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martes, 2 de diciembre de 2014

Exodus: Dioses y reyes

El ser humano tiene cierta tendencia, o cierta adicción, a encerrarse, restringirse, en los límites. Y ya se sabe que los límites están hecho de piedra, como la tabla de los diez mandamientos. Por eso, aún hoy, la especie humana sigue mostrando su escasa evolución interior, aunque su dominio de la realidad exterior, de la otredad (en la que están incluidos los otros congéneres) haya evolucionado en su sofisticación instrumental (del hueso a la bomba atómica, por ejemplo), proporcional a una arrogancia que no decrece sino aumenta. Por eso, hay especímenes que se indignan con el hecho de una deportista compatriota (o sea, supuesta habitante de sus propios límites) muestre un rechazo al hecho de que interpretaran el himno nacional, dado que ella se siente catalana (tiene sus particulares límites preferenciales). Las minucias aún se siguen inflándose como transcendencias. La inconsistencia sigue siendo el rudimentario aliento sobre el que se edifican tantos irrisorios escenarios dramáticos de afirmaciones frente al otro o lo otro. El ser humano aún atrofiado en las cuadrículas de los límites (la cuadrícula de lo propio frente a la de lo ajeno, tanto en la dimensión colectiva como individual) y en las aduanas de separaciones (de lo legítimo o no, de lo modélico o estigmatizable...). Esas construcciones ficticias llamadas identidades siguen convirtiéndose en prisiones que son arenas movedizas (para uno mismo y aún más para los demás: el ejercicio de autoafirmación e imposición que se instrumentaliza con la violencia puede amplificarse al exterminio). El ser humano no sabe ser en el no ser o en la multiplicidad que no posee marcadas señas de identidad que son instituciones de su posición en cualquier escenario de relación, como le resulta difícil no hacer nada, realizarse en el no hacer, que abre umbrales y hendiduras a la reflexión y a una amplificación de las experiencia sin la restricción de la funcionalidad o la cinta corredora de la actividad constante ( o rol en una pirámide y cadena social y económica) que linda fácilmente con el olvido de uno mismo.
En Exodus. Dioses y reyes (2014), de Ridley Scott, Moises (Christian Bale) descubre que no es lo que pensaba que era. Su pertenencia, su identidad grupal, es otra. Pertenece a la facción conocida como hebreos. No pertenece a la facción de los egipcios, en la que por añadidura era alguien de posición relevante, cercana incluso al máximo poder. De hecho, hasta era considerado, por el aspirante al trono de faraón, Ramses (Joel Edgerton), una amenaza, por el acierto de unas predicciones, pese al aprecio que hay entre ambos, educados juntos desde niños. Descubrir que su identidad no es la misma implica el exilio, la separación. No pertenecía a la identidad grupal de los privilegiados y dominantes sino a la de los indignos y sojuzgados. Hay una línea que desafortunadamente no se potencia en el desarrollo dramático (¿o hay un doble relato en contienda?): la ambivalencia sobre si el hombre que ha perdido raíz para encontrar otra que desconocía ( y que disminuye su categoría), y ha sido desprovisto de su posición de dominio sobre la realidad (de Alguien a Nadie, de poder a Todo a no acceder a Nada), pueda sufrir un trastorno, enajenarse, por esa frustración, y creer que establece un diálogo con una entidad trascendente, llamada Dios, que restituya su posición en y sobre la realidad: además sólo uno, nada de colectivo de dioses, un Dios en correspondencia con alguien que se siente único y excepcional, el elegido para conducir nada menos a todo su pueblo, su nuevo pueblo, esa tribu o facción que además estaba considerada su categoría tan inferior que se la equiparaba con los animales. Identidad grupal tratada como esclavos, como masa informe prescindible, que cumple la elemental función, como meras masas corporales que usan su fuerza, de erigir los monumentos que homenajean el poder y dominio de sus opresores, los egipcios. Su frustración la transfiere a una sublevación o sedición colectiva de humillados. Esa entidad invisible (esa proyección fantasmal), por tanto, le ayuda a recuperar su autoestima e ilusión de dominio sobre la realidad (y de paso a un colectivo).
No deja de ser curioso que el duelo o enfrentamiento que se explicita sea entre él, Dios y el faraón. No entran en liza los dioses egipcios, no la transcendencia egipcia, a la que no se le da presencia escénica, cuando además había sido certera en la primera profecía. El faraón, el que fue amigo, es el que se considera Dios (el amigo que condicionó su destino, que decidió que fuera otro, ya no a su lado, sino en el opuesto, definitivamente rival), aquel, entre los humanos, que puede decidir la realidad y dominarla, quien se enfrenta a su contrincante, antes posible amenaza a la consecución de su poder, y su entidad trascendente Dios. Por lo tanto, Moises, en su revancha, juega con ventaja para poder saciar su despecho. Sus intentos de sublevación a ras de suelo, como ser humano, no fructifican, o pueden transcurrir generaciones hasta que lo hagan. Así que Moises 'desenfunda' como arma, o entra en escena, en el cuadrilatero, esa entidad trascendente, más expeditiva, que devuelve, sin aplazamientos, sino de modo inmediato, y con furia amplificada, su ansia de revancha o despecho (avalada, además, por constituirse, por extensión, como representante de la humillación sufrida por el pueblo hebreo durante cuatrocientos años de esclavitud). O sea el ojo por ojo, a