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Mostrando entradas con la etiqueta John Carpenter. Mostrar todas las entradas
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viernes, 21 de abril de 2023

Tin & Tina

 

Tin & Tina, opera prima de Rubin Stein, variación extendida de su cortometraje homónimo del 2013, pretende ser una película de terror y una metáfora sobre el inacabado proceso de transición de nuestro país. La acción dramática acontece en 1981 (en la década de los ochenta también acontecen otras obras de terror reciente como La niña de la comunión, de Víctor García, y Fenómenas, de Carlos Theron), y comienza con una boda, entre Lola (Milena Smit) y Adolfo (Jaime Lorente), que culmina con una mancha de sangre en el vestido de la novia y la notificación de que no podrá tener hijos. La pareja, en particular por la insistencia del marido, al ver como ella se ha quedado devastada (como si hubiera quedado anclada en su desgracia), decide acudir a un convento para realizar una adopción. Pese a la inicial renuencia de Adolfo, se decantarán por Tin (Carlos González) y Tina (Anastasia Achikhmina), dos hermanos gemelos de siete años, de rubio pelo, con diseño semejante a los de los niños alienígenas de El pueblo de los malditos, sea la versión de Wolf Rilla de 1960, y su secuela, Los hijos de los malditos (1963), de Anton Morris Leader, o la de John Carpenter en 1995, porque Lola verá en su desvalimiento (cuando les escuche decir que nadie les quiere) el reflejo del propio. Ambos niños representan esos residuos de la dictadura. Son dos niños con un remarcado sentimiento religioso (decoran la casa con crucifijos y demandan que se realicen las correspondientes bendiciones antes de comer). Parecieran representar las sombras camufladas con luz de la pesadumbre de Lola, quien ya no cree en dioses, dada la desgracia que ha sufrido. Ambos niños a su vez representan el quiste sebáceo de esa sociedad clasista que representa el propio marido, con su lujosa mansión, su dedicación con vestuario uniformado y sus aún inmarchitables convicciones religiosas (a diferencia de Lola, quien piensa que un niño no tiene que ser bautizado, sino que él decidirá cuando crezca, él piensa, como los niños, que sí).

Tin & Tina no se desprende de una de las convenciones más manidas, y por ello irritantes, del género. Si hay una mascota de por medio, en este caso un perro, ya se prevé que será la primera víctima. Al menos, Stein plantea las secuencia con cierta voluntad de buscar soluciones formales al menos elaboradas. La cámara encuadra al sofá tras el que se le ve a ambos niños que realizan la correspondiente mutilación al cadáver del perro; a la mañana siguiente, desde el ángulo opuesto la cámara encuadrará en primer término a Lola contemplando en primer término al cadáver, y en segundo término al marido; en el siguiente plano, cenital, se verá a Lola abrazada al cadáver, y se realiza una transición a otro plano cenital de la tierra en la que se está terminando de sepultar el cadáver. Son soluciones de puesta en escena que evidencian un esfuerzo por intentar dotar de significado expresivo a la puesta en escena: en la secuencia de apertura, la cámara desciende desde los alto de la iglesia para encuadrar a ambos contrayentes, pero el movimiento concluye en Lola, quien será el conductor emocional de la narración, como si esta fuera la transposición de sus pesadillas tras sufrir la desgracia (no hay sentido sino enajenación y aleatoriedad).

La secuencia climática es un largo plano secuencia que sigue a Lola por las diversas estancias de la casa, y en la que se juega con la incertidumbre del fuera de campo, que se amplifica a lo que puede ser o no que colinda con lo que se quiere que sea o no. Lástima que ese voluntarioso esfuerzo de estilo no encuentre correspondencia en la necesaria consecución de una atmósfera siniestra. La narración adolece de turbiedad o inquietud incluso en las secuencias más tensas, aunque esté planteado con cierta eficacia de montaje alterno, pero más bien como un engranaje que se aplica a un patrón. En las últimas secuencias otras imágenes televisivas muestran la subida al poder del PSOE, y a Felipe González aludiendo a los sacrificios que harán por el país. O la aparente transición que no se culminó dado cómo la España profunda, o los lodos de la dictadura, se camufló bajo otras apariencias, como también se expuso en La isla mínima (2014) y Modelo 77 (2022), ambas de Alberto Rodriguez, o en la serie Feria: la luz más oscura (2022), creada por Carlos Montero y Agustín Martínez. Es lo que la conclusión de la narración plantea, la negación camuflada tras la enajenación que se sustenta en la necesidad de que la realidad sea como se prefiere que sea.

jueves, 15 de julio de 2021

Videodrome

                       

