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viernes, 24 de julio de 2015

L'humanité

En una secuencia de la extraordinaria 'Camille Claudel, 1915' (2013), la anteúltima película de Bruno Dumont, la protagonista, Camille clama desesperada que está perdiendo la humanidad. Es una mujer recluida, y aislada. Confinada, como enferma mental, entre deficientes mentales con quienes no puede reconocerse, ni establecer una mínima comunicación, a no ser compartir un elemental afecto de gestos y caricias. Es una mujer triplemente aislada y confinada. Con respecto a quienes componen su entorno (pacientes, médicos y monjas), con respecto a su familia, que la mantiene recluida, y la considera una vergüenza, por su aborto y por la sociedad, por su soberbia de artista que se cree diferente y por tanto superior, y por ser una mujer que se resistió a que se aprovecharan de su talento, empezando por su amante, Rodin. Camille es un cuerpo y una mente que se descompone y desvanece en ese aislamiento en el que siente que progresivamente pierde su humanidad, que se pierde a sí misma, un cuerpo que no se diferencia de las piedras del agreste paisaje que reciben la luz de sol, una mente con grilletes que ya no puede crear, aunque su mirada sigue despierta, atenta los recorridos de la luz y su relación con los volumenes, pero tampoco quiere porque su obra, su voz, sería usurpada por otros.
Camille es una mujer herida que no ha podido curar una herida, la de la decepción, que Rodin, el hombre que amaba no se correspondiera con su anhelo, sino que más bien se convirtiera en una figura que pretendía anularla, un veneno que se ha quedado enquistado en sus entrañas, por eso, como quien se apoya en un tizón ardiendo, teme que sea envenenada y pide que controle sus comidas. Esa desesperación de quien siente que se va ahogar, cuando grita que no quiere perder su humanidad surge tras que asista a una representación de Don Juan por parte de dos deficientes mentales. En principio, le hacen gracia su reflejo en distorsión, pero el texto pronto despierta en ella el recuerdo de lo que supuso la relación con aquel emulo de Don Juan que era Rodin, y la raíz de la herida brota a la superficie, y la prisionera clama no sólo por su liberación física sino porque su mente no sea anulada, abotargada, anulada, en ese encierro en el que se equipara con una cosa o una materia elemental.
En L'humanité (1999), segunda película de Bruno Dumont, la humanidad corre por unos campos, una figura mínima recortada contra el horizonte, una figura que acaba su carrera precipitándose sobre la tierra abierta, su rostro adherido a la oscura tierra de labranza, como si hundiera su rostro en el barro primigenio. Ese hombre, un policía, Pharaon de Winter, ha visto una herida que le enfrenta a la interrogante de las interrogantes, ¿por qué hay quién pierde la humanidad, por qué hay quien carece de ella, y abre heridas, e inflige daño, y extrae la vida de otros, que abandona como deshechos sobre la oscura tierra con la que se confunden, el cuerpo de una niña de once años, violada y asesinada?. Este hombre herido, pues perdió en un accidente a su esposa e hijo, contempla también una obra de teatro que no lo parece, una relación de pareja, la de su vecina Domino y su amigo Joseph. Se convierte en acompañante y espectador de una relación en la que la ambigüedad va enturbiando la relación entre los tres integrantes de la función abriendo brechas de interrogantes sobre cuál es la función de cada uno en el escenario mental de los tres integrantes de esa relación de difusas implicaciones. Pharaon les observa mientras mantienen una relación sexual en su salón, y ella se percata de su presencia, y se lo reprocha, pero le invita a que los acompañe esa noche a cenar. Y les acompaña en una excursión por la costa, y la narración se retuerce en esos desvíos, como las miradas a veces se desvían hacia otros centros de atención, como si no hubiera centro.
A Dumont le gustan los desvíos en los trayectos de las mismas narraciones, la dirección puede ser otras de las esperadas, también para los mismos personajes. Hay una investigación de un asesinato, hay un extraño o desconcertante trío afectivo, pero este es un trayecto entre una herida, la herida abierta de la vagina de la niña violada, ese cuerpo ultrajado, retratado en porciones, como si fueran ya fragmentos de una marioneta desajustada, ua muñeca abandonado en la intemperie, y la vagina cubierta de vello del cuerpo de una mujer que solloza, sollozos en fuera de campo, porque su herida no es visible, sino borroso, desenfocado, como su deseo se despliega confuso entre diferentes cuerpos. Las miradas se proyectan y extravían. Pharaon aún es una figura inmovilizada por una herida no cerrada, y aquella pantalla de la pareja es una ambigua fuga y liberación y aparente refugio en la tormenta de la intemperie de las emociones que le superan e inmovilizan. Pero no hay liberaciones ni refugios, sí campo abierto, miradas extraviadas en sus interrogantes, lamentos, fuera de campos que no lograran hacerse encuadre, cuerpos que gritan su intemperie, distancias infranqueables, atropellos de la razón como un tren que descarrila, la humanidad desolada. Y el cuerpo que estorbaba en la ecuación incierta era el cuerpo que carecía de humanidad. Los reflejos se confunden con las heridas abiertas, con su infección.

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