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martes, 4 de noviembre de 2014

Ultimatum

Un año antes de que Klaatu llegara a la tierra como embajador de una confederación extraterrestre, en 'Ultimatum a la tierra' (1951), de Robert Wise, para recomendar a los terráqueos de que dejaran de ser tan proclives a la destrucción, porque si seguían por ese sendero tan poco amante de la armonía serían convertidos en una nube de polvo interestelar, un científico británico ya había planteado otro ultimatum. Si no cejaban en su empeño de crear armas de destrucción, cada vez más masivas, él explosionaría una en cuyo diseño había colaborado, en el plazo de siete días, en irónica referencia a los siete días en que, según cierta religión, Dios creó el mundo. Al séptimo día él no descansaría, sino que destruiría buena parte de Londres. Precisamente, 'En siete días al mediodia' es el título original de la estupenda producción británica 'Ultimatum' (Seven days to noon, 1950), de los hermanos Roy y John Boulting. John había realizado tres años la excelente adaptación de una novela de Graham Green, 'Brighton rock' (1947), y esta no sólo desmerece, sino que resulta modélica en su medida elaboración de una tensa narración que progresa implacable. Parece narrada al compás. Es el único guión en que colaboró el compositor James Bernard, y parece como si la sutil modulación de esa crispación narrativa fuera un antecedente de las características composiciones febriles que compuso para las producciones de terror de la Hammer. De hecho, una observación del otro guionista, y pareja, Paul Dehn (adaptador una década después de dos obras de John Le Carré, 'El espia que surgió del frío', 1965, de Martin Ritt y 'Llamada para el muerto', 1967, de Sidney Lumet), fue la que le inspiró para la composición del tema principal de 'Dracula' (1958).
La narración de 'Ultimatum' asemeja al avance del temporizador de una bomba, y su detonador se activa de modo admirable en la incertidumbre que domina la narración en el primer cuarto de hora, acompasada a la preocupada y meditabunda expresión de André Morell, que interpreta al inspector Folland de los servicios especiales de Scotland Yard. En su expresión se puede percibir cómo en su mente se va perfilando una alarma, esa que se ha gestado en su intuición de que una de las cartas que reciben no es la del habitual trastornado sino que hay base para pensar que puede contener una amenaza real, y de gran magnitud. Durante estos minutos, en los que indaga sobre la personalidad del profesor Willingdon (Barry Jones, quien será patriarca de la familia Rostov en 'Guerra y paz', 1956, de King Vidor), domina la incertidumbre de si su desaparición implica que es víctima de algún secuestro o es él la amenaza que, efectivamente, ha expresado en la carta enviada al primer ministro. Folland toma prontamente consciencia de que en el interior de Folland se ha producido una explosión, una quiebra.
Willingdon es alguien que siente que su trabajo, su creatividad, se utiliza para fines perniciosos. Y además, desespera porque, como discutirá con un hombre en un pub, no comparte esa cínica actitud extendida de que no hay nada que hacer porque es inevitable la tendencia humana a la confrontación y la contienda, la guerra y la destrucción. Willingdon se siente un cruzado divino (sus visitas a la iglesia, orando ante un Dios mudo) que opta por la amenaza de un castigo ejemplar de cariz extremo. La narración alternará los intentos de Willingdon de buscar un lugar donde le acojan, y pueda esconderse, durante esos días, confiado en que el primer ministro entrará en razón, la organización del traslado de los habitantes de la amplia zona de Londres que se calcula se verá afectada por la explosión, y el rastreo, en busca de Willingdon, que se realiza en una desértica Londres, tan o más inquietante su vacío y su silencio, sólo roto por los maullidos y ladridos de los animales que han sido dejado atrás, que en las secuencias iniciales de la posterior '28 días después' (2003), de Danny Boyle. La narración es un proyectil que culmina su arrollador trayecto en la agónica sinfonía de primer planos de quienes contemplan cómo se intenta desactivar la bomba segundos antes de que explote al mediodía del séptimo día. Se puede intuir cuál es el escenario en que tiene lugar.

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