Después de todo, no hay nada real más allá de nuestra percepción de la realidad ¿no es así? Afirma, pregunta, un personaje de Videodrome (1983), de David Cronenberg, cuyo apellido es O'Blivion (Oblivion/Olvido). Afirmación e interrogación que no dejan de ser eslabones o camuflaje de una aviesa actitud sugestionadora que propulsa una realidad/representación en la que lo real y la simulación, lo presente y lo virtual son difíciles de discernir (de hecho, ese mismo personaje, que interviene en un programa de televisión, está ya muerto: su intervención es una grabación en video). La mordacidad de la interrogante que abre fisuras en los cimientos de lo instituido como realidad, como si se rasgara los ropajes del hábito para mostrar la desnudez del escenario, de las bambalinas tras los forcejeos entre rutinas y rituales, no deja de tener, en este caso, un substrato manipulador. Responde a la conveniencia. Las voluntades se pueden mediatizar, condicionar, sugestionar. Realidad programada, la nueva carne. Paradojas; el creciente anhelo de experiencias extremas que superen y transgredan los límites, sumen en una hipertrofia de la virtualización. Abrasas tu piel, la fustigas, buscas el dolor, la tortura, la crueldad y el sufrimiento, para sentirte más presencia, y te sumes en la enajenación, en la hipertrofia de la escenificación. Eres personaje, rol, pantalla. Desgarras tu cuerpo para convertirte en una imagen, una proyección, una entidad en la que ficción y lo real se fusionan, se confunden.

Un año antes, en 1982, en Blade runner (1982), de Ridley Scott, unas criaturas creadas con fecha de caducidad, los replicantes, se rebelaban contra su creador. La rudimentariedad del humano (que nada se cuestiona y simplemente cumple su función), representada en el personaje de Deckard (Harrison Ford) contrastaba con la excepcionalidad de quienes eran unas réplicas pero ponían en cuestión su condición, función o limitación (la conforme intercambiabilidad de la inconsciencia, la disidente singularidad de la consciencia: por eso, la mirada, los ojos, cobran tanta relevancia en la narración). Reflejos, réplicas, proyecciones. La condición anodina del espectador, la condición excelsa de la proyección o reflejo. Posteriormente, en Están vivos (1988), de John Carpenter, gracias a unas gafas especiales se podía advertir que la realidad no era cómo parecía, sino que la percepción estaba manipulada, mediatizada. Tras los anuncios de las vallas publicitarias se ocultaban mensajes subliminales, como había rostros que no correspondían con los atributos reales de unos seres que habían establecido su dominio controlando las voluntades, presentando la realidad a su conveniencia. No dejaba de ser una mordaz metáfora, como la de la obra de Cronenberg, con respecto a una década en la que se acrecentó y acentuó, por el desarrollo de las nuevas tecnologías, la posibilidad de la manipulación a través de los diversos medios, lo que, entre otros aspectos, acrecentaba la enajenación, la progresiva incapacidad de distinguir lo real de la simulación, como la adicción a ese estado de embriaguez, entre la alucinación y deriva que suponía una fuga de la insatisfactoria y entumecedora realidad, sin advertirse que podía utilizarse como recurso conveniente de domesticación, de conveniente embrutecimiento a través de la descarga de estímulos que liberaran y satisfacieran emociones primarias. La pantalla se convertía en sumidero. Un enganche que, con el paso de las décadas, se ha sofisticado, convirtiéndonos en encadenados sumisos de pantallas de un modo más retorcidamente elaborado y efectivo.

Max (James Woods) tiene poco de resistente sublevado, no es como los replicantes, o como los que se enfrentan con las gafas de la percepción adecuada a los extraterrestres. Es un esbirro del sistema, un productor de televisión que busca para su cadena el producto competitivo más eficaz, aquel que pueda atraer a más espectadores a su cadena. Su seña de identidad es el sensacionalismo, la imagen que sacude y electrocuta la atención. Busca la imagen impacto. Y las apuestas suben cuando le revelan unas escurridizas imágenes piratas  de incierta procedencia que unen sexo y violencia de modo extremo. Max busca imágenes no porque representen lo real, o la realidad, sino imágenes que parezcan reales a la par que sean recreaciones de emociones y situaciones extremas, fuera de lo habitual y lo cotidiano; imágenes que capten la percepción de ese espectador medio al que no lo importa si lo que percibe es real o reconstrucción, sino su condición de  imagen sensación, imagen choque, que sacuda su pulsión, a través de la repulsión. Una imagen que propicia la descarga (como potenció de modo exponencial el asentamiento de internet en nuestras vidas como nueva carne o hábito  de relación con la realidad).

Max se encuentra con, o se sumerge en, el reinado de la imagen sensación en su estado de ambigüedad suma. Carne e imagen se mutan. Los látigos azotan los monitores en los que los cuerpos en la pantalla gimen ante cada fustazo. Las cabezas pueden introducirse en la pantalla, como las manos o las cintas de video dentro de los vientres, como si preñaran la mente enajenando su cuerpo, su sistema nervioso. Es un arma, como la pistola que se introduce en el vientre y al salir mano y pistola están unidas por cables. Max cruza al otro lado, de programador a mente programada, de suministrador de balas o imágenes choque enajenadoras a instrumento enajenado.  Se pierde la noción de la realidad, alterada, manipulada, para percibir lo que sea conveniente para la entidad manipuladora. Cuando se dispara en la cabeza lo hace dos veces, primero en la pantalla, luego en la realidad (¿O ya ha perdido la noción de diferenciar una y otra?¿de qué es réplica?¿cuál es la realidad?). En este aspecto, como también será el caso de la obra de Carpenter, también subyace una incisiva crítica socio política a cómo los mecanismos del poder (corporativo) estaban derivando en una entraña cada vez más retorcida en sus instrumentos de manipulación y domesticación social. Lo real se difumina, sólo existe la percepción, la percepción modelada. La realidad es como nos la presentan. Y creerás que eres Truman (true man/hombre verdadero), aunque no seamos conscientes de que nos implantan unas necesidades y de que configuran los alivios (las pertinentes descargas) para las ansiedades resultantes del cumplimiento de las funciones asignadas o de las fricciones del desajuste interno. Vidas programadas, como si nos insertaran una cinta intangible. Ya nos creemos lo que nos dicen que somos, sentimos cómo nos han modelado a través de diversos medios, como receptores de una descarga de estímulos e inhibiciones. Lo que no se estimula, lo que no se muestra, no existe, no es real. El dominio de la mediatización implica la forja de criaturas frankesteinianas, mentes hecha de retales con esa nueva carne, mutación de sensaciones primarias y artificios ficcionales. Carne y circuito. Eso es lo que somos. Shoot the film, Shoot to your head/mind.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Perros de paja

