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domingo, 23 de noviembre de 2014

Cure

¿Quiénes somos? ¿Qué relación tenemos con el otro y el mundo? ¿Qué es eso llamado identidad?. El inspector de policía Katabe (Koji Yakusho) no se siente ni su trabajo ni en su hogar. No es ni en uno ni en otro. Estableció una separación entre ambos, una barrera en su interior, como si ambos fueran dos escenarios en los que hay que actuar de un modo distinto. Aunque uno se supone que es aquel en el que no finge, aquel en el que sus emociones se despliegan sin represión alguna. Pero ambas realidades son un centrifugado que le consume. En su hogar, su esposa, enciende de modo reiterado la lavadora. Cuando Katabe retorna al hogar siempre escuchar el mismo estrépito. Es un gesto inconsciente. Su esposa está en tratamiento psicólogico. En la primera secuencia, lee un pasaje de Barbazul. Hay algo en esa relación que se ha deteriorado, que ha quebrado la mente de la esposa. En su labor policial, Katable intenta mantener sus emociones al margen, un ejercicio actoral ya que implica realizar una modificación de su forma de sentir y relacionarse con la realidad. Está en otro papel, y la misma tarea, un centrifugado que le enfrenta a la obscena abyección del mundo donde los límites constantemente se quiebran, desvelándose artificiales, le impulsa a actuar de ese modo, a recurrir a esa coraza y máscara, ilusión de inmunidad, de protección. Pero no deja de estar en el filo de la intemperancia, de una ansiedad que le corroe en su fuero interno, porque no se siente ni en un escenario ni en otro. ¿Quién es, entonces? ¿Sobre qué se sostiene entre centrifugados vitales?. Las incógnitas se despliegan en la narración de la extraordinaria 'Cure' (1997), de Kiyoshi Kurosawa. Y las incógnitas también enfrentan a un vacío, a la intercambiabilidad en la que uno es todos y es nada y es cualquiera. 'Cure' entrecruza el thriller con el fantástico. Nos sumerge en una cautivadora atmósfera que nos hace progresivamente perder pie.
Katabe investiga unos crímenes cuya conexión es una equis que rasga la piel del cuello. La equis de la falta de identidad. La falta de voz. No se halla ninguna otra conexión entre los asesinos. Tampoco logra entreverse una motivación. Todos eran personajes calificadas como normales, sin antecedentes violentos, fueran médicos, profesores o policías. Una voz que sólo realiza preguntas, una voz que representa, y es, el vacío, por cuanto es nadie y es todos, ya fuera de sí mismo y por eso es capaz de ver y sentir a los demás, es la inductora que determinan que se vean impulsados a matar. Es la voz sugestionadora, hipnótica, aplicando las teorias de Franz Mesmer, la voz de Mamiya (Masato Hagiwara), un vagabundo que se declara sin memoria ni identidad. Una equis ambulante que parece que no sabe dónde está, ni en qué día, ni quién es. Siempre pregunta a sus víctimas, '¿Quién eres?'. El fuego y el agua se convierten en elementos que encienden y hacen fluir, como si derribara barreras del interior, como si dieran rienda suelta a represión emocional latente en cada uno, fruto de sus frustraciones, o quién sabe qué, y que desembocan en un anhelo de matar.
Entre ambos, policía y asesino, se crea tanto un pulso como una desestabilizadora conexión. Como si fueran anverso y reverso. O quizás el segundo es el fantasma del primero, de esa disolución vital en la que no es ni en un escenario ni en el otro, como si hubiera perdido la conexión con lo real. ¿A dónde se dirige en ese autobús en el que no hay, por dos veces, ningún otro pasajero, y en cuyo paisaje exterior sólo se distinguen nubes? ¿Por qué no encuentran en la tintorería la prenda que dejó aquel día en que otro cliente, un ejecutivo con su uniforme de traje y corbata, hablaba consigo mismo, expresando, descargando, su desprecio, su hartazgo, por otros compañeros? ¿Por qué tiene visiones con respecto a su esposa, ahorcada, visiones que sabe que ha tenido ese enigmático hombre que sólo realiza preguntas? ¿Qué preguntas no ha sabido contestar en sí mismo?.
El mesmerismo tenía un planteamiento terapeutico. Nada que ver con la hipnosis moderna a través de la cual se puede manipular o inducir al sujeto. El recurso del magnetismo animal, o sugestión, tenía un propósito curativo. Esa cura, de ahí el título, está planteada en la película con un sentido corrosivo, mordaz. La cura desvela un vacío, o enfrenta a él. Enfrenta a nuestra condición de mentes maleables y manipulables, de protésicas identidades, de entidades huecas, desprovistas, carentes, (y por ello, insatisfechas), sostenidas sobre frágiles construcciones ilusorias, máscaras sociales, sobre el cemento de las rutinas y las inercias (espejismo de identidad, su grado cero, el que revela la intercambiabilidad), y por ello tan facilmente resquebrajables. 'Fantasmas en vida', fruto de una sociedad que nos disuelve mientras nos petrifica en identidades según los escenarios, y propicia la incomunicación y el aislamiento. Como el mismo Kurosawa declara: 'Creo que la identidad es algo con lo que la sociedad ejerce una gran presión sobre el individuo, coartando su libertad. Y mi pregunta era que si se destrozara ese concepto las consecuencias serían temibles o por el contrario, se trataba de una forma de liberar el alma. Esa cuestión fue la base de esta película (...) Es necesario el reconocimiento del Otro para poder dar ese paso que transforme nuestra atrofiada sociedad. Kurosawa, gracias a su portentosa creación de atmósferas, de rugosa, siniestra y lírica sensorialidad (con un fabuloso diseño sonoro), hace del tiempo un espacio, y de la realidad un deslizamiento donde lo inasible y lo incierto dominan la percepción, haciéndonos cuestionar nuestra condición y nuestra forma de sentir, percibir, interpretar y habitar el mundo, o ese concepto tan movedizo y quebradizo llamado realidad.

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