na sospecha: ¿y si
esta enfermedad hubiese llegado para salvarme de lo que me imponía hacer, a lo
que no me atrevía a negarme? ¿ Y si fuese la rebelión contra una yo que me
obligaba a ir adonde no tenía muchas ganas de ir? En cierto pasaje de Aún no se lo he dicho a mi jardín (Errata
naturae), la escritora italiana Pia Pera (1956-2016), reflexiona sobre una
película que le ha impresionado particularmente, la notable Miel (2013), de Valeria Golino. La
dedicación de la protagonista, Irene (Jasmine Trinca), o Miel para su labor
clandestina, es la eutanasia asistida. Suministra la sustancia que propicia la
muerte a los enfermos terminales que desean morir, a
quienes tienen una vida postrada, mental o corporalmente, y desean abandonar
una vida que no sienten como vida, sino como prisión y tortura. El pasaje que
impresiona sobremanera a la escritora es aquel en el que Irene se obceca en intentar
disuadir a un hombre de que su propósito de matarse porque ha perdido el
apetito por la vida. El cuerpo se corrompe, pero también puede corromperse el
ánimo. A Pia Pera le habían diagnosticado una enfermedad terminal. Todos
podemos morir en cualquier momento, pero ella ya sabía que tenía el tiempo
contado, y que su cuerpo se iba a degradar lentamente, perdiendo
progresivamente la capacidad de dominio y convirtiéndose en un ser dependiente.
¿Cómo confronta el ánimo una circunstancia inexorable como una muerte anunciada
y su gradual proceso de deterioro? El jardín adquiere la condición de reflejo y
contrapunto. Es ella y es la vida. Lejos
de verme como la persona de la que depende el bienestar del jardín, me sé
expuesta a las circunstancias, vulnerable. Si el jardín había sido el lugar
donde contemplar la metamorfosis y la transitoriedad, ahora la aceleración de
la corriente me obliga a darme cuenta de que a mí también me arrastra. Ya no
soy una observadora externa, alguien que dispone y administra. Yo también estoy
a merced de lo que ocurre. Esto inspira un sentimiento de hermandad con el
jardín, agudiza la sensación de formar parte de él. Igual de indefensa, igual
de mortal.
Pia Pera se plantea si la enfermedad la ha contraído por una
culpa, como si de modo retorcido hubiera sido la causante, porque resulta
difícil asumir la aleatoriedad en la que nos desplazamos como figuras expuestas
a lo incierto e imprevisible. Pia también se pregunta cómo le gustaría vivir si
volviese a estar bien. Como nosotros, en nuestro presente, con respecto al
Covid. ¿Queremos simplemente que todo sea como antes? ¿Queremos vivir con la
misma actitud? ¿No hemos aprendido nada y solo deseamos que concluya esta
interrupción pasajera de la normalidad? Pia, en cambio, lúcida, mira al pasado
y contempla a una extraña. Se pregunta por qué era como era, por qué actuaba
como actuaba, porque su visión de la vida se sustentaba en ignorar,
convenientemente, ciertas evidencias para proseguir esa marcha de engranaje en
pos de un propósito tras otro, de una ambición tras otras como si la vida fuera
una cinta corredera continua.
La
debilidad me inspiraba miedo y repulsa. La debilidad de todo tipo. Quizá por el
placer salvaje de la rapidez fulmínea, de la eficiencia, del buen
funcionamiento. Había que alejarse de quien era lento, incapaz o inepto como de
la peste. La vulnerabilidad irreparable confronta con la empatía. Uno es
parte de todo. Y todo es finito. El mundo, la vida, no gira alrededor de una.
Hay múltiples ángulos o formas de vivir, como de comunicarse. No sólo con
cualquier otro congénere, sino con cualquier ser vivo, con su querida perrita Macchia o las plantas:
La inteligencia de las plantas, que se huelen unas a otras: emitir
olores es su forma de comunicarse. Cuando percibimos las fragancias que surcan
el aire, en realidad estamos escuchando, sin entenderlas, las conversaciones
ente plantas, entre plantas e insectos, entre plantas y pájaros y otros
animales, nosotros incluidos. El mundo es muy grande, pero se pierde
demasiado tiempo viviéndolo desde la restringida parcela del ombligo. Por eso,
Pia se pregunta si realmente ha vivido, si ha disfrutado del potencial de
experiencias que posibilita la vida. Corremos de un punto a otro, o ya de una
pantalla a otro, y los procesos, y la duración de lo que se vive, son meros
trámites.
