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domingo, 11 de enero de 2015

Finding Vivian Maier

¿Quién era esa anciana con sombrero grande que se sentaba en el mismo banco cada día? Hay figuras en nuestra vida que son parte del decorado, figuras sobre las que quizá nunca nos preguntamos, o quizá sí, aunque nunca nos atreviéramos a cruzar ese umbral en el hubiéramos tenido una idea más precisa de cómo era. O puede que no nos interesara. Si enfocamos más cerca aún, y pensamos en figuras que ocupaban, ya no en plano general, sino en plano medio, nuestra vida, o un periodo de nuestra vida, de modo recurrente: ¿Cómo era realmente aquella niñera que nos cuidó durante varios años más allá de la función que ejercía y cómo nos trataba? Figuras, funciones, y ya en primer plano el rostro, el perfil preciso, enfocado. El magnífico documental 'Finding Vivian Maier' (2013), de John Maloof y Charlie Siskel, parte de un objeto para llegar a un sujeto, como una intriga que indaga en los residuos en la escena de un crimen para averiguar quién lo perpetró. Parte de la huella de una pasión que definía una vida pero permanecía no visible, los miles de negativos de fotos nunca publicadas, a la singular mirada de la desconocida, y excepcional, fotógrafa Vivian Maier (1926-2009). John Maloof descubrió esos negativos en una subasta cuando buscaba material fotográfico sobre Chicago para realizar un trabajo. El material no encajaba, pero quedó fascinado por aquellos cientos de miles de fotografías, y se esforzó, por un lado, en promocionar entre galerías e instituciones, o en la red virtual, el arte de esta mujer que no parecía haberse esforzado en dar a conocer su obra, y por otro, en averiguar quién era esta mujer, cuál era su mirada, de dónde había surgido, qué vida había llevado esa mujer cuyo nombre no aparecía en el rastreo de los buscadores de internet a no ser en relación con su muerte. Y descubrió que esa mujer, en los márgenes de lo anónimo, que tantas veces se autorretrató en reflejos de escaparates, fue toda su vida una niñera, una mujer que cuidaba a otros, una mujer que servía a otros. Una figura para los demás, un reflejo, que quizá también ejercía de pantalla protectora de su esquiva propia interioridad, de su mirada propia. Una mujer que muchos pensaban que era extranjera, quizá francesa o austríaca (desde luego, su mirada era 'extranjera', como si mirara desde un ángulo que sobrepasara los cristales empañados de la mirada encostrada en los hábitos y rituales cotidianos).
Maloof averigua que había nacido en Nueva York pero que tenía raíces francesas por parte materna, y se desplaza hacia esas raíces, al pequeño pueblo, con sólo doscientos habitantes, bajo los Alpes, al que Vivian viajó en dos ocasiones, también dejando huella de su mirada con sus fabulosos retratos. Un minúsculo pueblo en el mapa relacionado con una minúscula figura en la vida de otros que nunca supieron de su singularidad, de su soberano talento fotográfico, aunque algunos supieran de lo que meramente consideraban cierta afición. El documental explora esa figura anónima, minúscula, confundida con el decorado, pero también elusiva, para encontrar la raíz de su singularidad, entre difusos detalles, como su desprecio hacia los hombres, en el que se puede entrever experiencias pretéritas poco gratas, diferencias de perspectivas que quizá eran complementarias, ya que hay quien dice que sus fotografías eran más bien capturas al vuelo de una mirada al acecho y quien dice que irrumpía en la vida de los transeúntes para pedirles que posaran. En su obra se percibe una asombrosa capacidad de observación, una mirada atenta capaz de percibir y singularizar un detalle, un gesto, la relación de una figura con su entorno del que parece emanación. Parecía tener una capacidad única de no sólo saber mirar de frente con una mirada penetrante, reveladora, sino de conseguir que las miradas ajenas se expusieran, que mantuvieran su propia mirada en una singular coreografía de reconocimiento y extrañeza.
Se percibe, como apunta la excelente fotógrafa Mary Ellen Mark, una admirable y compasiva capacidad para retratar la desolación o el dolor, y también cierto vivaz humor, como la sombra de su busto sobre el culo de alguien que posa para ella. Y eso contrasta con los relatos de algunas de las niñas que cuidó, las cuáles apuntan ciertos detalles que hablan de una mujer que podía ser en ocasiones un tanto cruel, o desconcertante, al llevar a una de las niñas a un matadero de ovejas y vacas, y desde luego, siempre una mujer que en todo momento parecía guardar bien abrochado su mundo interior, lo que sentía o pensaba, una mujer obsesiva que podía llegar a guardar miles de periódicos para algún día recortar los artículos que le interesaban, casi siempre de carácter grotesco o brutal, los que reflejaban el aspecto más siniestro y turbio del ser humano. Una mujer, eso sí, que parecía llevar la vida que quería, la vida que había elegido, que le eximía de responsabilidades. Una mujer que parecía vivir la vida de otros, y no la propia, pero quizá fuera alguien que ejerció su mirada de observadora desde el refugio que le ofrecían otros. Sin saberlo quizá también la estaban cuidando como ella hacía con sus hijos. No parecía sentirse muy cómoda en el mundo, ni con los otros congéneres, una especie de la que no parecía fiarse mucho. Mirada en tránsito, también fue una figura en tránsito entre diversos hogares. Una mirada sin hogar propio que fue capaz de retratar la diversidad humana como pocas miradas han logrado.

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