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sábado, 8 de noviembre de 2014

Orígenes

Hay trayectos que son más sugerentes que su conclusión. Las preguntas abren ángulos, las respuestas enfocan en una dirección. No quiere decir que la conclusión de 'Orígenes' (I origins, 2014), de Mike Cahill, se empantane en la mirada que reduce su campo de visión. Abre brecha con la posibilidad en la presunción de toda mirada concluyente. Aunque en la interrogante vibre la fe en una respuesta. Como en su anterior obra 'Otra tierra' (2011), se edifica sobre la duplicación, sobre la dualidad. A través de la mirada de un científico, Ian (Michael Pitt), que estudia la evolución del ojo en la naturaleza, los diez estadios diferentes de desarrollo, se pone en cuestión la mirada que quizá se cierra cuando cree que se está abriendo más de lo que suele ser habitual (de la convención, o de la norma). La mirada es el centro de la reflexión, y el diapasón de la narración, que empapa la percepción como hace el agua cuando nos restregamos el rostro por primera vez tras despertar. En una secuencia, quizás una de las más hermosas vistas durante este año, Ian pierde paso, a la vez que lo encuentra, en su percepción de la vida, aunque la interrogante la deje como un fleco suelto que no le interesa explorar como dirección (como la percepción ya predeterminada que no quiere ver la sombra en su mirada fija). A través de una concatenación de signos intrigantes, en los que aprecia, o más bien siente, una secuencia, un sentido, en forma de rapto, se deja llevar por la circulación, por el fluir de la realidad (no hay intencionalidad ni propósito ni deducción lógica; no es el yo el que guíe, aunque más que dejarse guiar por el enigmático pero atrayente flujo de lo real, fluye una interconexión entre el yo, la mirada, y la secuencia de signos). Ese trayecto le lleva hacia un signo que remite a lo que él busca desde hace varias noches. En una valla publicitaria descubre los ojos de la chica, Sofi (Astrid Berges-Frisbey), la chica (con el rostro oculto, menos sus ojos) con la que había conectado de modo inmediato, como si una fuerza de atracción les dominara, en una fiesta de disfraces, y que había desaparecido sin darle posibilidad de comunicación, es decir, sin dirección.
El movimiento de cámara envolvente, que es inversión, pues se realiza desde su rostro a su espalda, para distinguir lo que mira asombrado, encuentra su réplica, su duplicación, en uno parecido en las secuencias finales, y que completa un trayecto que vulnerará de modo definitivo su concepción de la realidad, su mirada fija, su negación de una realidad trascedente, más allá de los límites de nuestra percepción, de lo que se puede probar según lo aceptado, en la perspectiva científica, como prueba. Lo visible se ve desestabilizado por lo invisible. En su trabajo, quiere encontrar el estadio cero, y demostrar que de la nada, de lo inexistente, se puede suministrar visión. Ian cuestiona de modo visceral la concepción creacionista, y la perspectiva, o creencia para él, de Sofi sobre la existencia un universo espiritual. Sofi equipara la mirada de estadio cero, que desconoce que exista la luz, porque su organismo no está dotado de la función visual, a la del ser humano que niega la existencia del alma o de Dios. A lo que Ian considera discernimiento, Sofi lo califica como limitación. En el título original se remarca el yo (I). Ian se puede equiparar fonéticamente al yo soy (I am). Más que en el territorio de debate, que puede enturbiarse, o emborronarse, con reductoras resonancias religiosas (Dios, la reencarnación...el misterio, o la transcendencia, tiene nombre), Cahill hace cuerpo, a través de su narración sensorial, atmosférica (él mismo es el responsable del montaje), de la inestabilidad que propicia la interrogante sobre la mirada, sobre la percepción. En la citada secuencia en la que Ian se deja llevar por el flujo de lo imprevisible que parece poseer un hilo invisible, se aposenta unos sedimentos que son fructíferas arenas movedizas.
La realidad está tejida sobre lo incierto, y hay límites que resulta necesario evidenciar, afrontar, y por tanto, transgredir, cuestionar, de alguna manera. Lo incierto es una quemadura que se intenta contrarrestar con vendas de certezas que instituyen una noción de la realidad con límites fijos. La secuencia de acontecimientos que posibilitan el reencuentro con Sofi sugiere que las direcciones son imprevisibles, y que quizá hay un hilo invisible que establece las sinapsis, las conexiones, de lo real. Lo real es relacional, apuntaba Hegel, pero hay un territorio desconocido, enigmático aún, en la configuración de la realidad, en el montaje que relaciona personas y sucesos. Hay una desconcertante trama en lo difuso. Ian desprecia como infantil la perspectiva de Sofi, calificándola como 'mágica', aunque los pasos que le hayan llevado a ella, la creación y consolidación de una relación, no dejen de ser enigmáticos. Y eso revela en la perspectiva de Ian un atasco que no quiere considerar, como quien niega la posibilidad de una trama invisible, inadvertida, en lo que más bien califica de azar o aleatoriedad, y así nunca ascenderá de nivel, permanecerá a ras de suelo (y en un ascensor que queda atascado se produce el principal requiebro en la narración, en la vida de Ian). Otra cuestión es que eso que se califica de mágico, se asocie con la noción de lo trascendente con cariz religioso. En la búsqueda de duplicaciones, o de encontrar su prueba, la incógnita o lo insólito adquieren una dimensión teleológica, que conducen, o restringen, lo incierto a direcciones con peaje en nociones familiares de lo sobrenatural.
En esa paradoja logra sostenerse 'Orígenes'. Su trayecto parece que va cerrando ángulos, pero en su proceso ha logrado abrirlos. Como en su visión de las relaciones sentimentales, a través de la vivencia subjetiva de Ian, siembra interrogantes sobre la naturaleza de las conexiones, y sobra la raíz de las decisiones, sobre cómo se percibe al otro, y lo que condiciona y transforma la mirada del otro. Quizás el olvido de la experiencia que ha transfigurado, o de la persona, de la mirada, que ha dotado de cuerpo a la noción de la excepcionalidad en tu vida, a la vez que de luz en la oscura fijeza de tu mirada, no sea sino un repliegue en unos límites confortadores, pero no singulares sino entumecidos (como quien pretende cauterizar una quemadura con la anestesia), en los que vives sin luz porque prefieres olvidar que has vivido plenamente esa luz con la enigmática piel de una conexión excepcional que se suele calificar como amor. Y ahí es donde 'Orígenes' asciende, como una interrogante que se suspende sobre una revelación. Y parpadeas. Se estrena el 14 de noviembre. PD: Hay secuencia tras los títulos de crédito.

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