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viernes, 14 de agosto de 2015

En la ciudad de Sylvia

Reflejos móviles, el reflejo de la luz desplazándose en la pared, en la pantalla. Prendas de ropa, las proyecciones de las ilusiones visten a la realidad, lo que la mente desplaza a través de los reflejos en la pantalla de la mente. Vestimos la realidad, diseñamos la constitución de la realidad, los sueños intentan que la realidad se ajuste a la talla y medidas de las proyecciones y sueños. Un mapa, y unas llaves. Un mapa para desplazarse en el laberinto de las emociones y sentimientos, de los recuerdos y las expectativas. Lo que no fue y lo que se anhela que sea. Una llave, la llave de ese rostro que se singularice entre el resto. Una abstracción, un rostro difuso en el recuerdo, un rostro por definir, como un solar entre edificios, entre los múltiples rostros. Una llave para llenar un vacío, una falta. Un rostro, el de él (Xavier Lafitte), el sujeto que sueña, y proyecta, y construye en su mente ilusiones, con un aspecto, el cabello alborotado, el leve bosquejo de barba, que remite a cierto icono del poeta o literato del romanticismo decimonónico, una figura, sentada en la cama, con la mirada absorta en un fuera de campo que no es visible, una mirada concentrada, meditabunda, prendida en la distancia, en los recovecos de su mente, que transcribe en palabras en un texto. Un fuera de campo, el de sus ilusiones, que intenta dotar de cuerpo, de presencia en el encuadre de su vida. Es la secuencia inicial de 'En la ciudad de Sylvia' (2007), de Jose Luís Guerin.
Él se encuentra en una ciudad, Estrasburgo, a la que ha regresado después de seis años. Se encuentra en la ciudad de Sylvia, se encuentra en un espacio de su mente, la ciudad de Sylvia es, como una ciudad invisible de Italo Calvino, la ciudad de los posibles que reconstituya lo que no fue. Se encuentra entre un pasado difuso que espera reencontrar y un presente en construcción que puede reedificarse desde el vínculo con una línea del pasado interrumpida, una ilusión que permaneció en ilusión, en proyecto, en reflejo móvil que no ha dejado de desplazarse en la pantalla de la mente. Pero en principio, es una mirada que se desplaza entre la multiplicidad de rostros, una mirada aún incógnita porque aún no se ha definido que rastrea, si solo en el presente que se presenta a su mirada, o si hay un pasado que quiere reencontrar, un presente que dibuja, o un pasado que quiere dibujar en su presente. Él se sienta en la terraza de un bar, y observa los rostros de la gente alrededor, en especial de las mujeres. Mirada que escruta, al acecho de los gestos, quizá rostros que reescriban la realidad, que abran una brecha y otras líneas posible de relato en su vida. Dibuja los rostros en la pantalla en blanco de su cuaderno. Retrata los múltiples rostros alrededor, rostros que son páginas de diferentes libros, y el tiempo se escancia acompasado a la deriva de mirada que se sumerge en la diversidad de rostros, rostros de lo posible. En cada persona sentada en las mesas colindantes se insinúan los diversos relatos, figuras fugaces que permanecen como enigmas en el cruce de tránsitos de la realidad. Su relato parece el del observador que enfoca en los rostros de las mujeres, sin particular vinculación con ninguno, sino solo una mirada abierta a lo posible, o la búsqueda de una aún indefinida Ella entre ellas, una mirada que ansia modelar un cuerpo con el vértigo de la sublimación (una de las chicas se recoge el pelo y no deja de recordar a la disposición del cabello de Kim Novak en 'Vértigo', 1956, de Alfred Hitchcock, la obra summa sobre las sublimaciones, con permiso de Max Ophuls).
