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martes, 2 de julio de 2013

Lo que queda del día

 photo 69a8fb18c2ab42dbbca56e63756fe1e2_zpsf067da44.jpg La gente aplaude cuando encienden las luces del paseo marítimo de Devonshire. Porque consideran que a partir del atardecer queda lo mejor del día. La expresión de Stevens (Anthony Hopkins) no aplaude, sino que supura desolación, la consciencia de que lo que queda de su vida, ya en el atardecer, será la ausencia irrevocable de acontecimiento, la inmensidad del vacío, la imposibilidad de rectificar sus errores pasados. Ha desperdiciado su vida, y ya sólo resta cumplir condena. Tras veinte años sin verse, había visitado a Miss Kenton (Emma Thompson) porque pensó que quizá nunca es demasiado tarde para rectificar. Pero las luces se habían apagado definitivamente para él, cuando Miss Kenton había manifestado que, aunque le gustara la idea, no podría aceptar de nuevo el trabajo de ama de llaves porque querría estar cerca de su nieta a punto de nacer. Cuando ambos se despiden, ella se aleja en el tranvía, mientras su rostro se desfigura en una mueca de insondable dolor. Stevens agita su mano con la misma falta de naturalidad que define a su envarada expresión vital. Como un autómata aún aturdido. La cámara le encuadra en el interior de su coche, y desciende hacia el faro cuya luz se enciende. Pero no hay aplausos. En las secuencia final una paloma se introduce por la chimenea en uno de los salones de la mansión donde ha trabajado durante décadas como mayordomo. El senador estadounidense Lewis (Christopher Reeve), el nuevo dueño, con la torpe asistencia de Stevens, logra liberar a la paloma. Stevens, en cambio, permanecerá en esa jaula, en esa mansión, hasta el fin de los días, aunque ya estuviera embalsamado desde hacía tiempo.  photo OIR_resizeraspx6_zps705c25bb.jpg Estas secuencias finales de 'Lo que queda del día' (The remains of the day, 1993),adaptación de la novela de Kazuo Ishiguro guionizada por Ruth Prawer Jhabvala, quizás sean las más bellas y (desoladoramente) conmovedoras rodadas por James Ivory. Hay otra previa comparable en intensidad, en la que la falta de luz, las penumbras que dominan la habitación, se corresponden con las que abrasan como cautiverio al inmovilizado interior de Stevens. Miss Kenton irrumpe en su habitación privada, le sorprende adormilado, con un libro en las manos. Juega, pregunta por el el libro. Stevens se muestra remiso, recula. Miss Kenton le acorrala en una esquina, junto a la ventana con las cortinas corridas. La mirada de Miss Kenton tantea, busca, inquiere. La mirada de Stevens se abrasa en su impotencia, en su deseo que parece desfigurarse en suplica, como si las yemas de los dedos y las retinas se replegaran y gritaran desde unos barrotes, unos cortinajes corridos, que no logran superar. La escasa luz que se proyecta, desde abajo, remarca la condición de Stevens como espectro en vida; su rostro, en penumbras, parece el de una criatura cautiva por una oscuridad que le ha convertido en maldito. Hay momentos que pueden transfigurar una vida. Tomas una dirección u otra. Stevens se encoge y apuntala su existencia en el desperdicio.  photo OIR_resizeraspx5_zpsef217fcb.jpg  photo OIR_resizeraspx4_zps02572b1c.jpg No sólo en su espacio íntimo opta por la ausencia en vida. También en su manifestación social. Tampoco interviene en la vida pública. No vive lo que acaece, 'plancha', alisa la existencia, el acontecer. Las noticias, los acontecimientos, se subordinan a su condición de apariencia. No importa lo que haya alrededor de los muros de la mansión. No tiene influencia en su mundo. Casi se puede decir que no existe. Stevens asume su lugar en un universo ya instituido en el que nada hay que cuestionar, en el que sólo tiene que ejecutar la función adjudicada. Un lugar en el que como sirviente, su seña de identidad, es inferior a sus señores, incluso en cuestión moral. No escucha lo que dicen, aunque nada menos que la política internacional se dirima en los salones de la mansión, ya que Lord Darlington (James Fox), en aquellos años previos a la segunda guerra mundial, convirtió su mansión en centro de debates, de tratos en las bambalinas de la política exterior, con representantes políticos, franceses (e incluso con la presencia de Lewis, contraría a las simpatías que muestran por Alemanía tanto los ingleses como el diplomático francés presente). Stevens no tiene opinión, ignora todo lo que ocurre más allá de ese espacio que domina y controla, y en el que es una pieza peón. Cumple su función, no tiene perspectiva. Sirve a unos modelos de vida, anula su vida aunque la sienta realizada en esa anulación. Vive en inercia. Es una sombra.  photo 6ac3d2ebc4dc45c787d780544b124623_zpsff1a2bfc.png Hopkins comentaba que el mayordomo que le había asesorado había condensado el papel de un mayordomo diciendo que 'con su presencia una habitación tiene que parecer más vacía'. En este sentido son elocuentes, y desgarradoras, las secuencias en las que disimula la conmoción que sufre en su interior, una fractura íntima que oculta ante los invitados que dirimen la política exterior (como si fuera una gota imperceptible en un inmenso océano; pero para él es el océano y lo subordina a ser 'nada' en otro escenario). Ya sea cuando le notifican que ha fallecido su padre, mientras mantiene el gesto imperturbable apartando y colocando la silla a Lord Darlington en su alocución al resto de diplomáticos presentes.  photo 619de28c1e5142cd9d997d49fb4a1b09_zps50ad8d3e.jpg O cuando ha negado toda posibilidad de realizar su amor, mostrando incluso indiferencia a las lágrimas de Miss Kenton (elocuente que a él sólo le oigamos cuando la sorprende llorando, como quien se ha negado como presencia para ella y para sí mismo), y es aludido por el periodista, y apadrinado de Lord Darlington, Cardinal (Hugh Grant) quien intenta despertar su intelecto, su curiosidad, porque no acaba de asimilar que no tenga una opinión propia (en este aspecto intelectual, es la correspondencia, como amenaza de fisura o intento 'reanimador', del seísmo emocional que le suscita Miss Kenton). Pero no hay preguntas en Stevens, sólo certezas, o más bien dogmas de fe, inamovibles, respuestas que le han anquilosado, engullido o devorado por un escenario, convertido en un quiste en vida en esa jaula cuyos barrotes ha forjado como servil esbirro. En el vacío vive, y en el vacío se extinguirá, sin que haya luces por las que aplaudir.  photo OIR_resizeraspx3_zps12bea8dd.jpg

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