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jueves, 21 de febrero de 2013

Siete psicópatas

 photo Seven-Psychopaths-Harrelson-Walken_opt_zpsd0fc6b50.jpg Siete enanitos, siete magníficos, siete maravillas del mundo. ‘Siete psicópatas’ (2012), de Martin McDonagh, no me parece una maravilla ni magnífica, pero entre las películas fallidas también hay categorías, las hay decepcionantes y las hay estimulantes, valga la paradoja, precisamente, con una película que se vertebra sobre paradojas en las que se acaba enmarañando. En ‘Siete psicópatas’ no aparecen enanos, que como bien se indicaba en ‘Vivir rodando’ (1995), de Tom Di Cillo, parecen, por recurrencia, una presencia cliché en las secuencias oníricas. Y cierto que algo tiene de sueño, o de delirio alucinatorio, ‘Siete psicópatas’, como una siniestra fábula solar donde los siete psicópatas, imaginarios o de viva de presencia, son como los siete enanitos de una Blancanieves que es, en este caso, un guionista, Marty (Colin Farrell), quien precisamente escribe un guión que se titula ‘Siete psicópatas’. No son seis personajes en busca de un autor, sino un autor en busca de siete personajes psicopáticos. Fábula también era la obra precedente de McDonagh, ‘Escondidos en Brujas’ (2008), cual variante de Hansel y Gretel en forma de sicarios asesinos, interpretados por Farrell y Brendan Gleason. Aunque allí la combinación asesinos, gangsters, psicópatas, delirio, humor, extrañamiento y fábula, funcionaba más armónicamente. Incluso, sí, aparecía un enano, que era actor, porque también había un rodaje de por medio, y disfraces de carnaval, porque ¿quién sabe cuándo se está en el escenario y cuándo no?  photo seven-psychopaths-still06_opt_zps987515c6.jpg Aunque quizá Marty, el guionista, sea como la carrolliana Alicia, ya que hay quien, con los rasgos de Tom Waits, porta un conejo blanco, alguien que viene desde el otro lado, el de lo siniestro, y que responde al anuncio en busca de psicópatas para compartir su pasado de delincuente que podría encajar en la denominación. Alguien real que parece un personaje ( o a la inversa). El otro lado no estaba en la ficción, sino en la propia realidad. También hay dos amigos, Billy (Sam Rockwell) y Hans (Christopher Walken) que pudieran verse como los gemelos Twedledee y Twedledoo. Dos delincuentes de poca monta que intentan ganarse la vida secuestrando perritos para luego sacar dinero con la recompensa cuando los devuelven (como Marty intenta dar forma a su creación, intentando no incurrir en los clichés, e incluso yendo a la contra: ¿Una historia con psicópatas en la que reducir la violencia y que transmita un conciliador discurso budista porque la solución no debe ser violenta?).  photo seven-psychopaths-img07_opt_zpseec7d96c.jpg El fragor de su creatividad se cortocircuita, como ambos delincuentes se topan con un delincuente de una división superior, Costello (Woody Harrelson), al que no sólo no le hace ninguna gracia que secuestren a su perro sino que reacciona desaforadamente, con la violencia como berrinche un tanto extremista. Llegará un momento en que sea difícil diferenciar ambos lados, la ficción y la realidad, el de la razón y la locura, como ambos delincuentes de poca monta se revelarán con una condición inesperada. Claro que en el trayecto, no carente de interés, se pierde la narración como si no encontrara las miguitas en la oscuridad del bosque para volver a casa.Por otro lado, la combinación, o la receta, puede evocar a la tabla del menú tarantiniano de los noventa que creó escuela, y muchos emuladores como si se reprodujeran por esporas. El mismo Tarantino acabó atrofiado en sus amaneramientos y ensimismamientos, idóneo caldo de cultivo para los compulsivos buscadores de referencias en las películas, como si la vida fuera una ubicua pantalla de cine. Aunque si en Tarantino resulta cargante tanta acrobacia formal y referencial sostenida sobre la nada, o la insustancialidad, en McDonagh resulta estimulante su planteamiento, aunque el resultado sea insuficiente.  photo seven-psychopaths06_opt_zps02650f07.jpg En su anterior película lograba crear su particular universo, y además dotado de un vibrante lirismo, que reflejaba que sus entrañas se nutrían más que de juegos formales o postmodernos de una tradición literaria, de las raíces de la fábula o cuento, esa que hace fructífera singladura del extravío en el oscuro bosque de la realidad mientras nos preguntamos cómo volver o hacia dónde vamos. ‘Siete psicópatas’, en cambio, parece algo más desmañada, como si le faltara cohesión, como si el autor compartiera sus tanteos y bosquejos sin aún lograr dar forma a un conjunto. Como si asistiéramos a un ensayo, a un cúmulo de borradores con los que la mente materializa en la pantalla sus interrogantes y las diversas posibilidades o direcciones con las que trabajar. Sí, puede que la realidad se mute, como en los sueños, y sus fronteras sean difíciles de discernir, como las propias personas. Pero su descentramiento narrativo, tanto por sus excursos en la imaginación, los de la mente creadora, no sólo de Marty, y sus saltos de perspectiva de un personaje a otro, acaban propiciando cierta dispersión.  photo seven-psychopaths4_opt_zps21cad961.jpg También, como la obra anterior tiene un corte o giro radical, como si se cambiara el paso a mitad de carrera, en su proceso narrativo. Allí lo era por una revelación, no eran dos sicarios enviados a Brujas para realizar un trabajo que aún no sabían cual, es que a uno le habían encargado que matara al otro. Aquí Marty y sus dos amigos se dirigen al desierto, porque el mismo Marty en su guión también ha decidido que los personajes se dirijan al mismo como si se huyera de la violencia, porque la resolución tiene que ser pacífica. Como si sólo apartándote de la realidad lo consiguieras. Pero los clichés les persiguen y les alcanzan aunque intenten desembarazarse de ellos en una extraña ceremonia de indefinición. La paradoja puede resultar muy sugestiva, como los juegos metanarrativos, pero en este caso no acaba de funcionar, o de expandirse, quedándose en pretensión, en destello excéntrico que no acaba de desprenderse de los clichés o de las referencias que quiere cuestionar sin dejar de jugar con unos y con otras. Subversión y respeto acaban enmarañándose en su forcejeo.  photo Seven-Psychopaths-Images-09_opt_zps7a499288.jpg Todo parece a punto de brotar, como una interrogante que no acaba de pronunciarse, o definirse, y se queda en amago, como la doliente sombra lirica que aposenta la muerte de la mujer que ama el personaje de Hans. No deja de ser sustancioso el planteamiento del juego entre realidades e imaginación, como la revelación, en el desierto, fuera de los escenarios convencionales, de que la realidad es una conjugación de dolor y sinsentido, en paralelo a la revelación de la real condición de sus dos amigos: que Hans sea quien dote de cuerpo o realidad a un relato, el de uno de los psicópatas que le había comentado su amigo Billy. O que éste sea el psicópata enmascarado que asesina a dos gangsters, interpretado por un tipo serio, Michael Stulhbarg, y el fantasma de Kurt Cobain, Michael Pitt (ambos presencias en Bpardwalk empire), en la secuencia inicial, resuelta con un excelente uso de la profundidad de campo. Aunque evoque a cierta secuencia de Zodiac, no se asienta el malestar o el extrañamiento. Se dilata en la narración, sin resolverse, el desconcierto, que no acaba de sembrar algo más que destellos singulares orquestados con pericia, pero sin que se eleve al sustancioso territorio de la irreverente paradoja y de la poética del extrañamiento.

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