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martes, 7 de octubre de 2014

El árbol del ahorcado

Resulta fácil encontrar remedios para curar los daños oculares superficiales, pero no para sanar los internos, desespera el doctor Frail (Gary Cooper), en la excepcional 'El árbol del ahorcado' (1958), de Delmer Daves, porque quiere sanar la ceguera que sufre, y que sabe que no es irremisible sino provisional, Elizabeth Mahler (Maria Schell), por las quemaduras causadas por el sol al que estuvo expuesta durante tres días. Hay otras quemaduras y cegueras, aún más internas, en las emociones, actitudes o dificultades de discernimiento, que condicionan y dominan a los personajes. Y hay cegueras que pueden conducir al abismo. Cuando el doctor Frail está convencido de que puede haber mejoría en los ojos de Elizabeth, la deja en el borde de un precipicio y le dice: 'Si abres los ojos y miras, verás las cosas como son. Ahora, te dejaré aquí. Estás al borde de un precipicio. No te aconsejo que vayas por la vida con los ojos cerrados'. Ambos son recién llegados a ese pueblo minero habitado por buscadores de oro. Son dos extraños que alterarán en distintos grados el curso de la vida de ese pueblo. Ella ha sufrido un accidente de la diligencia en la que viajaba, tras desbocarse los caballos por causa del asalto que sufren. Y alterará con su belleza a quienes no saben contener su deseo desbocado. Él se convertirá en un accidente que afectará de modo más radical la rutinaria vida de los habitantes. Frail es una figura enigmática, difícil de enfocar y comprender, quizás contradictoria, quizá paradójica. Quizás escindida, desde luego diversa. Es doctor pero también jugador, y pistolero particularmente hábil.Su mismo nombre no es real. Frail, fraile, alude a la vida que ha adoptado, a su condición de figura eremita, y a la condena a la que a sí mismo se ha sometido, una sombra errante, sobre cuyo incierto pasado se cierne el relato de un incendio y dos muertes.
Ayuda al joven Rune (Ben Piaza), herido cuando es perseguido para ser linchado tras haber sido sorprendido robando oro a uno de los mineros de la zona, Frenchy (Karl Malden), pero le obliga a que sea su ayudante si no quiere que le denuncie. Posee la bala que le puede incriminar. Rune fluctuará entre la rabia y la admiración por cómo realiza su labor, entre el resentimiento y la curiosidad por su enigmática figura que resulta escurridiza, como una sombra huidiza. Es benefactor, pero también, a ojos de Rune, parece un carcelero. Elizabeth se sentirá agradecida por la cura de sus ojos, incluso sobrepasando cierto límite en el que se confunde o quizá conjuga ese agradecimiento con la atracción amorosa, porque puede ser mera transferencia como una conexión perfilada con claridad cuando se atreve a mirar frente a un precipicio, como en cierta medida parece el incierto Frail. Pero no entenderá su distanciamiento, como un tajo que abriera un muro invisible entre ambos, como una negación, cuando ya deja de ser su paciente. En esa figura oscura se entremezclan la generosidad y cierto afán de control de las vidas ajenas que provoca rechazo, como cuando no es capaz de prever las reacciones que pueden propiciar en las mentes mezquinas del pueblo el hecho de que le ayude financieramente, de modo secreto, en la explotación de una mina. Esa mezquindad, la de las miradas que se ofuscan por la obtención de oro o por el deseo de un cuerpo femenino, o por el fanatismo religioso o por la rígida moral que estigmatiza, o por esa voracidad de aniquilación del otro reflejada en el fiero del impulso de linchar, se corporeiza como el contrapunto del ras de suelo elemental de las pulsiones con respecto al aura por encima de las pasiones y más allá del bien y del mal, como si fuera un juez, de Frail.
