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martes, 23 de septiembre de 2014

La entrega

'La entrega' (The drop, 2013), del cineasta belga Michael R Roskam parece un ajuste de cuentas con una recurrente, y cansina, convención en innumerables thrillers o películas de terror en las que la mascota es siempre la primera víctima de un acecho o asedio sistemático a un personaje o varios (generalmente, una familia). De hecho, el relato breve adaptado por el propio autor, Dennis Lehane, se titula 'Animal rescue' (Rescate animal). Uno de los escasos puntos de interés de 'El protector' (2013), de Gary Fleder, estrenada este verano, era precisamente aquel en el que intentaba romper las expectativas frente a esa convención. La elipsis tras el encuentro entre el villano y gato del protagonista no deparaba el posterior descubrimiento del cadáver del felino sino la demorada revelación de que lo había 'adoptado'. En 'La entrega', que, con respecto a otras adaptaciones de obras de Lehane, está más cerca de la eficaz sobriedad de 'Adiós pequeña adiós' (2008), de Ben Affleck que de la complejidad con corrosivas resonancias sociales de 'Mystic river' (2003) o 'Shutter island' (2010), Bob (Tom Hardy) adopta un cachorrillo, pero irrumpe la amenazadora figura de Eddie (Matthias Schoenaerts), que fue pareja de la mujer a quien Bob ha comprado el perro, Nadia (Noomi Rapace). Eddie ha cultivado la imagen de peligroso, alardeando incluso de la autoría un asesinato no resuelto. Alardea, de hecho, ante Bob de que él es aquel a quien no ves venir, como si fuera una representación, y eso le otorgara una condición tanto mítica como abstracta que acrecentara su amenaza. Se presenta como alguien imprevisible, una figura de violencia latente y acechante, que no sabes cómo reaccionará en ningún momento. Como buen publicista de sí mismo, intenta consolidar su poder en la institución de esa imagen.
Esa imprevisibilidad, esa violencia acechante, también la cultiva Chovka (Michael Oronov) el gangster checheno para el que sirve de tapadera, para recibir unas entregas de 'dinero sucio', el bar en el que trabaja Bob, del que es dueño su primo, Marv (James Gandolfini). Sus apariciones alientan lo incierto, sobre el que cimenta eficazmente su poder. Intentar hacerte tu lugar, autoafirmarte, puede situarte en situación delicada, oscilante. La arrogancia puede propiciar que te confíes, como un exceso de ambición nublar el juicio, y arriesgar demasiado en la apuesta. Puedes dar demasiado la nota, y descubrir que lo tuyo era un farol. Puede ser un reloj parado que te delata, o ponerte medallas en ciertas autorías criminales. Querer jugársela a quien es imprevisible con la violencia que utiliza como amenaza puede derivar en que tomes constancia de que esa violencia se ejerce sin vacilaciones de modo implacable. No era un farol. Pero también puedes ser un hábil jugador, alguien que se mantiene en una posición discreta, sin alardes, alguien a quien no se le ve venir, alguien que prefiere los segundos planos para sorprender a quien se hace notar demasiado en primer plano. A veces el perro quizás no muere. Y quien parece víctima propiciatoria puede que no carezca de la necesaria resolucíón para descerrajar de un tiro a quien piensa que todos se van a doblegar a su suspensa amenaza, porque sabe que si cedes un poco no dejarán de avasallarte, ni tiene reparos en golpear a una indefensa criatura. Porque, además, quien pretende ser imprevisible no preveé, precisamente, que alguien sea capaz de dar todo o hacer cualquier cosa por algo que él desprecia, un cachorrillo. Esa es la lección del rescate animal. O quizás, simplemente, una bienvenida justicia poética en una obra modulada con estimable concisión, a la que quizá le falte un punto, o varios, de turbiedad o soterrada tensión para que cale en las entrañas.

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