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miércoles, 12 de marzo de 2014

Miel

Hay enfermedades que son visibles, hay enfermedades que no son visibles. El cuerpo se corrompe, pero también el ánimo. Hay vidas que no se viven, sino que son condena dolorosa, como hay muertes que pueden ser liberación, muertes dulces. Por eso, Irene (admirable Jasmine Trinca) ha adoptado el apodo de 'Miel' en su labor clandestina, en un negocio ilegal de eutanasia asistida, como suministradora de las sustancias que propician la muerte de aquellos que la requieren, de aquellos que la compran. Valeria Golino, en su debut tras la cámara, condensa admirablemente la tensión sobre la que se trama la vida de Irene, en las dos primeras secuencias de la muy sugerente 'Miel' (Miele, 2013). Dos movimientos de cámara contrapuestos. Un movimiento de retroceso que la precede mientras camina sobre un pasillo, hasta que se sienta, y se pone a escuchar música con unos cascos. Pero la cámara prosigue hasta acrecentar su pequeñez en el encuadre, remarcando, también por las amortiguada luz dominante, la sensación de intemperie, como si faltara aliento de vida. El siguiente movimiento de cámara es de avance, sigue a Irene dirigiéndose al mar, en donde se sumerge. Es el impulso de vida que la define, a la vez que una acción física, de contacto con lo que fluye, que contrarresta su relación tan cercana no sólo con la muerte en sí, sino con todo el dolor del que se empapa, a través de los que asiste en el momento de su muerte, y de la pesadumbre y desesperación de sus familiares.
Un detalle característico, que incide en este aspecto, es que está escuchando constantemente música con auriculares. Es su cámara de aislamiento, pero también su baño en un amplio océano de sensaciones exultantes que contrarrestan las angosturas, en las que queda atascada su empatía, su dedicación, cuando su mano abierta se convierte en puño apretado, consecuencia de su contacto con la desolación de la muerte . Irene es ella misma música, es entrega, por eso asiste a los enfermos terminales que desean morir, a quienes tienen una vida postrada, mental o corporalmente, y desean abandonar una vida que no sienten como vida, sino como prisión y tortura. Irene es la firmeza, la mirada incendiada de la determinación, que les asiste en ese momento. Irene no entiende, y no comparte, el sufrimiento innecesario. Por eso, le indigna sobremanera que alguien que esté sano, alguien que no tiene ningún tipo de impedimento físico ni mental, desee la muerte, como es el caso del ingeniero Grimaldi (Carlo Cecchi).
Este se convertirá en una obsesión, una especie de cruzada, cuando se obceque en conseguir evitar que se mate. Grimaldi ha perdido apetito por la vida, su enfermedad no es visible. Como si hubiera perdido el aliento, y ya sólo fuera en retroceso, mientras la luz se va amortiguando y desvaneciendo a su alrededor. Para Irene se convertirá en un desafío, en el de conseguir una victoria de la vida sobre la muerte en vida. Irene vive junto al mar, como quien mantiene ante sí un permanente horizonte de vida. La mirada que no desfallece, ahora en lucha contra el gesto cansado de Cecchi, ese cansancio que también pugna en el interior en ella, las junturas resentidas del impulso vital causadas por las relaciones insatisfactorias, relaciones que no se definen, como si los cuerpos sólo se entrevieran en la distancia aunque palpen sus poros. Irene escucha su música, mira al cielo, y mantiene su mirada encendida, aunque sea difícil, a veces imposible, contrarrestar los cansancios que provocan las decepciones de la vida. La narración se propulsa, se mece, sobre las mareas que vibran en el incendio que alienta la subyugante mirada de Irene, el incendio de la miel. ) Se estrena el 11 de abril esta muy estimulante obra.

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