un potencial que abre a territorios desconocidos. Y, a la vez, explora y ahonda en la senda de aquellos que experimentaron nuevas sendas, como Terence Davies, de quién se puede rastrear influencias en su complejidad estructural y en su depurada emoción. 'Hunger' es puro latido de vida y de cine con las entrañas al aire.

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