                           

Hay un virus que será difícil que sea erradicado porque parece parte integrante del ADN del ser humano, cierta retorcida tendencia, cual resorte, a la enmarañadora susceptibilidad inquisitorial. Durante estos últimos años se ha agudizado una vertiente eufemista de normativa de corrección política, lo que se debe decir, lo que se debe mostrar, lo que se debe (re)presentar (en términos cuantitativos y cosméticos), en el escenario de (las discriminaciones o abusos de) los géneros o de las etnias. Al sistema le interesan esos localizados escenarios de conflicto para que sus estructuras, asentadas en la desproporción y descompensación (de clase) permanezcan intactas (e impunes). Hay películas que son molestas en el momento de su estreno, y lo volverán a ser en tiempos en los que se vuelven a acentuar los posicionamientos subrayados que demanda la rígida susceptibilidad inquisitorial, que no acepta grises ni aristas, sino pronunciamientos aseverativos. Un ejemplo eminente es la excepcional Perros de paja (Straw dogs, 1971). La película fue  controvertida porque descolocó a quienes padecen el mal de la mente cuadriculada. Desconcertó, en particular, el tratamiento de la secuencia en que Amy (Susan George) es violada; hubo quienes consideraron que su planteamiento y tratamiento era degradante para la mujer (no era un personaje específico sino la representante de un género), ya que erotizaba la violación ( y romantizaba la violencia); les descolocaba sobremanera el hecho de que parecía que ella gozaba;  amen de ser una demostración más de la misoginia del cineasta (otro cineasta que cargó con esa desenfocada calificación fue Billy Wilder: Su desatino se amplifica si se analizan atentamente sus obras ya que, en numerosas ocasiones, los personajes femeninos son el contrapunto que evidencia, o cuestiona, la enajenación o corrupción, las inconsistencias o contradicciones, de los personajes masculinos). Aun hoy en día hay quien califica el tratamiento de esa secuencia como impropio, y el enfoque de Peckinpah como irrefutablemente misógino, y se remarca que en la nueva versión de Rod Lurie, estrenada en el 2011, quedaba bien claro el disgusto de la protagonista violada. O un No es No. O cómo ser correcto según la normativa estipulada. La repulsa al planteamiento de Peckinpah de dicha secuencia evidencia, por un lado, la ignorancia sobre la complejidad de emociones humanas y, de modo específico, sobre los vínculos entre los personajes y la circunstancia del desarrollo de sus relaciones. Supone ignorar cómo puede quedarse paralizada, desvalida, quien sufre un abuso, y cómo puede reaccionar en una circunstancia que la supera. Perdieron foco y proyectaron, como suele ocurrir tantas veces, cómo preferirían que reaccionaran los personajes en las películas, de acuerdo a su forma de pensar o concebirse a sí mismos. Una cuestión de imagen, como si en la pantalla quisiéramos corroborar cómo preferimos vernos en aquellos que consideramos que nos representan (por género, etnia, nacionalidad, uso de gafas o jerseys de cuello alto). Y molestó, y molesta, que Peckinpah cuestionara la actitud del personaje femenino, señalando que quien juega con fuego se quema, como si primordialmente, y no también, cuestionara su actitud o conducta.

En primer lugar, con respecto a la desenfocada percepción de la supuesta misoginia, ¿no cuestiona también a los principales personajes masculinos? Si el espectador es hombre ¿no pudiera sentirse zaherido porque todos los protagonistas masculinos son más bien unos impresentables, inconsecuentes, brutos o inconscientes, con la excepción del alcalde, que, significativamente, será uno de los primeros en morir cuando se desata la violencia, precisamente, por querer impedir que así sea? ¿Los hombres deberían sentirse agraviados por esa concepción, sintiendo que se considera así a todos los hombres, y que todos reaccionarían de tal manera, de modo tan agresivo, cual bestias, en tales circunstancias? Hubo de hecho, en su momento, quienes también pusieron en cuestión que se presentara a la gente de campo como la representación de la barbarie; aunque ¿el urbanita protagonista, David (Dustin Hoffman), no es igual de violento incluso antes de que lo sea mediante la acción física? ¿Acaso la violencia psicológica no puede ser tan, o incluso más, terrible que la física?. Siempre hay una excusa para sentirse zaherido o apreciar un menoscabo, excepto si eres un ser masculino (y blanco heterosexual). En ese caso puedes presentar un conjunto de hombres miserables que ningún hombre blanco heterosexual, como tal, tendrá derechos a sentirse descalificado ni minusvalorado o injuriado. Si nos atenemos a declaraciones del propio Peckinpah, no solo cuestionaba al personaje femenino, o su actitud imprudente sino también, y de modo más remarcado, al masculino, en concreto, su enajenación, la desenfocada concepción de sí mismo. En el cartel se remarcaba el cristal roto de sus gafas; el desarrollo narrativo evidenciará su imprecisa percepción de sí mismo. Aún más, Peckinpah lo dijo bien clarito: David es el villano, que al final revela su verdadera faz. O que se confronta con su naturaleza real. Algo claramente expuesto en el planteamiento estilístico de su narración, pero las anteojeras (susceptibles) ofuscaron el discernimiento.


