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sábado, 10 de enero de 2015

Corazones de acero

Furia es la traducción del título original de 'Corazones de acero' (Fury, 2014), de David Ayer. Furia es el nombre del tanque protagonista. Y como bien se puede suponer no carece de su carga simbólica. Aún más evidente si se considera que el guión recurre a la convención del recién llegado, Norman (Logan Lerman), el inexperto e ignorante, a la vez, de las rutinas y funciones dentro de un tanque, como de lo que es y supone un campo de batalla, lo que es e implica la guerra. Es el elemento anómalo, ya que su preparación no estaba orientada para que ejerciera de tirador en un tanque sino para teclear una maquina de escribir como secretario. Norman representa, en este relato de iniciación en el que la dirección la encauza la furia, la mediación para el espectador, el contraste con unos personajes ya no curtidos sino quemados, y por tanto acorazados, los cuatro supervivientes de la tripulación, el jefe de carro, el sargento Collier (Brad Pitt), el conductor, Trini (Michael Peña), el cañonero Swan (Shia Le Bouf) y el cargador Travis (Jon Bernthal), que ya han sobrevivido a los frentes de Africa, Francia y Bélgica, y ahora se internan en el corazón del enemigo, en la propia Alemania. Representan, en este sentido, la perseverancia que no cede al desaliento y sabe cómo sobrevivir. Collier, sobre todo, parece la encarnación del profesional de la guerra, el que sabe sobreponerse a sus propios temblores y miedos y aparentar la necesaria determinación y resolver cualquier situación de riesgo con la necesaria claridad de mente. Pero sabe que puede ser falible, reflejado en la secuencia de apertura, por lo que remarca, por frustración acumulada, la dureza, o insensibilidad, que es necesaria para sobrevivir. En ese sentido, Norman, es el elemento disonante, por cuanto nunca ha matado ni tiene inclinaciones a realizar tal acción. Lo que acentúa la condición de iniciación del relato y por qué su dirección la marca la furia. Norman es el que tiene que aprender, y a través suyo se supone que el espectador, condensando en la frase de Collier: 'El ideal es pacífico, la historia es violencia'.
Norman es quien aprenderá lo que es la guerra en primer plano, el lado más descarnado, el destrozo de los cuerpos, la brutalidad inclemente, y la muerte súbita e imprevista. No puedes vacilar como no puedes tomar una decisión errónea porque hay otras vidas que dependen de ti. Te puedes sentir atraído por una chica, querer intercambiar direcciones para mantener el contacto, pero quizá unos minutos después una bomba destruya la casa donde vivía. El título en castellano puede hacer creer que el aprendizaje es el de curtirse de tal modo que no sientas nada, que no crees lazo alguno con nadie para no sufrir y así sobrevivir, del mismo modo que el enemigo no es alguien como tú, no importa si tiene familia o qué siente, hay que eliminarle sí o sí. Esa será la primera lección sobre la que le instruirá Collier al aprendiz de brujo de la guerra, Norman. Implacable, le obliga a aprender lo que es matar a otro sin vacilación ni mínima piedad. Norman colisionará con esa brutalidad, el disfrute de sus compañeros con el sufrimiento de sus enemigos, una coraza con la que intentan proteger su desamparo y miedo (como refleja en un aparte el propio sargento en las secuencias iniciales). Saben que están en un escenario en el que hay que adaptarse a una forma de actuar, y eso implica perder cualquier sentido de la empatía. El enemigo es un uniforme que puede mutilarte o carbonizarte.
El trayecto narrativo durante los dos primeros tercios abre varias sendas o direcciones. No deja de ser cruda en el reflejo más concreto, físico, de la guerra, su suciedad, su aspereza, algo que se palpa en la espléndida ambientación. No deja de ofrecer desvíos que son pausas y a la vez espacio para perfilar a los personajes, o comprenderlos desde otros ángulos, como la notable larga secuencia en la casa de las dos mujeres alemanas, en la que se evidencian de modo más notorio las tensiones acumuladas y las contradicciones o paradojas de los personajes. Durante estos dos primeros tercios, Ayer resulta más efectivo que en sus anteriores obras, en la que remarcaba en exceso la sordidez, la turbiedad y la fealdad, acentuado por el tratamiento digital de la imagen, con aliento guerrillero pero reiterativo, en las nada inspiradas 'Sin tregua' (2012) y 'Sabotaje' (2014). En cambio pecaba de excesiva pulcritud en 'Dueños de la calle' (2008), apreciable aproximación al universo de James Ellroy, como no carecía de cierto interés su irregular opera prima ' Vidas al límite (Harsh times)' (2005). Lástima que en su último tercio, cuando perfila el trayecto, y da cuerpo a lo bosquejado, opte por la vía más vulgar o menos interesante, como hacían temer las previas alusiones a la biblia a través de los personajes de los creyentes Swan y Norman. Se deslucen en cierta media los logros previos, dejando un regusto de insatisfacción, porque la linea de puntos que acaba por perfilarse no completa la sugerente figura que prometía. Por eso, queda lejos de los logros de William Wellman en 'También somos seres humanos' (1945) y 'Fuego en la nieve' (1949) o Samuel Fuller en 'A bayoneta calada' (1951), 'Invasión en Birmania' (1961) o 'Uno rojo: División de choque' (1980).
Convierte a los cinco personajes en enviados divinos que se enfrentan contra todo un batallón alemán, porque, como apunta Collier, no pueden huir, el tanque es su hogar, y él no ha tenido mejor trabajo. Tanque-hogar-patria-Dios. En la dilatada secuencia final estira la cuerda de lo verosimil en una hipérbole que busca acentuar la condición heroica de un sacrificio frente a las huestes del mal, los nazis, aquellos que no tienen piedad alguna y ahorcan a los compatriotas que no les apoyan, incluido niños. Afortunadamente, no llega a los extremos maníqueos de la indigesta 'Salvar al soldado Ryan' (1998), y no incurre en el mismo grado de demonización del enemigo y sublimación del via crucis sacrificial de los soldados de Dios estadounidenses, gracias a un detalle que abre el reconocimiento del otro, con la mirada final entre un alemán y un estadounidense. Claro que, desgraciadamente, el plano cenital último remarca el cuantioso número de cadáveres de soldados alemanes alrededor del tanque resistente protagonista. La furia de la indignación se suma al espíritu irreductible de la obra de la pareja de Pitt, Angelina Jolie, la insulsa 'Invencible' (2014), que también transcurre en la segunda guerra mundial. En ambas se remarca la condición de patriotas que cuentan con el apoyo de la condición divina, porque al fin y al cabo, están en posesión de la verdad y de la justicia, frente a los depravados nazis o japoneses. No por reconocer ciertos notables méritos narrativos en la obra de Ayer hay que ser elástico con cierta nociva tendenciosidad en ambas obras. Al fin y al cabo, el joven protagonista remiso a matar a sangre fría a un enemigo acaba acribillando a soldados alemanes mientras grita 'putos nazis'. Cualquiera puede sentirse un cruzado y sentirse en posesión de la verdad y la justicia y acribillar al monstruoso enemigo. Eso ya no es realismo, es una dirección que nos indican: la furia.

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