
Raíces y desfiguración. Un espacio que
es dentro y a la vez fuera de un entorno urbano. Una extensión que
es a su vez otredad, en cuanto pasado y posibilidad. Un último
resquicio de lo natural en un escenario urbano que se define por la
apropiación. Vallbona, el buen valle, un barrio periférico de
Barcelona, es huella de un pasado, de una raíz que se ha ido
desfigurando. Un sentido de la comunidad que las sucesivas
transfiguraciones del espacio, con las construcciones de autopistas y
altos edificios, decorado de las prototípicas ciudades dormitorios,
fueron desfigurando. Los planes de otras programaciones de
modificaciones del espacio se sienten como amenazas, sobre todo
porque no tienen en cuenta lo que quiere la comunidad, sus reales
necesidades. Eso les afecta más que la progresiva llegada de
personas de diversas procedencias, de variadas zonas del planeta, que
se han ido integrando, como reflejan esas congregaciones en el
espacio del agua, el río, aunque estén prohibidas por la ley, otro
ejemplo de cómo se amordaza un modo de vida y comunidad, de contacto
con la naturaleza y con los demás.

Este valle es un espacio en el que los
trenes pasan pero no se detienen, como contraste con los de las
películas de Yasujiro de Ozu, o los de tanto westerns en los que se
espera la llegada de un tren. Un espacio en el que las aguas eran más
hondas y las mujeres africanas ensayaban con sus instrumentos de
percusión. Un espacio en el que se transmite cómo las margaritas ya
secas disponen de semillas que se pueden desperdigar para que
germinen nuevas flores. Un lugar, pues es un lugar, en sentido
handkiano, en el que los distintos ciudadanos, en especial los
ancianos que conocieron aquella comunidad seminal décadas atrás,
evocan el pasado . O cómo añoran a aquellos con los que
compartieron vida. O cantan, como en las películas de John Ford, con
júbilo pero también con tristeza. A través de ese lazo comunitario
Historias del buen valle (2025) se engarza con otra película
pretérita de Jose Luís Guerin, Innisfree (1990), una de sus
grandes obras, junto a Tren de sombras (1997) y, en especial,
En la ciudad de Sylvia (2007).
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Una mujer traslada árboles para
replantarlos en otro lugar, y es observada a través de las ventanas
por otros cuyas miradas añoran y a la vez buscan sentir la raíz en
su vida, que no sea apropiada por esa voraz mentalidad que carece de
todo principio social. Todos y cada uno de ellos, sea cuál sea su
procedencia, ahora parte de una comunidad, disfrutan juntos de ese
pequeño reducto de agua, aunque tengan que salir corriendo si ese
fuera de campo en forma de uniforme irrumpe para remarcar ese cerco
de realidad en el que les han confinado, aunque, paradójicamente, se
haya convertido ese espacio comunitario, ese valle, o barrio, en el
último reducto de singularidad natural en las lindes del escenario
de una gran urbe y, por lo tanto, preciado oasis del que apropiarse
para reconfigurarlo según un molde que implica desfiguración de una
raíz o de habitar una realidad con raíz. Así el eco de los
tambores dejará de sonar en el agua.