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viernes, 10 de octubre de 2014

Dos días, una noche

Unos labios que tiemblan, palabras que intentan mantenerse como un funambulista sobre la cuerda que le separa de un vacío que se precipita sobre una mirada que siente su vida tambalearse. La odisea es un vía crucis. Las palabras intentan crear un puente con aquellos que podrían sostenerle. La mirada derrotada suplica por un abrazo. Hay rostros, miradas, lágrimas que la acogen y la abrazan. Hay rostros, miradas, gestos prietos, huidizos, que la eluden y niegan. Los hay que piden perdón, pero se esconden. Los hay incluso que desprecian. Sandra (excepcional Marion Cotillard) visita a sus compañeros de trabajo para que vuelvan a participar en la votación que decida si ella no es despedida o si prefieren aceptar la cuantiosa prima que les ofrecen. El anzuelo de la seguridad que propicie respiro entre los ahogos económicos penetra en su carne de animal sacrificado, de mercancía o maquinaria prescindible. Su avería como fuerza trabajadora, la enfermedad que ha padecido, la convierte en sospechosa de ineficacia. Su ausencia ha demostrado que la eficiencia de los trabajadores no se ha reducido con su ausencia. Por lo tanto, por qué no reducir gastos reduciendo plantilla si el beneficio económico se puede mantener con menos trabajadores. Dos días, dos distintas actitudes. Los que se solidarizan y los que anteponen su supervivencia. Una noche, los márgenes en los que puedes desvanecerte en la oscuridad con escasa posibilidad de regresar a la luz. 'Dos días, una noche' (Deux jours, une nuit, 2014), de Luc y Jean Pierre Dardenne, abre herida en ese espacio en sombras que aún parece inmune a las invectivas que denuncian a los responsables de una desoladora y asfixiante circunstancia económica que cada vez sumerge a más de los que bracean y patalean para no hundirse mientras se agarran al uniforme que les hace sentir elegidos.
Las protestas se escupen a los que detentan al poder, pero no se incide con la suficiente contundencia en la corresponsabilidad de los esbirros, en la falta de solidaridad y necesaria unión entre los trabajadores. Siempre hay una excusa, una situación precaria en el límite de la supervivencia, los escasos ingresos, el mantenimiento de una familia. Unos ingresos seguros, aunque sea metiendo muchas horas extras, son la boya para mantenerse a flote, y no sucumbir a las mareas. La prioridad de la supervivencia puede desdibujar toda posibilidad de solidaridad con quien, en tu misma circunstancia, es arrojado a las inclementes aguas que se sienten como un abismo del que no es posible el retorno. No hay apuesta, no hay duda. Hay que apoyarse en la cabeza del otro para seguir en la inestable superficie. Sandra espera la decisión de sus compañeros en el aséptico espacio de la zona de descanso, entre máquinas que ofrecen alimentos envasados, como envasada es la vida de los trabajadores. Pero es un espejismo, no hay descanso, sino una pausa en un limbo antes de retornar al infierno.
En 'Dos días, una noche', predomina la luminosidad, pero sangra con ese cuerpo que se desplaza tembloroso, tan exhausto, y dolido, que quisiera postrarse, abandonarse, como un fardo en silencio sobre la cama. Ese cansancio abre la narración, como un despegue que se inicia en un hundimiento. Un rostro que exuda pesadumbre aunque yazca con los ojos cerrados. Pero la amenaza del naufragio, y el apoyo de una compañera y amiga, y de su marido, logran que se propulse y busque en otras miradas, en otros gestos, en otras determinaciones que no quieran desaparecer en el uniforme, ese puente que no la distanciaría en la noche donde yacen los que desesperan porque no saben cómo poder pagar sus facturas o dar de comer a sus hijos. La oscuridad es temblor. Y Marion Cotillard lo cincela con soberanía. Podría pensarse que un rostro célebre podría interferir en el despojado realismo a ras de suelo que busca en su cuerpo el cuerpo herido de todos, o su fantasma, el fantasma de ese temor a ser otro que cae en los márgenes, el miedo de casi todos los trabajadores en esta sociedad que se agarran a lo que tienen como si fuera ya su única o última oportunidad de sobrevivir. Se ha inoculado ese miedo como una infección, y resulta letalmente eficaz. Aunque quizá no se haya propagado tanto, porque hay quienes sí reaccionan, quienes pueden despreciar el anzuelo disfrazado de exquisita zanahoria, y enfrentarse a la voluntad de los que deciden y determinan.
El rostro de Marion Cotillard dota de una doliente densidad que se extiende como un grito sordo, a través de un sinfonía de matices en la expresión de un cuerpo que parece en un permanente filo de desplomarse, y desistir, de una mirada que es súplica de intemperie que anticipa una negativa, y de gestos que parecen disolverse. Los labios tiemblan, las palabras, que repite a unos y otras, le pesan, y las proyecta como si la gravedad las aplastara. 'Dos días, una noche', quizá la obra más equilibrada de los hermanos Dardenne, es un revulsivo para desprenderse de las vendas para los ojos en que se han convertido los uniformes, visibles o no, de los trabajadores indiferenciados a ras de movedizo suelo, y el relato de un cuerpo que no quiere desaparecer en su temblor, encarnado por la singularidad de una actriz en estado de gracia que logra ser el cuerpo de cualquiera que no quiere extraviarse en la noche entre el paredón de dos días que siguen pareciendo una división irreconciliable, el abismo luminoso que no se quiere mirar de frente para no asumir esa noche que se genera entre los privilegiados y muchos que sólo aspiran, o que creen que ya sólo pueden aspirar, a sobrevivir. Se estrena el 24 de octubre

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