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lunes, 8 de diciembre de 2014

El jugador

El deseo y la ley. La voluntad y la realidad. En una de las secuencias iniciales de 'El jugador' (The gambler, 1974), de Karel Reisz, Axel Freed (James Caan) expone un pasaje de 'Memorias del subsuelo' de Fedor Dostoyevski, para debatir. “<<¡Hagan el favor! -les gritarán- es inútil rebelarse. ¡Se trata del dos por dos son cuatro! La Naturaleza no va a consultarlo con usted; poco le importan sus deseos, y si le gusten o no sus leyes. Deben aceptarla tal y como ella es, y por consiguiente, también aceptar todos sus resultados. Es decir, el paredón es el paredón etc etc>> ¡Pero Dios mío! Y qué me importan las leyes de la naturaleza y la aritmética, cuando no me gustan ni esas leyes ni el dos por dos son cuatro!”, escribe el escritor ruso. Freed (que se puede puede traducir como liberado), plantea a sus alumnos que quizá mañana pueda ser dos más dos son cinco por que así el deseo o la voluntad quiera. Freed desafía al determinismo y a las leyes, a lo que debe ser, y su voluntad se enzarza en combate con el azar. Es adicto al juego, porque reta los límites, aunque las probabilidades estén en su contra, desafía esa concepción de que “Por encima de todo existen las leyes de la naturaleza y que todo cuanto él haga, no se hace conforme a su deseo, sino por sí mismo, es decir conforme a las leyes de la naturaleza.”. Freed es un hombre insatisfecho, y por ello en un latente estado crispado, susceptible (la reacción temperamental de quien se se siente contrariado por la realidad, las circunstancias), aunque la suerte parece acompañarle en la vida, o en cómo parece dispuesto su escenario, querido por su familia, por su madre, Naomi (Jacqueline Brookes), una familia, además, de privilegiada posición económica, sobre todo en el caso de su abuelo Lowenthal (Morris Canovsky), y disfruta de una buena relación, sin tensiones ni presiones, con Billie (Lauren Hutton). Las ecuaciones en su vida parecen configuradas de modo ventajoso. “El hombre únicamente necesita de una voluntad autónoma, le cueste ésta lo que le cueste, y le traiga las consecuencias que le traiga”. Freed necesita, en cambio, sentirse en el vórtice de la inestabilidad, la que propicia la incertidumbre, como si el riesgo le hiciera sentirse más vivo, en vez de una función matemática que se ajusta a las circunstancias suministradas, a lo que le ha tocado en la distribución de la partida ( su físico, su posición económica...).
Freed hace de sus actos interrogación a la que nunca sacia la respuesta, porque es adicto a esa suspensión interrogativa, que anhela la amenaza de la negación para conquistar la afirmación, pero por su propia apuesta, su propio reto. “Entonces – todo eso lo dirán ustedes- entrarán en vigor las nuevas relaciones económicas, completamente preparadas y calculadas con tal exactitud matemática, que al momento desaparecerá cualquier posible interrogante, precisamente porque para éstas, siempre habrá una multitud de respuestas.” Freed se lanza a las trasegadas corrientes donde su posición económica pueda estar en el filo, donde el canibalismo capitalista se evidencia de un modo más inclemente, a través de sus desorbitadas apuestas. Freed desafía al dos por dos son cuatro. La realidad, la banca, apuesta alto. Irónicamente, su deuda asciende a 44.000. Intenta que la realidad se transfigure, desfigurándola, en un dos por dos son cinco, pero sus intentos fracasan. Y recurre, precisamente, para salvar su circunstancia, al apoyo de la ecuación dada de la vida, su dos por dos son cuatro, el apoyo materno, quien puede facilitarle el dinero para salir del paso y evitar un posible apalizamiento, sino la muerte. De algún modo, hace trampa. Lo cuál le amarga doblemente. Primero, porque involucra a su madre, lo que le pone en deuda con ella, y porque la utiliza al fin y al cabo. Y segundo, porque no es sino la constatación de una derrota. E insiste en su apuesta para contrarrestar esa doble sensación amarga de fracaso. Y, de nuevo, irónicamente, la persona a la que se ve impelido a utilizar para salir del paso, uno de sus alumnos, porta el número 22 en la camiseta que porta en el partido de baloncesto que disputa, y en el que tiene que intervenir para que no superen en ocho a su rival (de nuevo, cuatro más cuatro: ocho). La realidad de nuevo marca el dos por dos cuatro. Hay que hacer trampa, amañar, para poder vencer a la ley, a la ecuación lógica. Freed se enfrenta a otra derrota. Si no hace trampa, la derrota resulta inevitable tarde o temprano.
Es un trastornado, desde el punto financiero, porque es un kamikaze que no da valor a lo que gana o pierde, quiere vencer a un sistema, a una ley, situarse en ese filo en el que sienta que la realidad esté a punto de aplastarle, pero sin lograrlo, porque su voluntad se muestra perseverante en su desafío. La realidad puede ser como su voluntad o deseo establezca. Por eso, en la última secuencia se introduce en un ambiente en el que sus probabilidades de sobrevivir son limitadas, o escasas. Se introduce en el barrio negro, y más aún solicita los servicios de una prostituta, pero lo que busca realmente es poner en peligro su vida, que la realidad le amenace. Y cuando sale victorioso de su pelea con el proxeneta, sonríe ante el espejo, contemplándose su medalla, la herida en su mejilla que declara que ha cruzado el umbral de los abismos, el de las escasas probabilidades de sobrevivir, y ha salido victorioso. Un ralo consuelo, como aquellas piedras que lanzaba a las casas en serie recién edificadas el arrogante obrero que encarnaba Albert Finney en 'Sábado noche, domingo mañana' (1960), la opera prima de Reisz, porque su futuro estará marcado para devenir su rebeldía en integración, otro indiferenciado obrero con su indiferenciado hogar e intercambiable familia. Freed encuentra en una herida abierta una ilusoria, y paradójica, satisfacción frente a su inevitable derrota: dos por dos seguirán siendo cuatro. Aunque quizá se diga, como el protagonista de esa obra hecha escupitajo abrasivo que es 'Memorias del subsuelo': “Respecto a mí, he de decir, que he llevado hasta el ultimo extremo aquello que ustedes no se han atrevido a llevar ni a mitad del camino, y por si fuera poco, toman por cordura su propia cobardía, y se tranquilizan engañándose a sí mismos. ¡Hasta posiblemente resulte que esté yo más 'vivo' que todos ustedes!”. La sublime Sinfonía nº 1 en D mayor, de Gustav Mahler, es una presencia constante en la narración, como una sombra que señala una ineluctabilidad (pero, mientras, la ilusión del desafío).

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