escala individual o colectiva. Crueldad por crueldad. Sin duda esta entidad llamada Dios, o Yahvé, sí juega a los dados, pese a lo que dijera Einstein (como las figuritas de forma cuadrangular con las que juega el niño que representa a la entidad divina, y que también conforman una pirámide). Pero juega con dados marcados, en forma de una serie de plagas, en la que no hay piedad ni con criaturas que nada tienen que ver con el escenario de la contienda, pero al fin y al cabo son inferiores, y prescindibles, sean las criaturas que habitan el río que se convierte en sangre, las ranas o las langostas ( y añádase granizos para variar un poco el repertorio). Y, como remate, la inversión de lo que hará Herodes con los infantes: en este caso matar con una nube de oscuridad a todas los vástagos egipcios. La crueldad, ya se sabe, no sabe de facciones, responde a la esencia de la naturaleza humana.
Al respecto de esta furia fue muy elocuente Peter Sloterdijk en 'Ira y tiempo': “Nos damos cuenta de que no se trata de la ira santa de la que nos hablan las fuentes bíblicas. No se trata de la sublevación de los profetas ante la visión de los horrores contra la divinidad, ni de la ira de Moises, que rompe las tablas mientras el pueblo se divierte con el becerro de oro; ni del odio lánguido del salmista que no puede esperar el día en el que los justos bañen sus pies en la sangre de los blasfemos. Tampoco la cólera de Aquiles tiene mucho que ver con la cólera de Yahvé, el primer dios de las tempestades y los desiertos, bastante rastrero por cierto, que, como <>, marcha al frente de su pueblo en trance de éxodo y a cuyos perseguidores aniquila entre tormentas y oleajes.” Con estos métodos rastreros, con el apoyo logístico de una entidad trascendente, hasta entonces agazapada en su posición de testigo, una facción se impone a otra facción, cuyos dioses permanecen mudos durante la contienda, por la simple razón de que el relato de la otra facción se impone sobre su propio relato (y quien domina el relato domina la representación de la realidad). Un relato que se instituyó como verdad para los componentes de su facción (ya no sólo hebreos) y cuya piedra, su límite de perspectiva, se extiende hasta hoy en día como restringida mirada hacia la realidad, aún manifestando sus arrogantes purulencias de mirada limitada en obras fílmicas como 'Exodus. Dioses y reyes', ya que se afirma sobre unas supuestas raíces pretéritas (la fábula o leyenda instituida como realidad). Se desechan las interrogantes, se apuntala la piedra en la mirada. No cala esa interrogante del faraón cuando le pregunta a Moises <<¿de qué dios hablas?<< tras que le haya dicho que se comunica con dios, sino la piedra en la que se cincelan los diez mandamientos (contornos de los límites), con la asistencia de la transposición infantil del dios con el que Moises (supuestamente) dialoga (representación, al fin y al cabo, del niño que se siente abandonado y que quiere dominar a los demás; la elementalidad visceral del despecho).
'Exodus. Dioses y reyes' por otro lado, quizá no sea, afortunadamente, tan plumbea como aquellos mamotretos bíblicos que infestaron la década de los cincuenta en Hollywood, de 'La túnica sagrada' (1953), de Henry Koster a 'Ben Hur' (1959), de William Wyler, pasando por 'Sinhué el egipcio' (1954), de Michael Curtiz o 'Los diez mandamientos' (1956) de Cecil B De Mille, entre tantos otros. Hay quien se puede distraer con la espectacularidad de su superficie, esas que son más cómodas de transitar, con las secuencias de las plagas, o con la afortunada interpretación de Joel Edgerton como Ramses, que aporta la escasa sangre dramática a una obra tan sólo centrada en dos personajes (el resto son telón de fondo con alguna que otra frase). Entre aquellos despropósitos del pasado resaltó una excelente obra, 'Barrabás' (1963), de Richard Fleicher, quizá porque prefería transitar los territorios de las sombras (como el mismo personaje incómodo que se convertía en el centro dramático: por eso, sus interrogantes dolían), en vez de las iluminaciones divinas que simplemente instituían un dominio, la simple vuelta de la tortilla que desean los pueblos que se han sentido oprimidos (o que lo han sido): por eso no variará nada, o poco, cuando se produzca el cambio de posiciones (es la historia repetida una y otra vez en distintas escalas y en distintos escenarios: el restringido repertorio de esta criatura humana tan poco evolucionada).
Esas iluminaciones que apuntalan una suficiencia, por mucho, como aquí, se cuestione la arrogancia de quien se cree Dios, como es el caso de Faraón, dejando fuera de la cuadratura del círculo (o la negación de una dialéctica), a sus divinidades (otro escenario ficticio o relato equiparable con otras denominaciones). Este es un capcioso relato que no gira alrededor de la sublevación ante una opresión ni sobre el cuestionamiento de las prepotencias del ser humano que se cree divinidad e impone su posición sobre los demás, sino sobre la aún más nociva afirmación de esa arrogancia y suficiencia a través de la imposición e institución de un relato que configura unos límites que separan, marcan y definen lo que es y lo que no es, lo que debe ser y lo que no, por mediación del aval de la posesión de comunicación directa con una entidad trascendente, a la que se la distingue, por encima de otras entidades trascendentes, como real, y como la más poderosa arma persuasora. En suma, otra imposición. Y aún seguimos padeciendo el peso de esa piedra.

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