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sábado, 4 de julio de 2015

Gracias por el chocolate

Teclas de un piano se balanceaban sobre la tela de una araña. La música del pasado debe permanecer en el pasado, muda. A veces, revelaciones imprevistas irrumpen en la propia vida como elefantes en una cacharrería. Son imprevistos que ofrecen posibilidades, una realidad que pudiera haber sido, una derivación del sendero que súbitamente ofrece la realización de un sueño, un atajo hacia el futuro. En otras, son molestias, incórdios, que pueden desbarajustar por completo el escenario que se ha hilado pacientemente, eliminando los correspondientes estorbos, para que se ajuste al modelo, a un ideal. Las realidades no son lo que parecen en un universo dominado por las formas, por las formalidades y las apariencias. Dices gracias por el chocolate, pero no sabes que está envenenado, como no sabes si una sonrisa retiene una ponzoña que quisiera arrojar sobre ti. En 'Gracias por el chocolate' (Merci pour le chocolat, 2000), una de las grandes obras de Claude Chabrol, la vida de la joven Jeanne (Anne Mouglalis) se ve zarandeada por un relato, un relato que no se plantea como revelación, pero que siembra la duda, una duda que se propaga en algunos casos como infección. Una amiga de la familia le relata cómo el día de su nacimiento se produjo una confusión con las etiquetas de dos bebés que generó cierta duda pasajera sobre de quién era hija una, Jeanne, y de quién era hijo el otro. Para Jeanne esa posibilidad, aunque su madre, Louise (Brigitte Catillon), asegure que nadie piensa que pudo haber un intercambio accidental, ofrece la posibilidad de crear y afirmar un vínculo más allá de si está sostenido sobre un lazo de sangre. Por otro lado, asegurar al otro tampoco tiene por qué implicar que se tenga la seguridad de la certeza, aunque se enmascare en el argumento de la mente científica, y esas sombras se perciben en la mirada de Louise.
El posible padre, la opción alternativa, es un afanado pianista, André (Jacques Dutronc), y ella es estudiante de piano. ¿Por qué no aprovechar esa favorecedora vía imprevista que ofrece la vida más allá de si son padre e hija?. Las vidas del hijo de André, Guillaume (Rodolphe Pauly), y de su segunda esposa, Marie Claire (Isabelle Huppert) se ven zarandeadas por la irrupción de esa joven que se introduce en su escenario sin vacilación. Y tiemblan los cimientos. Guillaume se muestra suspicaz como si pudiera temer que le fuera sustraída su vida de entumecida prosperidad, enganchado a los vídeo juegos, como quien se deja llevar por la caricia de una vida de lujos donde todo lo tiene solucionado, donde incluso no tiene que preocuparse mucho de desear, y de interrogarse sobre nada. Para Marie Claire abre brechas que son heridas que procuró cerrar tiempo atrás, para que no salpicaran el sueño del paraíso casi conseguido. Casi, porque la irrupción de Jeanne entorpece la urdimbre que lentamente teje para lograr que no haya interferencia alguna. Y añade una no prevista. El chocolate de la sonrisa lentamente estaba eliminando de la ecuación al hijo con pequeñas dosis de somníferos en el chocolate. Estrategia que utilizó en el pasado para desembarazarse de la primera esposa de André, y amiga suya.
Durante una de las clases de piano que imparte André a Jeanne, con las música fúnebre de Liszt, 'Los funerales', los recuerdos irrumpen como incisiones afiladas. Una evocación que propulsa nuevas urdimbres. Desde el momento que ha irrumpido Jeanne en sus vidas, la mente de Marie Claire ha comenzado a hilvanar. Se sienta en el sofá y su cabeza se apoya sobre lo que asemeja una tela de araña. La irrupción de Jeanne, más allá de que no sea la hija de André, despierta los recuerdos de André, la chica le recuerda su juventud, le recuerda a la primera esposa. Y en esos recuerdos no está Marie Claire. Ya no es el centro del escenario, empieza a desenfocarse o a compartir protagonismo con otros tiempos, con otros personajes. También el escenario de la madre de Jeanne se ve afectado, las dudas sobre los lazos de sangre también derivan en las dudas sobre la solidez y afinidad de los reales vinculos y afectos entre padres e hijos o parejas. Y los secretos envenenados o turbios se dejan entrever en el chocolate de las apariencias. Probablemente sea su hija, pero Louise le revela que su padre no es quien cree que era. Y Marie Claire no puede evitar desvelar sus intenciones, sus urdimbres, cuando puede repetirse el pasado en forma de otro accidente de coche, pero en este caso con el riesgo de que pierdan la vida los dos chicos. Y las lágrimas brotan en el semblante de la araña porque sabe que la tela ha sido sufrido un rasgón irreparable.

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