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martes, 16 de diciembre de 2014

Jimmy's Hall y Walesa.La esperanza de un pueblo

Hay algo que une a Jimmy Gritton y Lech Walesa. Ambos lucharon por la consecución de unos derechos, de los más desfavorecidos en la escala económica, y de unas libertades, empezando por la de libre expresión y reunión, ambos se enfrentaron a los representantes del poder establecido, ambos pretendieron transformar un estado de cosas, ambos predicaron por la tolerancia y cuestionaron las imposiciones de valores o privilegios económicos. Ambos también reflejan las dos caras de esa lucha. En 'Jimmy's Hall' (2014), de Ken Loach, se refleja una batalla perdida frente a los que detentan el poder, mientras que en 'Walesa. La esperanza de un pueblo' (Walesa. Clowiek z nadziei, 2013), de Andrezj Wajda, se retrata el proceso de forja de una figura que fue determinante en su país para conseguir unos derechos hasta entonces inexistentes, un primer paso en la demolición de la dictadura existente en el bloque comunista. Ambos cineastas se han caracterizado por perseverar en la realización de un cine que cuestione las injusticias y los abusos del poder, un cine de compromiso y denuncia social, a veces con más fortuna que en otras, en ocasiones abismándose en el maniqueísmo y el trazo grueso, o en la tosquedad dramatúrgica y estilistica. En este caso, ambas obras pueden considerarse como apreciables logros.
1.En la estimulante 'El espíritu del 45' (2013), Loach invocaba las equitativas medidas políticas y económicas que realizó el partido Laboral tras finalizar la segunda guerra mundial, ejemplo de cómo si es posible aplicar una justa política de bienestar social si existiera esa voluntad. En el otro extremo, las progresivas privatizaciones que se han aplicado desde finales de los setenta y principios de los ochenta, con Margaret Tatcher como emblema de unas nefastas decisiones que han atentado contra el bienestar social: una política favorecedora para los privilegiados. En 'Jimmy's Hall' retrocede hasta 1933, en Irlanda, diez años después de la guerra civil. Jimmy Gritton vuelve de Estados Unidos para ayudar a su madre en la granja, y, dada la insistencia de los jóvenes del pueblo, vuelve a abrir un salón (ese al que se alude en el título) en el que se impulsa, a través de diversos talleres, el pensamiento y la reflexión. Se combinan cursos de dibujo o literatura con el aprendizaje del boxeo. Pero para el representante religioso católico, el padre Sheridan, como para los terratenientes, encabezados por O'Keefe (Brian F O'Byrne), representan la corrupción que propagan las ideas comunistas (de hecho, Gritton fue uno de los creadores del 'Grupo de trabajadores revolucionarios', precursor del Partido Comunista irlandés). Gritton aboga por la tolerancia, por la convivencia de las diversas ideas, pero la instrucción es un peligro, una amenaza para los que dominan el statu quo (incordia en el corral regido con su correspondiente tabla de mandamientos). Gritton recibió de su madre una educación que alentaba las preguntas, sin dar nada por sentado. Por eso, se convierte su salón, su espacio, en un fisura entre unas certezas que se consideran detentadoras de la verdad (el sacerdote) o el privilegio, y que, por tanto, se arrogan la potestad sancionadora (lo que les equipara a organizaciones como el Ku Kux Klan).
El estilo narrativo de Loach se puede calificar de asambleario. Recurre al teleobjetivo, un enfoque desde la distancia que congrega a diversos personajes en el encuadre, como si con el reencuadre democratizara el conjunto, y favoreciera la diversidad sin discriminación, lo cual, por otro lado, puede revertir en cierta monotonía estilística. También prima más el arquetipo, o lo que los personajes representan, que los matices psicológicos. Ante todo es un cine de ideas, con aliento combativo. No se puede evitar simpatizar con ciertas manifestaciones, aunque sean recursos un tanto toscos, por ejemplo, el personaje del sacerdote comprometido, el padre Seamus (Andrew Scott), que pareciera que expresara a los terratenientes y el padre Sheridan todos los cuestionamientos de Loach y su habitual guionista en las últimas décadas, Paul Laverty, como si más que personaje fuera un portavoz. Hay secuencias que sí brillan, y además con intensidad, recuperando lo mejor de Loach, como el solitario baile (tejido con silencios de lo tanto tiempo contenido) de Jimmy y su mujer amada Oonagh (Simone Kirby), o la lacónica emotividad de su despedida, conscientes de que quizá no se vean jamás. Son esos momentos que amplifican y dan cuerpo, o dotan de sombras a ras de suelo que no logran hacerse luz del todo, el impulso combatiente de las ideas que no se resignan a que el mundo esté dominado por las mentes cuadriculadas que oprimen, ya que se creen en posesión de la verdad, por lo que rechazan, niegan y reprimen toda idea contraria.
