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lunes, 6 de julio de 2015

El mundo sigue

'El mundo sigue' (1965), de Fernando Fernán Gómez no solo nos recuerda lo poco formado y culto que era este país entonces, sino por qué sigue siendo igual hoy en día. Lo ha recalcado Gemma Cuervo, una de sus protagonistas, en la proyección realizada hoy, 6 de julio, en la Academía de cine español. Porque 'El mundo sigue' es una película feroz que desentraña, sin vaselina alguna, lo patético y grotesco de unas vidas dominadas por las carencias, y por lo tanto supeditadas a la esclavitud de la avidez de posesión del dinero, y por un sentido de la decencia con un doble filo, como toda tiranía de las apariencias, que les aboca a la amargura, la emponzoñada envidia y la humillación e incluso a la veleidad (aunque sea de puertas adentro). Quizá por eso la película había permanecido en el limbo del olvido, como otro ejemplo de renuncia a la memoria histórica, o cuán conveniente es el olvido. Se estrenó, dos años después de rodarse, en un cine de Bilbao, el Buenos Aíres, y no tuvo más distribución. La censura económica no deja de ser política, como ha apuntado Fernando Trueba en el coloquio posterior, en el que también estaban presentes Fernando Lara, José Sacristán, Antonio Resines (como presidente de la Academia) o Juan Estelrich hijo del productor de la película (aunque gran parte de la financiación corriera a cargo del propio Fernán Gómez). Si algo evidencian hoy en día excelentes obras previas de Fernán Gómez como 'El malvado Carabel' (1956), 'La vida por delante' (1958) y 'La vida alrededor' (1959), es que tanto reflejaban su tiempo como el nuestro (con mucha más precisión e incisión que la mayor parte de las obras actuales). El aprendizaje del engaño como mecanismo de supervivencia y ascenso en la dinámica laboral, y por tanto la adquisición de la privilegiada posición social; la asunción de unos ritos de paso, o lo que es lo mismo la asunción de la necesidad de unos deseos (familia, piso, puesto laboral) en la construcción de la pequeña parcela de vida como forma de subordinación a un modelo socioeconómico.
Fernán Gómez se planteó 'El mundo sigue' como el tercer eslabón de una trilogía, tras 'La vida por delante' y 'La vida alrededor'. Si los títulos de esta hacían referencia a cómo se supeditan las vidas al deseo de que algo se realice en el horizonte del futuro, esto es, la esclavitud del sacrificio de la propia vida a la espera de unas venideras recompensas (ascensos, subidas de sueldos, por tanto disfrute de pequeños lujos...), mientras se anhela disponer ya de la vida alrededor (una realidad, no una ilusión), 'El mundo sigue' es la constatación de que por los siglos de los siglos la condición humana no variará, y habrá privilegiados y quienes aspiren a ser privilegiados, quienes acepten engañar a otros o venderse para lograr esos ascensos de posición en la vida, las anheladas mejoras, o quienes se plieguen a un sentido de la decencia o de la integridad que les suma en la frustración, en la resignación dócil del esbirro o en la amargura desesperada. El dinero es el núcleo, o de modo más concreto su posesión. Sin dinero no se es nada en la sociedad. En principio la película iba a estar enfocada en el personaje de Faustino (Fernando Fernán Gómez, aunque había ofrecido el papel en Francisco Rabal), un camarero obsesionado con las quinielas, tanto que casi deja la gran parte del sueldo en las apuestas, pese a las carencias que sufre su familia, su esposa, Eloisa (Lisa Canalejas) y sus tres pequeños hijos. El tono mordaz, pero punzante, cada vez más siniestro y sangrante, de la evolución del personaje, que es caída y precipitación en el abismo, tras sufrir la decepción de ver que no se hará millonario sino que será uno más entre casi quinientos acertantes de una quiniela de catorce, gastar gran parte de las cinco mil pesetas en más apuestas, y bebida, y recurrir al robo en el bar en el que trabaja, se corresponde, como un paso más en el desarrollo de una infección, en el tratamiento mordaz de 'La vida por delante' y 'La vida alrededor', ya convertido en perspectiva vitriólica, extrema, en implosión y finalización en un callejón sin salida. Si no aceptas tu posición, o te vendes aprovechándote de algún don que otros desean, o te sumes en la enajenación o cruzas el límite en el que infringes la ley.
Pero el desarrollo de esta subtrama de la novela de Juan Antonio Zunzunegui que había adaptado no era suficiente para conseguir la duración necesaria, y amplió la perspectiva a otros personajes, dotando a la narración de una impecablemente modulada construcción sinuosa a través de los diversos cambios de punto de vista que configuran casi la narración como una sucesión de breves películas dentro de la película. Especialmente, se centra también en dos personajes femeninos que se convierten en actitudes contrapuestas, reflejo del restringido espacio de maniobra que dejaba la sociedad a las mujeres (también objeto de irónico tratamiento en 'Solo para hombres', 1960, a finales del siglo XIX), y que en el cine estadounidense había sido nutriente dramático de muchas comedias en la década de los 30 (o las mujeres engatusaban a un millonario o se abocaban a ser meramente esposas en trabajos de bajo relieve). Elisa, la mujer de Faustino, fue Miss Maravillas, pero no quiso seguir el sendero del posible acceso a la fortuna, aprovechándose de su