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jueves, 22 de enero de 2015

La sal de la tierra

Sebastiao Salgado es otro poeta angélico que pudiera haber homenajeado Wim Wenders en los créditos finales de 'Cielo sobre Berlín' (1987), junto a sus admirados Tarkovski, Truffaut y Ozu. Ahora colaboran juntos, ahora sus dos miradas se conjugan en 'La sal de la tierra' (2014), con la colaboración del hijo de Sebastiao, Juliano Ribeiro Salgado, como codirector. Sebastiao es Cassiel cuando se precipita en la desesperación y desolación. Su mirada agoniza. Testigo en sus viajes de la ilimitada violencia de la que es capaz el ser humano, se siente caer en el vacío, en el abismo, como Cassiel en una de las secuencias de la película de Wenders, cuando fotografía el genocidio de la población tutsi en Ruanda en 1994. Aquellos doscientos cincuenta mil cuerpos consumidos en movimiento, durante meses y meses, entre fronteras, y que seguramente acabarían todos, eso supone Delgado, desapareciendo, masacrados, o consumidos por el hambre y el agotamiento. La mirada de Salgado se rinde, se abate, y desploma como ojos cerrados que ya no quieren mirar lo que duele demasiado, cuando considera que el ser humano no merece vivir por la crueldad que es capaz de generar. Pero Sebastiao se torna Cassiel cuando se reconstituye gracias a una iniciativa de su esposa Lelia, a quien se le ocurre, mediante la fundación del Instituto Terra, el proyecto de generar vida, repoblando con dos millones y medio de árboles la hacienda familiar en la selva amazónica. Y la mirada de Delgado renace y se propulsa en un proyecto fotográfico que denomina 'Génesis'. La mirada germina, el impulso de crear, de dotar de vida, de homenajear a la vida, a otras civilizaciones o formas de habitar y relacionarse con la naturaleza, como si fueran otras hojas, otros maderos, otro constituyente orgánico de un conjunto, a las otras criaturas animales (conjunción, no separación ni exclusión ni ajenidad ni explotación: cómo tres leones marinos se aproximan, y se colocan junto a él: conciliación), se expanden, superponen y crecen sobre la consciencia de condición destructora y devastadora del ser humano. Ambos pasajes, decepción e ilusión, mirada herida y mirada generadora, mirada desolada y mirada armónica, constituyen los dos últimos bloques de 'La sal de la tierra', y rima con aquel bello final funambulista de 'Cielo sobre Berlín'; la mirada, y las acciones, del ser humano, puede generar color, vida. Resulta posible la relación armónica con las sombras.
En este sentido es tan revulsiva como la extraordinaria obra del mismo título que rodó Herbert J Biberman en 1954. Aquella obra, calificada como 'blasfemia contra el capitalismo', representaba la sal de la tierra que mantiene el grito revolucionario, el que se enfrenta a todo abuso de poder y toda opresión, a través de un relato inspirado en una huelga de mineros de 1951. Su lúcida agudeza apuntaba que para liberarse de una esclavitud había que desprenderse de las opresiones que ejercen los mismos esclavos sobre otros. Los trabajadores mejicanos debían asumir que oprimían a sus mujeres con otra forma de esclavitud. En las imágenes iniciales de 'La sal de la tierra', de Wenders y Salgado, se condensa una metáfora sobre la naturaleza del ser humano, sobre la historia del ser humano, la repetición de la piedra de Sisifo, escaleras hacia el cielo que es abismo porque la mirada asciende con el brillo de la opulencia que quiere alcanzar para no ser una figura indefinida más en el agujero del mundo en el que se apelotonan buena parte de los seres humanos, excepto los privilegiados. En Sierra Pelada, en Brasil, un agujero, que evoca a Salgado, la construcción de las pirámides, la torre de Babel o las minas del rey Salomón, en el que cincuenta mil seres humanos buscan oro. Pero no son esclavos, buscan su oportunidad, quieren su trozo de cielo, y buscan la contraseña dorada. Se concentra toda la diversidad del ser humano, desde licenciados a obreros pasando por empleados. Todos esperan ascender en la vida, que se metaforiza en esas largas escaleras que tienen que ascender con los sacos. Cada uno tiene derecho a un saco, y los sacos pueden contener oro o no. Depende de su suerte. Ahí, en el interior del saco, es donde reside su esclavitud. Por eso, como apunta Salgado, el ser humano cuando busca oro, riqueza, no vuelve. Ahí es cuando el ser humano se extravía. Y la naturaleza se convierte en un espacio que explotar y los otros en competidores o peones funcionales.
Y las llamas así se alzarán hacia el cielo, como en los campos de petroleo que ordenó quemar Hussein tras la guerra del golfo, el objeto de disputa que provocó el enfrentamiento y el conflicto bélico. Ahí estaba el ojo de Salgado, también retratando a los animales que no habían podido fugarse de la catástrofe, embadurnados de la negra sustancia. Ahí es donde el ser humano no se eleva, ni genera, como los pájaros que no pueden mover sus alas al estar cubiertas de petróleo. Salgado retrató en diversas partes del mundo a la diversidad de trabajadores, retrato la construcción, su concreción, y la abstracción de la opresión que hace del cuerpo función. Salgado estudió economía, y un día, con la decisión cómplice y colaboradora de su esposa, decidió dedicarse a la fotografía. Una mirada que no dejó de considerar la economía, de retratar la trama económica que nutre y desfigura el mundo. Una mirada firme y determinada, como la de aquel niño con una camisa rasgada acompañado de un esquelético perro, que observaba, con la mirada de quien sabe lo que quiere, el horizonte del desierto. Un espacio para cruzar y superar y conocer lo que hay más allá y seguir generando. Una mirada que abrió en canal el mundo para mostrar sus entrañas, su concreción y diversidad, el blanco y negro de la espesura de lo real, donde la mirada se desplaza elástica como una estrofa poética, como la capacidad de observación de Cassiel y Daimiel. Los pequeños gestos y detalles resplandecen en su singularidad como un universo. Y la mirada se hace música, composición celebrativa de los insólitos ángulos y las sorprendentes perspectivas y arquitecturas de las que se componen la naturaleza y los rostros, y fluye, como la narración se despliega con la exquisita música de Laurent Petitgand, quien también componía los temas musicales circenses de 'Cielo sobre Berlín'. Al fin y al cabo, Salgado alumbra y asombra con su lúcida mirada trapecista.

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