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viernes, 9 de mayo de 2014

Pit stop

Relaciones rotas, emociones en transición, distancias en la proximidad. Las parejas se han disuelto, pero aún conviven juntas. Se encuentran en la fase de la parada de boxes, a lo que alude el título original de esta estupenda obra, 'Pit stop' (2013), la cuarta del cineasta malasio Yen Tan, afincado en Estados Unidos desde los 19 años, quien co escribe el guión con David Lowery, el director de 'En un lugar sin ley' (2013). Dos líneas narrativas separadas, que convergerán en los últimos pasajes. Una narración que asemeja al esforzado despegue emocional de unos personajes que antes deben desprenderse de unos cuantos lastres. Los personajes están en fase de reparaciones y ajustes, se sienten en la intemperie, como animales abandonados. Sus emociones repostan mientras asumen lo que se ha roto, lo que se ha perdido, y lidian con la interferencia de los fulgores de lo vivido y compartido. Deben asimilar lo que ya no puede ser y desprenderse de los fantasmas de la plenitud pretérita. Porque, a la vez, tantean el horizonte en busca de un cambio de conductor en su vida sentimental. Pero la presencia del pasado, aunque el vínculo se haya deteriorado, o perdido su fulgor, lastra la posibilidad de volver al circuito sentimental. Se crean conflictos, cortocircuitos, en el que las emociones pierden el paso, porque aunque no se quiera crear un futuro con quien aún convives, el pasado irrumpe como una interferencia, cuando menos para propiciar extrañeza.
Gabe (Bill Heck) convive con Shannon (Amy Seimetz), porque tienen un hijo aún pequeño. No son pareja, pero viven como tal, aunque con la particularidad de que uno y otro tienen sus citas, lo cual crea esas situaciones de extrañeza, como cuando viene Winston (John Merriman) a recoger a Shannon para una cita . En Gabe brota el pasado como un intruso, en respuesta a la sensación de estar ante otro intruso, alguien que toma su relevo como conductor en el coche para seguir la competición. Del mismo modo que brota la ternura, cuando ella retorna tras la cita, como quien ha cruzado un campo minado de emociones que aún no sabe cómo articular de nuevo, un desbordamiento de embriaguez, deseo y emociones que han avasallado a Winston, alguien que es aún un iletrado con el lenguaje del deseo, que aún no sabe ni besar y se asusta si tiene que realizar sexo en un lugar público. En el abrazo de Gabe reencuentra el abrazo del hogar, el sosiego de los temblores tras la tormenta que ha sacudido sus entrañas, como una niña que quería volver a dar sus primeros pasos con su cuerpo, y se ha tropezado y magullado. Gabe, por su parte, en su reajuste, tiene una doble lid, ya que su preferencia se dirige hacia los hombres, y en un pueblo de Texas no es algo que todavía se pueda manifestar abiertamente. No se puede pensar en besar a otro hombre en plena calle. Gabe se cita con Les (Corby Sullivan), quien aún añora al hombre con quién mantuvo su última relación. Aún espera que ese pasado vuelva a ser presente; Les está en tránsito, por eso aún no puede conversar con otros cuerpos, porque aquel cuerpo aún lo tiene en su piel.
En la otra linea narrativa, Ernesto (Marcus de Anda) soporta con más dificultad la convivencia con Luís (Alfred Maduro), cuya marcha está anunciada desde hace tres meses, pero se ha demorado. Y la superficie no evidencia las agitadas corrientes interiores. A Ernesto le cuesta convivir con la continua presencia de aquel cuerpo con el que sabe que no hay futuro y que le remite a un pasado que fue sueño de posibles. Y el deseo que vibra en las evocaciones, y la frustración, abrasan las entrañas de Ernesto, y dificultan la serenidad de esa transición. A lo que se añade que su anterior pareja esté en coma. Le visita, y lee, pero no puede evitar reprocharle, entre lágrimas, que aquel por el que rompió su relación no le esté visitando como él. Hay pasados de los que cuesta desligarse, que te abocan a un estado en coma, como si no lograras despertar para poder amar de nuevo. Los cuerpos que fueron deseados, pero ya son distancia, tienen que desaparecer, alejarse, para encajar y tragar las lágrimas que aún brotan con las fotografías de los momentos compartidos o la voz que por fin se separa y tiene que afrontar una nueva ruta, un nuevo circuito sentimental. Porque, en ocasiones, más que la pasión o el deseo o el amor, lo que más engancha es el hábito.
Hay un hermosísimo detalle que se revela en el encuentro final entre Gabe y Ernesto. Gabe recogió su perro de un cubo de basura, donde alguien lo había tirado junto al resto de la camada. Creyó que no sobreviviría, pero sí, y se ha convertido en esa compañía que sabe cuándo la pena te supera, porque quien querías no desea nada de ti, y se acerca porque escucha tus sollozos y deja que la acaricies mientras su hocico intenta calmar tu pena. Y Ernesto tiene un gato blanco que un día que nevaba apareció en su jardín y desde entonces se quedó a vivir con él, y también acompaña sus despertares solitarios. Gabe y Ernesto se sentían abandonados, en la intemperie de sus emociones, pero se encuentran, y la conexión se produce, y se hace abrazo, despertar juntos, caricias. Ambos vuelven a conducir en el circuito de sus sentimientos. Un espléndida obra que no tiene visos de que se estrene. Se puede ver online. También a través de vías corsarias hay una versión subtitulada al castellano. http://lavideotecagay.blogspot.com.es/2014/01/pit-stop.html

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