belleza (hay una secuencia en que pasea por la calle en la que casi todos los hombres la miran con impúdico deseo, y hay quien la aborda sin escrúpulo alguno) y, enamorada de Faustino, optó por la casilla de la familia, de la vida decente en la que no hay que vender el cuerpo ni subordinar la voluntad para conseguir lo que se quiere, sino sólo depender de los ingresos del trabajo del marido, sin pensar en que este lo pudiera despilfarrar en sus caprichos o en sus sueños de conseguir el mundo en sus manos con un boleto de lotería. Por otra parte, Luísa (Gemma Cuervo), quien aspira a casarse con alguien de próspera posición. Los escrúpulos morales los deja de lado para poder disfrutar de esos lujos a través de quienes disfrutan de grandes fortunas. Si quieren su cuerpo, o su presencia como pertenencia de lujo, ella la ofrece para gozar a cambio de una vida no sólo sin preocupaciones ni apreturas (como su hermana, que tiene que recurrir a un trabajo de mujer de la limpieza) sino en la que pueda disponer de lo mejor (incluso remarcando su superioridad que le desmarca del resto con la posesión de un gran coche: hasta quien se lo compra le señala que no conviene hacer notar demasiado las estratosféricas diferencias de recursos económicos, pero para ella es un placer añadido remarcarlo).
Al respecto de ambas actitudes hay dos distintos tipos de vergüenza. Está el que estigmatiza a la mujer con calificaciones de mujer golfa (y otras denominaciones aún más despectivas), como es el caso de Luisa al principio, despreciada tanto por su hermana como por su padre, quien la apaliza por ese motivo. No deja de ser caustica la secuencia posterior, tiempo después, en la que el padre y la madre, tras que Luisa les haya regalado unas valiosas joyas, un reloj y un anillo, ambos de oro, comparan a ambas hijas, y valoren ya más a Luísa por la posición alcanzada (no está casada, pero es amante al menos de alguien próspero, lo que les favorece, por extensión, a ellos), y cuestionan con más acidez a Eloisa por ser una amargada y una envidiosa. La otra vergüenza, la socioeconómica, es la de la dedicación de nivel de mísero rango: Eloisa teniendo que 'rebajarse' a ser mujer de la limpieza, pero no soporta que quien 'toca el cielo, su hermana, le preste dinero como forma de 'limpiar' esa vergüenza. Ambas hermanas están en permanente contienda. No dejan de insultarse, descalificarse, despreciarse y pelearse. El grito y el forcejeo se convierte en seña de identidad expresiva de la narración. Fernán Gómez aprieta el acelerador del exceso, sobrecarga de gestos desesperados, amargos, de contiendas verbales o físicas, de sordidez de mentes que supuran vacío y cortedad de aspiraciones, cuando no mera mezquindad (abundan los hombres que sólo miran a las mujeres, sin disimulo alguno como mera carne que poseer; los hay como Faustino o el padre que remarcan que son la autoridad en el hogar). La aspereza se asienta como lija expresiva. La hipérbole se adueña del relato creando una relación paradójica con el naturalismo que deriva en un relato mutante. Lo real es exceso. La realidad es una mueca agresiva. Las figuras van desvelando su condición de integrantes de una ficción mientras el relato conduce unos personajes que son tipos de un melodrama lindante con el culebrón hacia la hiperbolización, un exceso que revela la entraña ficticia de unas sociedad, de unas vidas subordinadas a una rígida dramaturgia a la que se adaptan, a la que se resignan, o en la que utilizan los recursos a mano para alcanzar las posiciones de privilegio en lo que no es sino un tablero. O se usa una máscara o se usa otra.
Fernán Gómez no deja de reventar el relato, de descentrarlo, o retorcerlo, a veces desde dentro (esa secuencia citada de los padres con las joyas) o con rupturas expresivas: los flashbacks en forma de flashes que condensan todo un pasado mientras Luísa asciende las escaleras de la casa para reencontrarse con su madre; el fugaz flashback de luz quemada en el que Andrés, el escritor que encarna Agustin González, recuerda cómo ha amado desde siempre a Eloisa; las puntuales voces en off que reflejan en específicas secuencias el dilema de unos personajes que cruzarán de modo definitivo un umbral sin vuelta atrás en su vida; el dilatado plano, por dos veces repetido, de la espera de Faustino en el sótano del bar antes de realizar el robo mientras consume un cigarrillo, como de alguna manera siente que ya consume definitivamente su vida. 'El mundo sigue' es una película incómoda, amarga, una contorsión narrativa que ensucia con su grito de rechazo no sólo a una sociedad, como la que padecía entonces el franquismo, sino a una condición humana que sigue permitiendo que el mundo siga igual porque no parece ser capaz de salirse de unos limitados resortes viscerales de deseo y conducta. Una naturaleza perversa que linda con la mezquindad; la violencia se supura constantemente de muy variados modos. En cierta secuencia, el director de la publicación cuestiona a Andrés que haya realizado una crítica negativa de la obra del hijo de un consejero, cuando en esta vida hay que aprender a aceptar que los consejeros, y sus hijos, y amigos y familiares, siempre tienen talento. Y eso no ha cambiado en el siglo XXI, como bien evidencia la desfachatez de mordazas que se hacen visibles para remarcar una posición de dominio.. El mundo supura igual.

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