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sábado, 28 de febrero de 2015

En rodaje: Paul Newman y Jackie Gleason

Paul Newman y Jackie Gleason durante el rodaje de El buscavidas' (1961), de Robert Rossen, la cual se puede ver como variante afín de 'Los amantes de Montparnasse'(1958), de Jacques Becker: el artista frente a la rapaz mente calculadora que exige que se pliegue a su voluntad. Una relación amorosa que es un 'contrato de depravación, sólo queda bajar las persianas'. Un matiz diferenciador importante: un proceso de aprendizaje; el desprendimiento de la arrogancia del ego. Tres de los personajes más poderosos que ha dado el cine estadounidense (y, por correspondencia, tres de las interpretaciones más soberanas vistas en una pantalla): Minnesota fats (¿Le hace falta hablar? Lección para guionistas: cómo caracterizar un personaje de escasas palabras) Bert (la rapaz mente calculadora del hombre de negocios: pocos personajes más siniestros y terribles como él) y Sarah (la mujer que ha visto la desnudez de la vida, pero sin conseguir la templanza adecuada para soportarla: no sólo su pierna cojea, también su mirada). Roger Ebert escribió que 'es de las pocas películas estadounidenses en la que el héroe gana rindiéndose, aceptando la realidad en vez de sus sueños'. Me gusta imaginar que cuando Felson cruza aquella puerta al final, corte de mangas que implica que ya no podrá competir nuca más al billar mientras Bert domine el escenario, le lleva al mundo donde habita Lilith. Por algo, fue la igual de magnífica 'Lilith' (1964), la siguiente obra de Rossen. Esta termina en otro umbral, pero a la inversa. Alguien, el protagonista, pide ayuda, él, o muchos de los considerados normales necesitan más ayuda que muchos de los considerados trastornados, residentes en un sanatorio psiquiátrico. Posiblemente, Felson le sonreiría desde el interior.

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