Se espacializa esa diferencia en la situación en las alturas de la casa del doctor, y abajo el pueblo del asentamiento minero. Aunque quizá las distancias tampoco sean tan marcadas, y sí difusas. En el otro extremo, aquel en el que no fluctua la ambivalencia, la combinación de lo siniestro y la santidad, sino la bruta elementalidad, Frenchy codicia el cuerpo de Elizabeth, e insiste repetidamente en su asedio, con la mirada encendida y avasalladora de deseo (esa mirada fébril, obscena, que incomoda la misma Elizabeth), hasta que las balas del doctor lo acribillan, precisamente, al borde del precipicio, al que arroja su cadáver. Frenchy no ve a Elizabeth sino a un cuerpo, como los linchadores ven a un infractor, ese círculo del instinto ciego en el que parece atrapado el ser humano, como parece reflejar la misma estructura de la película, ya que en sus primeras secuencias hay un intento de linchamiento y finaliza con otro, el de la figura que aparece las secuencias de apertura, Frail, una auténtica aparición en el sentido de lo fantástico, ya que a esa figura vestida de negro parece envolver cierto halo siniestro. Una figura imprevisible que puede estar dispuesta a enzarzarse en un pelea como a no atender de inmediato a Elizabeth, cuando le comunican que la han encontrado, porque está velando a una mujer que agoniza, una mujer, como él apunta, de la que nadie parece haberse preocupado en su vida, como una mujer no vista, invisible. Su atención le otorga el homenaje de la visibilidad aun en el momento de su desaparición.
Su sentido de la justicia, por otro lado, parece rondar la voluntad de dominio, como quien se arrogara la condición de juez divino. Ayuda y cura pero por ejemplo no comparte con Rune que la primera noche tira la bala que podía incriminarle porque lo hace para protegerle de su impulsividad juvenil que podría poner en peligro su vida. Se oculta en sus decisiones, y suscita imprecisas interpretaciones. Sus métodos pueden parecer ambiguos, a veces extremos, en otras un tanto implacables, aunque su finalidad no sea egoísta. Si los demás pueden incurrir en error de juicio, él no está exento de poder incurrir en erróneos medios. Sus actos, sus decisiones, incluso sus juicios, también pueden pender sobre un precipicio, en parte por dificultad de comprensión y discernimiento de los demás, en parte por su distanciamiento, como también le marca aún la quemadura de aquella tragedia del pasado, cuando el fuego de las pulsiones le dominaron, cuya huella probablemente aún ofusque su forma de relacionarse con los demás, como si en parte fuera espectro y en parte alguien que se distingue tanto de los demás que puede parecer o ser arrogante.
Puede mirar desde las alturas, desde el borde de un precipicio, quizá tener la capacidad de ver las cosas como son, como quien sabe cómo intervenir para ayudar pero también para condenar, como cuando se enzarza en una pelea con Frenchy tras el primer amago de asalto sexual a Elizabeth que él interrumpe, pero también el abismo puede precipitarse sobre él, y convertir al que es o parece juez en ajusticiado. El que ayudaba, y ejercía de salvador pasa en convertirse en alguien que también necesita ser ayudado y salvado, algo de lo que no era consciente, alguien que tiene que morir, aunque sea sintiendo en su cuello la soga con la que puede pender sobre el vacío, para poder vivir. Ya no en la distancia, sin remarcar elevaciones ni abismos, ya no separado del resto en las alturas, sino en la misma linea de horizontes de mirada, esa en la que los extraños se reconocen y deciden conjugarse en la proximidad, mirada con mirada. Así se desprenderá de esa sombra en la que se había envuelto, en la que se protegía, como un muerto en vida, quizá preso de la culpa y pesadumbre que creía purgar entregado a los otros. El árbol del ahorcado será su liberación.
La estupenda canción compuesta por Jerry Livingston, con letra de Mack Davis, y cantada por Marty Robbins que se escucha durante los títulos de crédito iniciales como, ya con resonancias catárticas, en la bellísima conclusión.

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