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lunes, 20 de octubre de 2014

Drácula, la leyenda jamás contada

Esta historia supuestamente jamás contada de 'Drácula, la leyenda jamás contada' (Dracula untold, 2014), de Gary Shore, me parece que ya me la han contado antes, no sé si fue mi abuela, aquel señor de Murcia con el que esperé durante horas la salida de un autobús no recuerdo a dónde, o aquella pastelera que me cuidó hasta que llegaron mis padres cuando, en mi primer año de colegio, me perdí no sé cómo ni por qué. Un momento, algo recuerdo. Creo que fue hace una semana. En 'The equalizer', de Antoine Fuqua, un carretillero de supermercado se descubre como una bestia dormida, un agente especial retirado. 'Despierta' porque se hacen necesarios los medios más expeditivos para imponer la justicia, o para evitar el abuso o propagación de la infección de la crueldad. Crueldad para cauterizar la crueldad. En cierto momento Vlad (Luke Evans), hijo de dragón, futuro Drácula, hijo de diablo, dirá que no siempre se necesitan héroes, a veces se necesitan monstruos. Vlad no se convierte en monstruo por anhelo de hacer el mal sino como medio, o remedio, para lograr un bien, la protección de su familia y de su reino ante la invasión otomana, comandada por Mehmed (Dominic Cooper). Impotente no sólo porque su ejercito tiene todas las de perder, sino porque tienen que plegarse a una voluntad cruel que les exige dolorosos sacrificios como entregar como combatientes a mil de sus hijos, decide dejarse infectar por lo siniestro que posee poderes sobrehumanos.
A Robert, protagonista de 'The equalizer', y Vlad les une también un pasado terrible, sus propias acciones brutales, de las que Robert prefirió retirarse. Vlad justifica aquellos empalamientos, por los que es célebre, como táctica disuasoria. Hacerse pasar por monstruo era la estrategia más eficaz. No sentía ni placer ni tampoco culpa, no sentía nada. Podía salvar vidas. El sacrificio de un pueblo podía salvar el de cien. Ahora deberá subir la apuesta de la categoría de monstruo en la que tendrá que convertirse para proteger lo propio (no sé si casualidad, pero este mensaje subyacente en ambas producciones no carece de resonancias un tanto inquietantes: hay que aceptar la monstruosidad como medio para lograr un bien o defender lo propio). Vlad, además, tendrá que luchar tres días con la tentación de nutrirse de sangre ajena, como San Pedro por tres veces negó a Cristo, para que sus poderes vampíricos sean sólo provisionales, el tiempo justo para derrotar al enemigo otomano. Sino se convertirá en vampiro, de nombre Drácula, para toda la eternidad (maldita sea, he destripado ya la conclusión de la película).
'Drácula, la leyenda jamás contada', compuesta de retales, suena a vista y revista, a rebufo, por ejemplo, de la notoriedad adquirida por el fenómeno 'Juego de tronos', incluido préstamo actoral (Charles Dance, el Master Vampire, lo mejor de la película con diferencia), con esquirlas de la vena romántica del 'Drácula' (1992), de Francis Coppola, a través de la relación de Vlad con su esposa, Mirena (Sarah Gadon), obra de la que también se retoman las imágenes anaranjadas de empalamientos en el ocaso, o de las obras de 'espada y brujería', o mejor dicho, 'espada y vampirismo', con un ambiente sobrecargado de sombras, cual espesura de negrura, para remarcar el carácter gótico que acompaña a la figura del vampiro aunque la acción transcurra en la Edad media. Hay que amortiguar los colores y la luz, como en aquella insulsa incursión en tiempos medievales de la saga de 'Underworld', 'La rebelíón de los licántropos' (2009), de Patrick Tatopoulos. Lo que se amortigua, involuntariamente, es la circulación sanguínea de la narración. No faltan derroches de efectos especiales y combates de diversa índole pero no se logra desactivar la progresiva sensación de precipitarse en cierto sueño mortecino. No acaba de morder la narración. Demasiados dientes postizos.

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