Los desenfoques, por enfocar solo en un punto (por el perturbador tratamiento de la secuencia de la violación), olvidándose del conjunto, que queda emborronado, no discernieron que el núcleo dramático es la relación David-Amy, o de modo más preciso, la degradación, y enmarañamiento, de una relación que, progresivamente, evidencia los desajustes y las inconsistencias de la misma. Si el año anterior había desarrollado, en La balada de Cable Hogue (1970), una hermosa historia de amor en la que exponía que no es relevante la imagen social sino la sintonía y la conexión (él ama a una mujer, es irrelevante si él es un buscador de oro y ella una prostituta), y al año siguiente, en La huida (1972) desarrollaría una complejo retrato de la reconstrucción de una relación, o recuperación de una conversación amorosa, superando susceptibilidades, en concreto, por parte del protagonista masculino, enfrentado a sus contradicciones (recluido en prisión había pedido a la mujer que ama que buscara el modo de convencer a quien podía acortar su estancia, pero no encaja, al salir, que ella hubiera recurrido para conseguirlo a la disposición sexual como moneda de intercambio), Perros de paja se centra en el deterioro de una relación, la evidencia de que la conversación amorosa es cada vez más una discrepancia y una discusión. O cuando una relación primordialmente se encasquilla en una tortuosa partida de ajedrez.

 

 La violencia subyacente resulta cada vez más manifiesta a medida que se van acentuando, apuntalando, los respectivos orgullos y las respectivas reacciones despechadas. Los personajes alrededor, en especial el grupo que trabaja en la remodelación de la casa: Charlie (Del Henney), exnovio de Amy, Scutt (Ken Hutchinson) y Riddaway (Donald Webster), son como emanaciones de su conflicto, de toda la violencia que palpita en su relación, y en especial, en David, el presunto racionalista, el presunto adulto (en una ocasión, reprocha a Amy que siga actuando como una niña, y le espeta que crezca; no deja de ser mordaz ese plano en el que vemos a David subido a un columpio). David es el monstruo, la mente cuadriculada, la emocionalidad insegura, hasta acomplejada (pese a sus brotes arrogantes, que tienen mucho de autoafirmación obtusa). Su violencia no es física, pero se despliega virulenta en sus reacciones despechadas. Es la prototípica actitud masculina pleistocénica que llega a acusar a Amy, cuando esta señala de qué descarado modo lúbrico le miraban los chicos, que es ella la que lo provoca por ir vestida de ese modo, con esa minifalda  y sobre todo por no llevar sujetador. Amy reacciona como la imprudente niña que no advierte el alcance que puede tener su sublevación o disconformidad. Sí juega con fuego considerando cómo son quienes la rodean. Pero es, fundamentalmente, la actitud de David la que posibilita que se desencadene la violencia, por propiciar las reacciones insumisas de Amy, y por no neutralizar la prepotencia de los pueblerinos. Remarca más su territorio con ella que con ellos.

En la primera secuencia, la llegada de la pareja al pueblo ( Wakely; wake: despertar o velatorio), ya se condensan varios de los aspectos vertebradores fundamentales de la narración: el plano cenital inicial de un cementerio en el que juegan unos niños (algunos rodeando a un perrito), además de sus conexiones con el inicial de Grupo salvaje (1969), en el que unos niños quemaban un escorpión y unas hormigas, es ya un apunte indicativo sobre cómo los juegos de adultos pueden ser pueriles, o elementales y primitivos (¿Qué separa realmente a David de los lugareños?) pero letales por el daño que pueden acarrear (el plano cenital evidencia que no hay sabiduría regidora sobrenatural o divina: el ser humano es un ser inconsciente, como un niño que no crece, y genera muerte con su tendencia violenta y dañina); el plano de presentación de Amy remarca cómo resalta  sus pezones bajo el sueter, es decir que no lleva sujetador; porta el  cepo para osos, que le regala a David, cepo para furtivos (furtivos, intrusos en propiedad ajena serán el grupo de amigos, quienes, en duelo de cornamentas de machos, pretenderán apropiarse del espacio o territorio, hacer bajar la testuz de la virilidad de David, y eso implica apropiarse de su hembra: es el cepo en el que quedan atrapados por dejarse dominar por el mero instinto; de hecho, Charlie, antiguo novio, que ya intenta hacer sus primeros acercamientos a Amy, y será su primer violador, precisamente morirá asfixiado con ese cepo); la presencia del retardado Henry jugando a la pelota con unas niñas, presencia  cuestionada, a su padre, al verla como amenaza, por el patriarca Hedden (Peter Vaughan), que ya deja bien claro que es alguien que necesita que su voluntad sea satisfecha; la inseguridad de David, mirando a través de la ventana del bar la conversación entre Charlie y Amy (que desde la distancia parece proximidad, ya que él ha puesto el brazo sobre ella, aunque ella le esté cuestionando que para nada se sintió protegida por él cuando eran novios pese a lo que él afirma); A David le molesta más que la suficiencia agresiva y avasalladora del grupo de amigos la actitud contestataría de Amy, que pone en cuestión su autoridad, que no se pliega a su voluntad, como quien no se ajusta a su pizarra, y más bien cambia los signos de sus ecuaciones: de hecho, sustituye un signo de más por un signo de menos; al exceso de más de David ella responde con un menos; es la tónica de la fluctuación de la relación, que evidencia sus fallas prontamente, o cómo oscila entre extremos; en cierto momento, ella juega al ajedrez en la cama, y el diálogo deriva en una situación sexual; pero, mediante abrupta elipsis, al día siguiente ya están de nuevo discutiendo; su relación parece más un combate o una partida que una relación armónica y cómplice.