Pero hay un rostro que se singulariza, o su enfoca se centra en un rostro, y esa singularización definirá su mirada, el relato que anida en esa mirada, los cimientos con los que construía con su rastreo alrededor. Entre los reflejos de los múltiples rostros parece singularizarse el rostro de lo que no fue. Cree entreverlo en una definida Ella (Pilar López de Ayala). Y el Ellas se reconstituye y enfoca en un Ella que pueda ser la que sí dispone de nombre en su recuerdo, en la pantalla de su sueño. Había una imagen que se intentaba ajustar a los rostros. Y se desplazan por la ciudad, uno detrás de la otra, en un laberinto de calles en el que a veces el cuerpo que se persigue, la llave del sueño que se intenta materializar de nuevo, nombrar y hacer realidad, como una aparición que haga posible lo que no fue, se escurre y diluye en el laberinto, como si entre los pasadizos se hiciera opacidad, y el mapa resultara inúltil, y sólo la aleatoriedad puede posibilitar que, paradójicamente, se haga la luz de nuevo, aunque sea una luz difusa, luz de reflejo, luz que revela pero no lo que se proyectaba. Mientras Él contempla en una ventana a una chica de espaldas que se seca el cabello, porque piensa que es Ella, Ella está de nuevo detrás de él, como lo estaba antes en el bar, entre reflejos (de otras mujeres), tras el cristal, y ahora incluso entre luces, porque es una tienda de iluminación. El no ha dejado de mirar una figura de espaldas que no tiene rostro, anhelando dotarla del rostro soñado.
Y la persecución de reflejo móvil concluye en un espacio móvil, un tranvía, en el que el equívoco es resuelto cuando las miradas y las palabras se confrontan. Ese rostro que asociaba con su pasado, con la singularidad en su vida, no se corresponde con quien creía que era. La proyección colisiona con la decepción. El recuerdo de lo singular no era lo suficientemente consistente, este rostro del presente que ha creído que era el cuerpo de su ilusión era un reflejo que conducía a un callejón sin salida. Lo singular era realmente difuso. Prevalecía el viento desbocado de su imaginación, como el cabello de una mujer de espaldas zarandeado por el viento que compone una coreografía aleatoría, la realidad configurada por la espiral de su imaginación. Pero subsiste la necesidad, la necesidad de encontrar un cuerpo que se adapte y ajuste a la idea de lo sublime, al acontecimiento excepcional, un rostro singular entre los múltiples rostros, aunque no sea Sylvia, aunque no se le parezca, aunque no sea un rostro que recuerde o crea recordar, como en las paredes de las calles es recurrente un graffiti que dice 'Laura, te amo'. No importan los nombres, no importa el tiempo concreto, ni el pasado ni el presente, sino la ilusión, la proyección de lo sublime, la persecución de un sueño, seguir escrutando entre los rostros, al acecho de los gestos, al acecho del destello que se singularice entre el resto, entre los rostros de lo transitorio, y le haga sentir que habita una ciudad, una realidad, que se distingue del resto, en la que habita sólo él y el fulgor hecho cuerpo que le haga sentir que la ilusión se edifica con los rasgos de un rostro concreto, un reflejo que se desplaza y no sólo es pantalla estática, el rostro de lo sublime que desafía al tiempo.

5 comentarios:

  1. Debería haber sido un cortometraje, los ochenta y pico minutos que dura se hacen largos. Creo que Guerin es un cineasta valiente y osado, más en estos tiempos tan complicados para los creadores, para los soñadores y artistas rompedores, pero no me parece su mejor trabajo, pese ser una aventura meritoria.
    Tu blog es excelente, uno de los más interesantes de la red. Un saludo.

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  2. Muchísimas gracias, Joaquín.
    En cambio, a mí me resultó muy fluida. Y, en este momento, junto a Innisfree, diría que mi preferida de su filmografía.

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  3. Jose Luis Guerín, es un genio, sin duda el mejor cineasta español vivo, para mi todas sus peliculas son obras maestras menos en la ciudad de silvia, le pondria un 4. Tu blog es muy bueno Alexander,

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    1. Muchísimas gracias, Dan :) Y desde luego que me parece uno de los más grandes cineastas españoles vivos.

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  4. Me gusta mucho como el Sr. Guerin trata el color verde en este filme, cuya duración es, a mi juicio, casi perfecta.

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