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miércoles, 7 de mayo de 2014

Huellas de pisadas en la luna

Un sueño en el que un hombre es abandonado en la luna, para ser sometido a cierto experimento. O quizás no sea un sueño, o no sólo, quizás sea también el difuso recuerdo de alguna película en blanco y negro vista años atrás. Lo que Alice (Florinda Bolkan) no recuerda es lo que hizo los tres últimos días. O no sabe que no lo recordaba, hasta que le reprochan su ausencia en su puesto de trabajo como traductora. Hay una postal rota en cuatro trozos, con la imagen de un hotel en una localidad lejana, Garma. Alice es traductora pero le cuesta traducir la realidad, cuando menos la extraña trama en la que parece deshilacharse su vida. Viaja a ese lugar, esa isla, para recomponer los trozos de su realidad, una realidad que parece en fuga, como si estuviera constituida de islas separadas, y la confunden con una mujer pelirroja con otro nombre, Nicole. Quien se lo señala, es una niña, pelirroja, quien apunta que ella parece más amable que la otra. Hay una casa blanca que buscaba aquella mujer con la que la confunden. No hay rastro de ella, sólo una peluca roja, y papeles quemados, quizás la traducción de un texto de astronáutica, y un perro que la ladra como hacía con la mujer que le había golpeado, Nicole. La narración de la fascinante 'Huellas de pisadas en la luna' (Le ombre, 1975), de Luigi Bazzoni, autor de la también espléndida 'La mujer del lago' (1965), está puntuada por las incógnitas, y regida por la extrañeza.
Aunque más que narración, podría calificarse de inmersión. Podríamos estar en el interior de un sueño, dentro de un cuadro de Giorgio de Chirico, como evoca algún edificio con arcos abovedados en el espacio urbano donde vive Alice. Otros edificios transmiten sensación de opresión, espacios congestionados, quizá como la mente de Alice, quien quizá sigue las huellas de un fantasma que habita en su propia mente. Quizá se ha desgajado de su sombra ('le ombre', la sombra, es el título original), quizá su discernimiento esté borroso, como refleja la sombra de su figura, tras el cristal esmerilado, cuando se ducha en las secuencias iniciales. La narración hace cuerpo de la sensación de habitar otra atmósfera, en la que la realidad, sea el espacio urbano o ese lugar junto al mar al que viaja Alice, parece un lugar en el que las certezas parecen descomponerse. Una realidad no precisamente acogedora, como irradia la luz, cincelada exquisitamente por Vittorio Storaro, que parece encapsular el aire, el aliento.
Los personajes que rodean a Alice se convierten en incógnitas a las que Alice que dotar de vínculo, de nexo, cada uno de ellos son un mundo que abre fisuras de interrogantes. Son como piezas que hay que unir en un puzzle, o los trozos que hay que unir en la fotografía de la realidad, para comprender si esa realidad tiene que ver con ella, con algo que desconoce de ella misma. La realidad parece disolverse progresivamente para Alice. Como quien ya no sabe en qué planeta vive, mientras se esfuerza en buscar las huellas que corroboren su presencia. O quizás sea otra que ignora. O quizás ya no sabe traducir la realidad, ha perdido la capacidad de conexión. Quizá la realidad tiene demasiadas brechas, y los nombres se precipitan entre sus sombras e intersticios. Una secuencia que es un refinado ejemplo de cómo hacer de la narración composición musical.

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