Dustin Hoffman cuestionó a Peckinpah la elección de una actriz no sólo tan joven sino con ese aire de Lolita, ya que él no veía que pegara con alguien como David. Pero la elección no pudo ser más atinada. Amy solivianta a David, porque carece de su envaramiento, de su rigidez cuadriculada de presunto adulto (y es otro hombre que no soporta que la mujer que, supuestamente, ama sea tan admirada por otros; no soporta lo que no controla). Cuando él le remarca que se tape, que cierre las ventanas ya que se va a duchar, ella al subir las escaleras se quita el sueter, que arroja sobre su cabeza, y que deja sus pechos al descubierto, los cuales contemplan Charlie y sus amigos que trabajan en el tejado (no hay exhibicionismo, sino el gesto insurgente ante la mente cuadriculada de David; es una acción contra David, no para ellos). Así que el grupo de Charlie (también representación del pasado sexual de Amy) y sus amigos se convierten en pantalla y contrapunto (a la vez que espectadores) del conflictivo escenario de su relación.  Son incluso, en registro casi fantástico, la proyección fantasmal de su violencia, de sus fisuras: los chicos alardean en el bar de las bragas de Amy que uno ha cogido; en la siguiente secuencia asistimos a la primera acre y violenta discusión entre David y Amy (en la que David, en su espacio de poder, el de las ecuaciones en la pizarra, remarca que no juegue con él; que no le contraríe, en suma). La vulneración, desestabilización de ese espacio íntimo, o territorio propio, primero se representará a través de la sustracción de objetos (las bragas citadas). Posteriormente, la muerte de la mascota, del gato ( con el que previamente habíamos visto  a David actuar con cierto desprecio y maltrato, lanzándole fruta; porque es el gato de Amy, no de ambos): Esa muerte propiciará la segunda fisura, y la más grave, en la discusión entre ambos sobre cómo actuar con respecto a Charlie y los demás, ya que ambos saben que son los que han matado al gato (y lo que representa: han entrado en su dormitorio; demuestran que pueden acceder a su espacio propio cuando les apetezca); David se ve incapaz de enfrentarse a ellos, y exponer sus sospechas; aún más, el hecho de que ella saque el tazón con la leche del gato cuando sirve bebidas a David, Charlie, Scutt y Riddaway, propicia que, con soberbia, David decida no plantearles nada, y aún más, acepte ir de caza con ellos (opta por ser aceptado por y como ellos, como macho entre los machos, y reacciona con despecho contra Amy, la hembra desestabilizadora y contestataria).

La tercera irrupción en el espacio será la de la violación de la mujer, Amy, la apropiación de la posesión más preciada para el macho, rapaz y depredador. Resulta sorprendente que creara esas reacciones. Es manifiesta lo ásperamente dolorosa que es para Amy la vejación a la que es sometida por dos veces. Pero hay que perfilar con precisión la circunstancia emocional. En principio, aún resuena la rabia en ella por la actitud de David cuando deja entrar a Charlie, el lobo, rabia que ofusca su percepción, ya que Charlie es puro depredador que no se va a conformar con la respuesta de un beso respondido más con el sabor del despecho. Peckinpah intercala, cuando él ya la está forzando, penetrándola, las imágenes mentales de Amy, sea de  David, o apartando la mirada de Charlie para focalizarla en el fuego del hogar, que proyecta o enfoca para sugestionarse, para intentar contrarrestar la vejación, para imaginar que es David quien la penetra. Más allá de que fuera Charlie pareja tiempo atrás, su reacción en ese momento, indicándole que sea más delicado, no implica una aceptación de la violencia, ni satisfacción placentera, sino un modo de sobrellevar, sugestionándose, la situación de vejación (cuando el No es No no puede impedir el abuso). De nuevo, parece que no se comprende la circunstancia de quien sufre una situación de abuso o maltrato, y carece de la necesaria capacidad de reacción o se siente impotente, paralizada. Primero, intenta cerrar los ojos, e imaginar a David, o distraerse con el fuego, pero no es suficiente, por lo que intenta, cuando ya ha sido sometida y no es factible que él cese en su propósito, que la situación sea lo más llevadera, aludiendo a la delicadeza, al vínculo que hubo entre ambos. La aparición de Scutt, que la viola, con la complicidad de Charlie, ya convierte, definitivamente, la violación en la quintaesencia de la brutalidad, no hay ya manera de poder sugestionarse para sobrellevar la vejación (Peckinpah con causticidad alterna la violación con los planos de David disparando a aves, y mostrando cómo le repele la sangre al coger un pájaro que ha matado: sus elecciones o decisiones, su actitud, su ausencia o falta de apoyo a su esposa, es lo que ha provocado la violación; de alguna manera, la ha matado simbólicamente al propiciar la circunstancia de la violación, por no enfrentarse a esos hombres con respecto a la muerte de gato).

