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sábado, 15 de noviembre de 2014

El tiempo de los amantes

Alix (Emmanuelle Devos) irrumpe en el escenario, pero no escuchamos su frase. La secuencia se interrumpe. Entran los títulos de crédito de 'El tiempo de los amantes' (Le temps de l'aventure, 2013), de Jerome Bonnell. Durante casi toda la secuencia introductoria la cámara ha seguido la espalda de Alix entre bambalinas a la espera del momento en que tiene que entrar en escena. Durante el desarrollo del relato, Alix irrumpe en otros escenarios, irrumpe en el propio, aunque parece que aún no logra definir cuáles son sus frases emocionales. Quizá aún va de espaldas hasta para sí misma. Es un cuerpo que parece la bola de un pinball. Se desplaza, pero parece que la guían sacudidas, vacilaciones. Su mirada se cruza con la de un hombre en el tren, Doug (Gabriel Byrne). Parece una dirección. Hay otras en su vida, la voz en el teléfono, Antonine, su pareja desde hace ocho años. La comunicación parece interrumpida porque no logra localizarle, además pierde su cargador, y tiene que hacer uso de cabinas u otros teléfonos. Alix parece desasistida, indecisa. Realiza gestos que parecen salirse del repertorio. Improvisa. Se lanza a la aventura, como indica el título original, 'los tiempos de la aventura'. No coge un metro que esperaba, se queda detenida antes las puertas que se cierran. Y opta por presentarse en la iglesia que sabía que buscaba Doug. Aunque aún es alguien sin nombre. De hecho, lo será durante casi todo el relato. Aunque sus cuerpos lleguen a conocerse, aunque sus emociones parece que se vean sacudidas en sus cimientos, en sus entrañas. Alix no contaba con que asistiera a un funeral. La realidad contraría, los otros irrumpen e interfieren. Cuando Doug le está pidiendo en el tren orientación para llegar a la iglesia, interviene otro pasajero que le proporciona unas más precisas indicaciones, y el gentío les separa. Cuando llega al funeral no deja de interferir, interrumpir, otro de los asistentes.
Y ella irrumpe en la vida de Doug, como el oleaje que desata una tormenta, aunque sonría. Alix va y viene, o está con él y vuelve, como si la rigiera el movimiento de las mareas, y la marea le apartara y la lanzara a otras orillas, del mismo modo que deja su carnet de identidad en un bar en el que no confían que vuelva para pagar lo que debe. Y sigue llamando a Antoine, Incomunicada y a la vez entablando una comunicación que rompe moldes. Improvisa pero parece que no logra desprenderse de esa indecisión y sensación de provisionalidad que domina su vida, una actriz que parece secundaria en en escenario y en la vida, y que se encuentra, y tarda en revelarlo, ante un giro de un guión en su vida que la hace tambalearse, dudar, ir de aquí para allá como una bola de pinball, irrumpir en un escenario que aún no sabe cómo está perfilado o definido, o cuál quiere que sea el que se perfile o define. Dos hombres, dos direcciones, una nueva vida en sus entrañas que le hace preguntarse de qué es capaz, si puede ser responsable de otra vida sin con la suya no sabe aún encontrar una dirección que no parezca que siempre va en zigzag, o de modo errático, porque aún se siente una niña que espera una guía en la niebla. En Doug parece que encontrara aparte de un amante, un padre, un profesor que pudiera instruirla. Pero cuando las decisiones implican de verdad dar un salto las dudas y los miedos irrumpen e interfieren. Se toma una dirección, pero se deja abierta la posibilidad a la otra. Quizá la realidad irrumpa y sepa decidir por ella, perfilar el escenario. Esta sugerente obra se estrena el próximo viernes 21 de noviembre.

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