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lunes, 31 de marzo de 2014

Una llama en mi corazón

'Tú comentas sobre las cosas. Estás fuera de ellas, no dentro (…) Estoy aquí donde nadie trata de juntar las piezas. Yo soy de una sola pieza. Tú vuelas alrededor del mundo, en grandes aviones. Yo estoy dentro, donde hay un calor abrasador, en el núcleo'. En anteriores obras de Alain Tanner, hay personajes que rompen con su entorno, con un un modelo de vida, con un hábito, con la vida a la que se habían acostumbrado, esa vida que habían asumido, interiorizado, como institución, como código de circulación de vida, inercia no cuestionable. Algunos lo hacían de modo voluntario, determinado. Y hay quienes se dejan llevar por el curso de los acontecimientos, para salirse al margen, fuera del tráfico de lo normalizado y legitimado. Los personajes se encontraban al final del recorrido narrativo con la disyuntiva de cómo establecer modos alternativos de habitar la realidad, cómo vivir en un margen que sea construir otra realidad. ¿Se puede lograr en una tierra intermedia que es tierra de nadie, hay una posible socialización aparte de esta sociedad, esas elecciones individuales que rompen con la norma, como buques que quiebran un mar helado, pueden encajar, sobrevivir en su diferencia?¿El ser humano es capaz de lograrlo? Los hay que no logran mantenerse más allá de un tiempo provisional, y quienes finalizan trágicamente, o penalizados por unas normas o leyes o código de circulación social que impide o estigmatiza las rupturas. Mercedes (Myriam Mezieres), protagonista de 'Una llama en el corazón' (Une flame dans mon coeur, 1987) no tiene respuestas, ni lo intenta. Porque ella sabe cuál es el centro.
Mercedes es mujer de una pieza, tan definida que colisiona con una sociedad que tiende a difuminarse, por el miedo, porque son más abstracciones, roles, autómatas, que materia y carne. Se tiende a vivir en las superficies, en los rituales sociales, entre compartimentos de vida. En cambio, en Mercedes, su centro está en sí misma, en sus entrañas; habitar la pasión amorosa, ese sentimiento que arde y que se alivia con las aguas de los cuerpos que se comparten y conversan, es el centro de la vida. Y eso es lo que encuentra con Pierre (Benoit Regent). Pero son tan intensas esas llamas que la incapacitan para vivir, habitar la vida, alrededor, como si la vida sólo fuera ese diálogo conjugado entre ambos, en esa cópula, esa yuxtaposición, esa 'y' entre Pierre y Mercedes. Cuando Pierre se ausenta por dos semanas porque tiene que realizar su labor periodística en un país extranjero, Mercedes pierde el paso, se convierte en un ser tartamudeante, un cuerpo en estado de suspensión, a la espera de la conexión con la vida, con el centro de la vida, el aliento de vida que la propulsa y hace presencia, cuando retorne el otro cuerpo. Mercedes se quema, como la fotografía en blanco y negro, de espesos negros, como la huella de una quemadura, de los residuos de un papel que ha ardido. Mercedes se asfixia, como esa falta de luz que parece dominar los encuadres, como si faltara oxigeno, y se dificultara la respiración, porque la pasión es sofoco, y quema alrededor y quema dentro, y es necesario lograr el equilibrio entre quemaduras para no desaparecer, para no sufrir una combustión espontanea interior.
Mercedes es actriz, como quien desea tanto experimentar la vida, vivir tantas vidas, vivir en otro cuerpo, ser parte del mismo, que se expande en la representación, en personajes. Pero ha encontrado otro cuerpo en el que se ha fusionado, que quisiera ser él a la vez que ella misma, esa alquimia excepcional. Por eso, ya no puede meterse en la piel de otros personajes, porque está tan metida en su propia piel, tan inmersa, que se hunde cuando falta ese otro cuerpo que es tanto su conexión con lo real, como su extensión, y a la inversa, esa sublime dependencia y fusión, complicidad e integración, que es éxtasis y a la vez ofuscación, un delicado equilibrio entre el fulgor y el abismo, como aquella carne que desangra y alienta, como los cuerpos unidos de 'Inseparables' (1988), de David Cronenberg. Ese mismo año, 1987, se estrenó otra soberana obra sobre los funambulismos del amor, de la pasión, entre ese indefinible espiritu, el ángel, lo abstracto, la idea, el aliento, y los cuerpos, la carne, la materia, 'Cielo sobre Berlín', de Wim Wenders. La obra de Wenders toma las direcciones de la abstracción, de la alegoría combativa, propulsadora, y sombra y cuerpo, ángel y acróbata, se conjugan. Se ponen los límites en cuestión, en interrogante, y se rasga el escenario, la pantalla, con la lumbre de lo posible.
Tanner enfrenta a las torpezas y dispersiones, a las dificultades de hacer cuerpo de lo posible, que a la vez es lo diferente. Mercedes es actriz pero ante todo es cuerpo, es capaz de ponerse en la piel de otros, pero está hecha de una pieza, una firmeza tan rotunda que la puede implosionar, porque juega en extremos que quiebran límites, y la realidad, los ritmos de vida siempre quedarán por debajo de sus necesidades, de sus llamas, de su avidez de vida, de degustar y vivir más allá de los límites cada instante. Es un complicado y difícil equilibrio. Mercedes colisiona con los límites. Se hace contorsión. Su primera pareja en la película, Johnny (Azixe Kabouche) pierde la perspectiva, su pasión emborrona al sujeto que desea y ama, Mercedes, lo convierte en representación, con quien necesitar estar, independientemente de lo que manifiesta la voluntad de Mercedes. Le cuesta asumir que ella no quiera continuar su relación. Necesitan once rupturas para poder encajar que ella no desea ya lo mismo que él. Pero con Pierre, el maquillaje se quiebra, las máscaras se resquebrajan, por lo que las lágrimas son negras. Ya no puede actuar, o si actúa más que representación, es ya acción, carne que vibra en su más descarnada desnudez, es vulnerabilidad quintaesenciada. Hasta ahora, en sus previas pasiones, se había aproximado al núcleo, siempre apostando por exponerse.
Pero ahora, con Pierre, Mercedes encuentra esa otra vida, su vida, esa vida de la que compartiría cada segundo con Pierre, como Paul, en 'En la ciudad blanca', cree encontrarla fugazmente en Lisboa, en el cuerpo de una mujer, fuera de un tiempo de horarios, en una forma de habitar la realidad que es desplegar la mirada, la observación, y la inmersión en los sentidos. Pero esa pasión no es de este mundo, o resulta complicado habitarla con duración en esta realidad de límites, porque la presencia tendrá que conjugarse, combinarse, con las ausencias. Y amenaza el extravío, el filo de la pasión que desgarra el discernimiento, cualquier medida. Ese desafío es el funambulismo en el que intenta poder habitar esa pasión que arde y quema y abrasa. Mercedes actúa en un espectáculo de feria realizando un streaptease con un mono gigante de peluche. Imagen, simulacro, representación. Y el cuerpo arde, anhelando conquistar el tiempo abrasándolo. Pero el núcleo resulta difícil habitarlo. Y las interrogantes, una vez más, siembran la tierra de nadie.

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