La violación, de hecho, no es sino la mancillación definitiva del último resquicio de espontaneidad y naturalidad genuina. Dentro de esta obra de sórdida y turbia atmósfera sofocada, Amy, pese a sus  imprudencias inconsecuentes,  era además el resquicio de la actitud insumisa, como la figura del magistrado (TP McKenna, de aspecto curiosamente parecido a Peckinpah, lo que redunda en la sensación de que es el personaje con el que Peckinpah se identifica), representa la Razón (es el único que parece contener la furia de Hedden, quien no soporta que no quiera beber con él), y que elocuentemente, será asesinado por Hedden cuando éste y Charlie y sus amigos realicen el asalto final, la última irrupción, en el espacio o territorio propio de David, en busca de Henry, porque creen que ha podido agredir a Janice (Sally Thomset), la desaparecida sobrina de Hedden (ignorando que Henry  la ha matado accidentalmente; significativamente, una situación que ella ha provocado por despecho, al sentirse rechazada o ignorada por David). El despecho de Janice, y el despecho de David con respecto a Amy, son fundamentales condicionantes de la violencia que se desencadena. La irracionalidad descontrolada, no recluida, que representa Henry, es la de todos, hombres o mujeres, sea Janice, las huestes de barbaros que invaden el territorio de David, o este y su falaz imperio de la razón, ya que la ciega rigidez de su mente cuadriculada no es consecuente con la virulencia visceral que rige sus actos y reacciones, como ha demostrado a lo largo del relato (Peckinpah declaró que David dispone de dieciocho ocasiones durante el curso de los acontecimientos para evitar que se desencadene toda la violencia que tiene lugar). Pero David se dedica a mirar desde las barreras (en varias ocasiones, se le encuadra mirando a través de objetos interpuestos: ventanales o cortinas).

David era alguien que nunca había querido intervenir en la realidad, tomar partido, prefiriendo esconderse, al margen. Por eso había decidido trasladarse de Estados Unidos (alejándose de los conflictivas insurgencias sociales) a un páramo apartado en Inglaterra. Había optado por apartarse en su escenario de fantasías, el de los cálculos matemáticos, escenario de ilusorio control, rehuyendo todo conflicto (pero su esposa es la juvenil insumisión de la que ha huido, en términos colectivos, en Estados Unidos). Al final reacciona, pero fundamentalmente porque quieren tomar su  espacio propio, lo único que le importa. Es su casa, repite varias veces. Quieren que les entregue a Henry pero lo que le molesta sobre todo a David, como se sintió presionado por Amy cuando salió con el cuenco de leche del gato, motivo por el que optó por no recriminarles nada, es que ahora también se sienta forzado a hacer lo que le demandan. En cambio, Amy, que ya ha conocido la violencia en sus carnes, con la violación, frente al asedio que sufren en casa, aboga por darles lo que quieren, al que buscan, Henry. Su insumisión se ha tornado miedo. Curiosa y significativamente, los atacantes y David despliegan su violencia sin saber, unos, que la sobrina esta muerta, y el otro, que Amy ha sido violada. Lo que les define de modo más crudamente preciso.

Desde el principio de los tiempos los seres humanos han tendido a cosificar o categorizar a los otros como representaciones que considerar rivales o a las que despreciar o minusvalorar, como forma de autoafirmación. Sea por pertenecer a otra tribu, o disponer de señas caracterizadoras con las que no identificarse,  y sí por lo tanto que rechazar por no ser como lo que distingue como individuo o colectivo, sea por etnia, género, nacionalidad o el constructo de identidad que fuera. Carpenter, con Estan vivos, incidía en una cuestión fundamental. Más allá de los prejuicios y de las discriminaciones específicas, el conflicto social fundamental es el de la diferencia de clases (una cuestión de posición y capacidad adquisitiva, de control y dominio económico). Peckinpah enfoca en otra cuestión fundamental. Más allá de las diferencias o especificidades de los constructos de identidad, hay una faceta que todos los humanos comparten en su naturaleza, su ilimitada capacidad de infligir daño, su violencia expresada de distintos modos, la facilidad con que se deja llevar por la intemperancia. Da igual si eres hombre o mujer, vives en entorno urbano o rural, o sea cual sea tu constructo de identidad (etnia, nación o lo que sea). Lo que realmente distingue a unos y otros es una actitud (quién es consecuente y empático, quién se deja dominar por la susceptibilidad, el despecho o la soberbia). Esa violencia es parte consustancial del ser humano, que algunos despliegan sin escrúpulos, y que otros ejecutan sin tomar consciencia de la violencia implícita en sus actos, reacciones o palabras (ya que la justificación de nuestros actos es nuestra principal adicción). David pertenece a esta segunda categoría. Durante la conversación con el párroco, éste le pregunta si no se siente responsable, como científico, del uso de armas de destrucción masiva, caso de las bombas atómicas, a lo que David replica que no ha habido más muertes que en nombre de Cristo. De nuevo la concepción del otro como representante de un colectivo. Otra contienda en un escenario de contiendas (de pareja, vecinales, masculinas por la pieza femenina…). 

