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viernes, 14 de noviembre de 2014

Nunca es demasiado tarde

John May (Eddie Marsan) mira a un lado y otro antes de cruzar la calle, aunque el semáforo esté en verde. John May recoge las migas del bollo que come, y las introduce en el café que está tomando. John May es una persona cuidadosa, ordenada, metódica y atenta. En sus actos, parece que siempre tiene en consideración a los otros y al mundo. John May es un funcionario del ayuntamiento que consigna las pertenencias de los fallecidos que llevaban una vida tan solitaria que a veces sus cadáveres tardan en descubrirse. Alguien advierte que el gato de aquella vecina que no ve hace tiempo abandona la casa, otro percibe que la casa de su vecino emana cierto olor sospechoso. John May escribe sus semblanzas, y elige la música que acompaña sus funerales, en los que siempre es la única persona presente. También busca a sus familiares. En algunos casos, los encuentra, pero no parecen preocuparse demasiado, o prefieren no involucrarse con un pasado con el que ya no sienten lazo alguno. La traducción del título original de la delicadamente triste, aunque sonría como una galleta untada en el café, 'Nunca es demasiado tarde' (Still life, 2013), opera prima del hasta ahora productor, por ejemplo de 'Full monty' (1997), Uberto Pasolini, es 'Naturaleza muerta'. Así parece la vida de John May. Una vida solitaria, sin amigos, dedicada al trabajo, y a las acciones rituales. A veces, detenido en la calle, parece una estatua. Con alguna, de hecho, se cruza, y remeda, de modo involuntario, sus gestos, o la observa con curiosidad, como si se encontrara con un pariente, o una réplica. Las mismas calles parecen, en general, deshabitadas, como si no existiera circulación de vida, y todos permanecieran agazapados, recluidos. La realidad rezuma silencio, ausencia, un orden narcotizado.
John May parece el último representante de una especie que se preocupa por los demás. Y eso resulta un improductivo derroche para la comunidad. Por eso, le despiden. Se pueden recortar gastos uniendo dos oficinas, y él, es tan minucioso a la hora de realizar su labor, sus búsquedas, que es calificado de lento. Además, a quién se le ocurre realizar gastos innecesarios organizando atentos funerales a los que nadie asiste. Porque se supone que los funerales son para los vivos, no para los muertos. Pero hay más vida, aún hay más vida (si se juega con la expresión still life) en John May que en el resto, que parece preocuparse de los demás sólo cuando hay que despedirlos o cuando el perro del vecino orina en su puerta. John May parece más vivo que esos hombres huecos que parecen regir el mundo de naturaleza muerta. Pero John May, además de ser un hombre aparte, vive apartado, es un hombre solitario. Cuando fallece su vecino de enfrente es como si se investigara a sí mismo. Investiga su reflejo. Se involucra como nunca, aunque esté ya despedido y no cobre por los esfuerzos que dedica. Al fin y al cabo, es su trabajo de despedida, y alguien que ama su tarea aprecia realizar una buena rúbrica. John May sigue un rastro para conjugar a los que conformaron el pasado de su reflejo, antes de que se convirtiera en un despojo y residuo, alguien olvidado. John May realiza una gesta, una transgresión de lo que se considera necesario o útil, para lograr que el funeral de ese hombre, de su reflejo, disponga de más asistentes que su sola presencia. Porque en John May, como en pocos, aún hay entusiasmo por lo que realiza, consideración atenta por los vivos y por los muertos, sobre todo por los casi muertos en vida que todos parecen olvidar en los márgenes de la realidad. El homenajea su silencio. Ojalá algún día las calles sean multitudes de John Mays, para que vuelva a sentirse la naturaleza viva. Quizá no sea demasiado tarde. Esta exquisita y conmovedora miniatura se estrena el próximo 21 de noviembre Hermosa y desazonadoramente lírica la banda sonora compuesta por Rachel Portman, que puede evocar las extraordinarias composiciones que creó para la magnífica 'Nunca me abandones' (2010) de Mark Romanek

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