Moverme con lentitud y
concentración me ha enseñado a sincronizarme con la longitud de onda necesaria
para percibir sensaciones que antes atravesaba a toda prisa, concentrada en un
objetivo y apartando todo lo que pudiese distraerme.Pia Pera se pregunta si ese personaje que perfiló, que todo
lo parecía tener tan claro, si era realmente una concreción, una certeza, o era
una ilusión, una imagen que se había creado sobre sí misma. Si se había
adaptado, de modo inconsciente, a un molde predeterminado.
En un retiro, el maestro de la meditación nos dijo: <<Aceptad
que sois algo indefinido>>. Estamos apegadísimos a nosotros mismos, a una
idea del yo separado del resto, con una personalidad inconfundible. Su vivencia de un presente que sabe con
fecha de caducidad le hace vivir y sentir el presente de un modo más inmediato
y concreto, sin puntos de fugas de prospectivas, proyecciones o expectativas.
Eso representa la presencia del jardín
: El
regazo en el que paso estos días (…) aceptando con calma que somos algo
minúsculo e indefinido, una morita en el paisaje. Pia Pera se contempla en
el reflejo de la muerte de Lou Reed, o en las palabras de su esposa, Laurie
Anderson, presente en el momento de su muerte:
en mi vida he visto una expresión de asombro tan plena como la que
tenía Lou mientras moría. Y también en los últimos meses de vida del
cineasta Derek Jarman que vivió un parecido trance, con otra enfermedad
terminal, cuando contrajo el sida. También él, en ese periodo, se fascinó, como
si fuera su nueva pantalla, o la pantalla de la revelación, con los jardines.
Como si el propio universo en el que ya no
es capaz de actuar se hubiera convertido en el más amplio jardín. (…) porque en
el jardín se cumplen ciclos de resurrección. La presencia de jardín, la
imagen del jardín, la metáfora del jardín, es tanto la asunción de la finitud,
el apoyo en el último coletazo de la ilusión de la resurrección y la
comprensión serena de la certeza que alumbra y deslumbra: la belleza de la
naturaleza en sí.
Ahora todo es simple y
pura belleza. Me fijo por primera vez en el negro de humo, un negro casi puro y
muy raro en la naturaleza, de las yemas aún cerradas del fresno; me fijo en el
verde reluciente de las ciruelas pequeñas, compactas, que aún no amarillean.
Veo una infinidad de detalles que transmiten alegría y al mismo tiempo inspiran
una suerte de abatimiento ante tamaña belleza, pero también paz. Es una
cuestión de asumir nuestra indefinición, que implica que somos todos y uno, que
estamos conectados con el resto de materia viva. Pia evoca a Kukkuripa, uno de
los ochenta y cuatro mahasiddha del budismo tibetano. Practicó durante doce
años el tantra, con la única compañía de un perro, que había encontrado
abandonado. Fue transportado a
los paraísos
sensuales de los dioses, donde cada placer, por pequeño que sea, procura un a
dicha infinita. Pero se acordó del perro, solo. Y decidió volver con él. Volvió
con el perro. Esa fábula provee la enseñanza de la superación de las
tentaciones del paraíso y cómo aunar compasión e intuición en la perfección del
mahamudra. Nosotros (los que podemos) nos resistimos a dejar de disfrutar de
este paraíso de extensiones tecnológicas. Las jaulas de nuestros egoísmos.
Nuestra adicción al control. Si podemos disfrutar de lujos ¿Por qué renunciar a
esa posibilidad? Nos hace sentir que somos algo o alguien aunque seamos meras
sombras virtuales.
Estar a merced de un
flujo que no controlo es como aceptar que somos indefinidos (…) Me veía yéndome
a vivir en un bosque y alimentándome de bayas y raíces. ¿Por misantropía? ¿Por
desconfianza hacia los seres humanos? No creo. Más bien por mi inclinación a
saborear la alegría muda, queda, del silencio, de la contemplación. Las
riquezas invisibles.
Maravilloso, quienes amamos la naturaleza y sus misterios nos sentimos plenamente identificados con Pia
ResponderEliminar