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domingo, 2 de noviembre de 2014

Kasaba

Una tortuga panza arriba. La mejor manera de conseguir que una tortuga muera es ponerla sobre su caparazón. Pataleará impotente. Si eres inconsciente, así harás con la vida, con los demás. Quizás en cierto modo así te sientas tú mismo, sientes que la vida te ha puesto sorbe tu caparazón y pataleas desesperado. Sientes que has desperdiciado tu vida, que el entorno en que has crecido se ha convertido en espesura y maraña y cautiverio. Hay un camino que no dejas de mirar, porque es tu anhelo de huida. Deseas huir de esa tela de araña en que se ha convertido tu pueblo. Tu sobrino pequeño aún no sabe lo que es la vida, por eso, inconsciente, pone la tortuga sobre su caparazón, porque aún no sabe de padecimientos, menos de los ajenos. La vida es aún un juego, una pluma que danza en el aire. Aún eres una sombra que se perfila. Su hermano mayor retornó de la ciudad al pueblo, como quien vuelve a su trampa. Alguien que se había preparado para otro tipo de vida, para tareas intelectuales que no tienen que ver con las que constituyen las el mundo rural. Como si fuera una renuncia, la asunción de un fracaso. Tu sensación es que estás en medio que es en ninguna parte. Entre los tiovivos, que aún vuelan sobre tu cabeza, y un horizonte impreciso, recodos inciertos del camino. El título de esta extraordinaria opera prima de Nuri Bilge Ceylan, 'Kasaba' (1997), significa 'El pueblo'. Emin Toprak, el actor que interpreta a este personaje, encarnará en 'Lejano' (2002), al pariente que viene del pueblo, esa irrupción molesta para su pariente.
Ver, por tanto,'Kasaba' después de 'Lejano', la primera obra estrenada entre nosotros de Bilge Ceylan, supone realizar un revelador flashback, aunque no sean uno y otro el mismo personaje. En el principio, el pueblo. En el principio, la mirada de las niños, y la mirada disconforme. Porque en la sorprendente primera media hora de 'Kasaba' la narrativa fluye a la deriva, descentrada, como si sus nexos estuvieran desgajados, pero a la vez como si comenzarán a hilvanarse. Un tapiz impresionista que invita a la inmersión. La narración alterna la perspectiva del personaje de Toprak, y de sus dos sobrinos. Entre la escuela, la feria y el bosque. Los personajes se desplazan, deambulan, erran, miran. Miradas de asombro, interrogantes, miradas cansadas, emborronadas.
El pueblo, la naturaleza, la feria, adquieren condiciones de personajes, su entidad material, física, también respira, como un decorado orgánico que se desplegará y configurara también. Una realidad que se mira por primera vez, y una realidad que se siente como constante, como peso, como erosión del tiempo,como repetición de unos mismos rituales que ya no se sienten como singularidad sino como asfixia. Se celebran unas festividades, y la familia se congrega ante el fuego, en plena naturaleza, entre los árboles, y los tiempos se enredan y conjugan, lo que fueron e hicieron, lo que no lograron hacer, los anhelos y las frustraciones, y las interrogantes como brasas que salieran despedida del mismo fuego. Las perspectivas,o los relatos sobre sí mismos, a veces colisionan. Y la muerte sobrevuela, la muerte del padre de los niños, del que ya no logró ser, el que ya no tendrá que narrar su pasado, o sus lamentos, o especular sobre su futuro, sobre sus anhelos. Quien ya no se podrá sentir tortuga panza arriba. O quien ya no intentará olvidar que es un tortuga panza arriba.

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