No sé cuál es el camino a mi casa. No te preocupes…yo tampoco. Son las últimas frases de Perros de casa.  Las frases son dichas, respectivamente, por Henry y David, el deficiente o desequilibrado a quien su padre no había querido recluir, y el matemático extranjero  (supuestamente equilibrado y con notable coeficiente intelectual) que había elegido esa población británica para recluirse, esconderse de un mundo en el que no quería tomar partido, y que acaba de vencer a los que han asaltado su casa porque querían la pieza, a Henry.  Son, por tanto, la aparente representación de los extremos, de lo irracional y de lo racional. Pero se acaba de desvelar que no existen esas diferenciaciones, incluso para el mismo personaje, David, de ahí su contestación o asentamiento. Sabe que ha cruzado un umbral desde el que no hay retorno. Se ha visto a sí mismo cómo es en toda su amplitud, ya no sólo como quería verse, o creía que era. El coche se desplaza en la noche, en la niebla. David se sonríe, pese a la constatación de su extravío, que no es sólo espacial. Ya no hay certezas, la mirada ha perdido horizonte, ofuscada entre los jirones de niebla de su ceguera, el caos reinante en el que ya se destierran los contornos; las ecuaciones se han quebrado con la sangre; los rostros se han desenmascarado: David ha tomado consciencia de su real rostro: La bestia que hay también en él. 

 



sábado, 21 de noviembre de 2020

Están vivos

 

Nada es el apellido que se adjudica en los títulos de crédito al protagonista de Están vivos (1988), de John Carpenter, del que en ningún momento se sabe su nombre, porque es otro más de los integrantes de la clase trabajadora abocado a la nada. Sobre la nada giran los primeros pasajes, la nada de aquellos que erran en busca de un empleo, como Nada (Roddy Piper) con su mochila al hombro; la nada de aquellos que viven al margen, sin hogar, en arrabales donde erigen sus chabolas y chamizos. Supervivientes de una sociedad en la que se incrementa el número de pobres e indigentes, en la que la clase trabajadora no sólo es que esté cada vez más abismada en la escala social sino cada vez más sumida en los márgenes de la precariedad. Porque quienes dominan las elevadas posiciones del poder, es decir, de los privilegios económicos, no sólo imposibilitan su acceso a cualquier mínima asistencia social sino que incrementan sus privaciones y se esfuerzan en impedir que los que sobreviven a duras penas en  los más bajos escalafones de la pirámide económica, el tercer mundo de la sociedad del bienestar, puedan superar su precaria circunstancia (como el que empuja hacia abajo al que forcejea por no ahogarse para que se hunda aún más). Esto lo apunta Armitage (Keith David), un trabajador de la construcción que posibilita un puesto a Nada; Armitage es el prototipo del trabajador que mira hacia otro lado, o hacia abajo, para no meterse en problemas, para no perder el mínimo resquicio que le han permitido ocupar. Acepta un sometimiento, y la resignación sin cuestionamiento, porque su vida depende de esa conformidad. Su apellido, Armitage, está tomado del personaje protagonista de El horror de Dunwich de H P Lovecraft (al fin y al cabo nos hablan de El horror de la sociedad del bienestar), como Nada del apellido del protagonista de un relato gráfico con ese título, escrito por Ray Nelson, en colaboración con Bill Wray, publicado en la antología de comics Alien encounters (1986), inspirado en un previo relato corto escrito por Nelson en los 60, Eight O'Clock in the Morning.