2. 'Walesa' (2013), se estructura a través de una entrevista que realiza, en el hogar del dirigente polaco, la periodista y novelista Oriana Fallaci (Maria Rosa Omaggio), cuando Walesa se convirtió en toda una celebridad mundial en 1982. En la narración se combinan recreaciones ficcionales con imágenes documentales de grabaciones de diversos acontecimientos, a veces en la misma secuencia. Como se combina el blanco y negro y el color sin que implique que se diferencie el documental y ficción, como la misma personalidad de Walesa, hecha de contrastes a veces opuestos. Walesa es alguien a quien, ya en esa entrevista, se describe como no carente de fatuidad o engreimiento (algo que él mismo señala, o pregunta si lo parece), alguien que reconoce que se alimenta de la ira para así poder conducir un odio colectivo, pero que rara vez se deja llevar por la intemperancia, y destaca por su esfuerzo en que las confrontaciones siempre sean a través de un diálogo razonado en el que se eluda lo más posible la ofuscadora crispación. En Las primeras secuencias evocadas, en 1970, se muestra a Walesa como alguien que intenta evitar los enfrentamientos violentos entre policía y trabajadores en Gdansk, y como alguien que aún prioriza la supervivencia o manutención de la familia, y que se ve superado el miedo, por lo que accede, en los interrogatorios a los que es sometido por la policía, a firmar lo que preferiría no firmar, y convertirse en agente del estado. En una posterior secuencia, cuando es detenido por portar propaganda en el cochecito en el que pasea a uno de sus seis hijos, pregunta a una policía que se ofrece a amamantar a su bebé, 'por qué lleva ese uniforme' y ella contesta 'porque mi marido me abandonó dejándome con tres hijos'. Walesa se enfrenta a ese condicionamiento que tanto afecta y lastra a los trabajadores que no logran aliar fuerzas por sus miedos y por las obligaciones que implican la manutención de sus familias. Esa decisión determina que no deje de sufrir un despido tras otro, abocando a una inestabilidad familiar que convierte a la frase 'ya nos arreglaremos' en leitmotiv recurrente, para desesperación de la esposa, Donata (Agnieszka Grochowska).
Condensa con precisión lo que representa Donata para Walesa en la primera secuencia que transcurre en el pasado: nos lo presenta limpiando sus pies. Una de las mejores secuencias es aquella en la que Donata revienta, irritada, porque su casa se ha convertido en un espacio abarrotado de colaboradores que rodean al rey en su trono, Walesa, lo que la convierte en la figura invisible que suministra y atiende ya no sólo a su familia sino también a los compañeros revolucionarios de su esposo. La reacción de Walesa, considerada, recurriendo al humor, define con elocuencia su excepcional complicidad. Son detalles que evitan que la dramaturgía (obra del guionista, Janusz Glowaski, recomendado por Polanski) se precipite en los maniqueismos o trazos gruesos en los que en ocasiones incurrió Wajda en el pasado (La tierra de la gran promesa o El director de orquesta; incluso Cenizas y diamantes). Ese cuidado en el matiz se advierte en detalles como el reloj y el anillo que en diferentes momentos, a lo largo de los años, deja Walesa cuando teme que peligra su vida, o en cómo varía, con los años, su forma de conducirse en los interrogatorios a los que le somete la policía, o su contrariedad cuando cree que va a ser ayudado por unos campesinos,, cuando es de nuevo detenido, pero la gente le muestra su desprecio por la incierta situación que vive el país después de tomar el poder los militares, con Jaruzelki, y acrecentarse la presión soviética. Prima el matiz, y un sentido narrativo más dinámico que en obras precedentes ( a lo que también ayuda el uso de música de grupos de rock polaco), una fotografía que otorga relevante presencia a las penumbras. Al final Wajda no puede evitar recurrir a unas imágenes reales de Walesa como homenaje a un hombre de esperanza, incentivo ejemplar en unos tiempos, como los actuales, en los que parecen necesarias figuras como las de Walesa y Gritton. 'Jimmy's Hall' se estrenó hace unas semanas. Walesa. La esperanza de un pueblo' se estrena el 1 de enero.

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