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martes, 27 de enero de 2015

Blackhat

Hathaway (Chris Hemsworth) está recluido en prisión por cometer delitos informáticos. Su propósito era el del clásico fuera de la ley que sólo robaba a los ricos, en este caso, a los bancos. Hathaway no se lleva bien con el sistema del que forma parte, o no está muy interesado en formar parte. Prefiere aislarse. Aislarse implica negación, y genera monstruos, los monstruos del resentimiento y la impotencia. Hathaway nos es presentado en su celda, aislado en la lectura de un libro y la música que escucha a través de sus cascos. Es la realidad propia que ha configurado, ya ajeno a lo que hay alrededor, afuera. Ha sido su voz amordazada, y opta por replegarse. La vida en prisión no parece muy relajada: varios guardianes entran en su celda, bien provistos de cascos y chalecos protectores, para realizar un registro. Quizá habita una sociedad demasiado controladora. Quizá ese afuera del que pretende aislarse no se lo permite. De algún modo tienes que reaccionar. Por eso, irónicamente, será requerido para conseguir capturar a un hacker de intenciones inciertas, pero de entrada, más destructivas e interesadas. Por eso se le califica de 'Black hat', porque vulnera el sistema por el placer de desestabilizar o buscar su propio beneficio. No deja de ser el reflejo siniestro, el doble o turbio fantasma de Hathaway: si no se puede modificar la realidad, mejorar el sistema, intentar que esté más compensado y equilibrado, destrúyelo, somételo al terror de la permanente incertidumbre. En este paisaje de control y vulnerabilidad, asoma una vez más el fantasma de los atentados del 11 de septiembre, una herida aún sin cicatriz que abríó en canal la vulnerabilidad, la incertidumbre sobre una constante amenaza que por otro lado ha sido instrumentalizada para establecer una sutil prisión no manifiesta a través de la exacerbación del control social. 'Blackhat' (2014), de Michael Mann se inicia con una serie de movimientos sinuosos en el interior de la red, de ese universo virtual, que domina el espacio visible de la realidad, y que amplifica la vulnerabilidad por propiciar y nutrir la visión ajena, virtualizadora, del Otro y de la realidad. Quien domine ese espacio puede provocar efectos destructivos en espacios distantes. El espacio de la realidad es el de un juego en donde la geografía física es una alambicada red de circuitos. La distancia sobre el otro, la ajenidad se intensifica y acrecienta.
En este mapa geopolítico de pulsos de poderes que se va perfilando, la película se hace eco del paulatino avance de una sociedad como China que, sutilmente, se ha ido extendiendo por el mundo occidental, manteniendo su aislamiento (su presencia social es ante todo económica: los negocios que regentan), absorbiendo las pautas del tejido económico capitalista (el reguero radial de estudiantes). La investigación policial en 'Blackhat' convoca la alianza entre agencias gubernamentales chinas y estadounidense, entre Chen (Leehom Dawai) y Barrett (Viola Davis), una alianza sostenida sobre la desconfianza (sobre las limitaciones de accesos a información) y las concesiones y presiones estratégicas. Entre esta serie de fantasmas de fondo, los colectivos (la vulnerabilidad social) y los individuales (la oposición al sistema con o sin escrúpulos, sublevada o depredadora), Mann orquesta otra de sus cautivadoras narraciones sensoriales. En Mann, como en Nolan o Fincher, la música se engarza con el montaje como si compartieran la misma piel. Sus narraciones fluyen. En el cine de Mann, las acciones concretan, condensan. Hathaway contempla en el aeropuerto el espacio amplio; la cámara encuadra su nuca, y en profundidad de campo, el horizonte, que contrasta con el enclaustramiento que ha vivido. En una secuencia posterior, en un restaurante, la cámara encuadra su nuca, de modo parcial, primero en su lado derecho y después el izquierdo, mientras mira hacia atrás, y advierte en la segunda ojeada que hay una cámara que les ha estado encuadrando a él y Chei (Wei Tang), hermana de Chen e ingeniera informática. Libertad, incertidumbre y control, vigilancia. Mann matiza a través de su planificación impresionista cómo se gesta, y consolida, la atracción entre Hathaway y Chei, O puntúa ciertas secuencias con fugaces ralentíes como notas musicales que empapan la narración de una sutil extrañeza.
En el cine de Mann han brillado particularmente las secuencias de enfrentamientos violentos, en particular en 'Heat' (1995) y en 'Collateral' (2004), cuya secuencia en la discoteca podría encabezar cualquier antología de secuencias de este tipo. Tras una secuencia de tiroteo que transcurre en un túnel y entre contendedores, como la que clausura 'Heat', Mann orquesta una secuencia magistral, detonada por la explosión de un coche, en la que logra conjugar y singularizar, dotar de poderosa densidad e intensidad dramática, como quizá sólo haya logrado Sam Peckinpah, varías líneas dramáticas que implican a varios personajes: la muerte imprevista que irrumpe desde el fuera de campo, despedidas que no serán ya provisionales, a qué mira uno antes de morir, el último gesto de destreza profesional. Una pieza maestra dentro de una narración que fluye con esa exquisita cualidad liquida que dota Mann a su cine, y que también adquiere la resonancia de una liberación. No deja de estar presente, aún filtrada por la distante circunspección del cine de Jean Pierre Melville, la poesía desesperada de Peckinpah, casi con tintes suicidas, en el último enfrentamiento durante un desfile. En 'Blackhat' palpita una estimulante simpatía por el forajido, no aquel que emula al sistema legal con otros procedimientos, sino el que se enfrenta, aquel que siempre prefiere los márgenes.

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