Hay mundos ocultos, como también se reflejará en la posterior En la boca del miedo (In the mouth of madness, 1995), una de las obras maestras de Carpenter, y la más depurada traslación del universo del novelista de Providence. Mundos ocultos relacionados con los mensajes subliminales que lanzan las instancias del poder, mensajes mediante los cuales los ciudadanos corrientes asimilen y asuman la obediencia y el sometimiento, aturdidos, sin capacidad de reacción ni reflexión, conformes, sin pensamientos independientes ni cuestionamientos de la autoridad, las normas establecidas, las ocho horas de trabajo, sólo con el impulso o deseo de consumir y comprar lo que les vendan o ver la televisión como un entumecedor soma. Ciudadanos que son mercancías, peones y compradores sin capacidad cuestionadora. Reflejos de una corrupción social de un modo de vida, de sociedad capitalista, en la que el dinero es el centro neurálgico y horizonte divino, que se propulsó y alimentó en la década de los ochenta, y hacia la que Carpenter escupe con corrosiva virulencia esta mordaz sátira (aunque parece que fue contra el viento, o se quedó solo, porque la situación ha ido empeorando como un virus que se propaga implacable sin resistencia siquiera).
En el territorio metafórico, fantástico, de Están vivos, esos dominadores ocultos son extraterrestres que tratan a los humanos como ganado. Para ellos la tierra es un tercer mundo que explotar hasta que ya hayan extraído todo lo que sea posible, y dejen el planeta a su suerte. Metáfora de lo que la sociedad del primer mundo hace con la del tercer mundo y, dentro de su propio entramado social, con los trabajadores que están en las sucesivas posiciones bajas de la escala social (mientras cada vez son menos los que disfrutan de una posición más que holgada en las elevadas; la desproporción se ha ido incrementando), a los que se intentan adormilar, como muertos vivientes, para que no reaccionen ni se opongan (el emblema físico de ese sometimiento, o a esa aceptación sumisa, en este siglo es el gesto encorvado mirando la pantalla de un móvil). Carpenter utiliza en una secuencia la frase de un ejecutivo de un estudio de Hollywood: todo el mundo vende algo en algún momento. Por lo tanto, qué problema hay en corromperse, en aceptar una posición de privilegio aunque te previamente quejaras de tu suerte cuando ocupabas una posición baja en el escalafón económico. Simplemente, hay que aprovechar la oportunidad. El que está abajo, en posición precaria o suspendida, solo desea ocupar la posición de privilegio, no modificar la estructura de configuración de realidad (social).

Los medios de comunicación (perdón, de disuasión) se ocupan de incentivar bien de modo soterrado, y pernicioso, con un bombardeo constante, esa ansia de consumo y de posesión, y de deseo de ascender en la posición social. De ser Nada a ser algo, aunque dejes de ser alguien, porque ya sólo eres tu posición, algo corrupto, podrido, sin rasgos, intercambiable, cual cadáver en descomposición  (están vivos, pero podridos), como se revela que es la condición física de esos extraterrestres cuando son mirados con unas gafas que revelan la verdad, del mismo modo que revelan los mensajes subliminales tras los seductores carteles o las portadas y páginas de revistas y periódicos. Nada es un integrante de esa masa de nadas alguien que, en las secuencias iniciales, declara que le gusta su país, y que acepta las reglas, alguien conforme que sólo espera su oportunidad para ascender en la escala de privilegios, hasta que mira la realidad del modo que revela su real trama escénica, y lo hace por accidente, pero también por preocuparse de mirar con detenimiento las cosas, por preguntarse por la realidad circundante (su curiosidad inicial por los intrigantes movimientos en la casa donde se reúnen los resistentes).  La realidad no es como piensa que es, las reglas están amañadas, y fundamentadas en la conveniencia y la imposición. Las apariencias no son lo que parecen, como bien quedaba constatado también en La cosa (1982), donde no sabías quién o qué era el que estaba a tu lado, si su apariencia se correspondencia con su naturaleza. Entre ser y parecer puede haber un abismo no visible, e impredecible.

Nada es el currante que se rebela, y lo hace según sus posibilidades y cualificaciones: es un obrero de la construcción, su arma no es un discurso ni la articulación intelectual, es la fuerza física, el uso de las armas. Pero tendrá que buscar un apoyo, y para ello tendrá que enfrentarse a los insatisfechos que prefieren lamentarse de su situación pero sin nunca alzarse (acomodados en su vida programada, como los que se quejan de que el movimiento insurgente interrumpa con sus emisiones su programación televisiva), o la de los que no quieren meterse en problemas y perder lo poco que tienen (las migajas que se les permite), como Armitge, lo cual pone en evidencia, o cuestión, la imposibilidad del cambio por el hecho de que entre los sometidos, entre las clases desfavorecidas, no haya solidaridad y sí miedo o incapacidad para reaccionar, y construir unidos un proyecto, como también reflejaba, en otro territorio dramático o genérico, Mike Leigh en Meantime (1984). Nada decide enfrentarse, como buen héroe carpenteriano, a un mundo podrido que sólo merece un corte de mangas, el alzamiento del dedo corazón, o un una buena sarta de golpes y disparos que dejen en evidencia un mundo falsificado y manipulador, una mera pantalla en la que nada es real, y que a nada aboca a los que somete. Carpenter nos despierta, o lo intenta, con el suministro de un buen chute energético  a golpe de riff de guitarra o una de las más largas peleas rodadas, alrededor de seis minutos (inspirada en la final de Wayne y McLaglen en El hombre tranquilo, 1952, de John Ford), entre Nada y Armitage, cuando el primero intenta convencer al segundo de que se ponga las gafas y vea la realidad tal como es. Porque quizá para despertar hace falta más de un golpe.

martes, 29 de septiembre de 2020

Asalto a la comisaría del distrito 13

                               

Anderson Alamo era el título con el que elaboró su guión John Carpenter, pero Irwin Yablans, el distribuidor que adquirió la película, impuso el de Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on precint 13, 1976), aunque en un momento dado el teniente Bishop (Austin Stoker) menciona que la comisaría pertenece a la división 13 del distrito 9. El particular Alamo de Carpenter,  ante todo una revisitación de su admirada Río Bravo (1959), de Howard Hawks (de hecho, Carpenter usa como montador el seudónimo de John T Chance, nombre del personaje de Wayne en dicha obra). En este caso los asediados se defienden del asalto de una horda (multirracial) de pandilleros (como también los indios asediaban un fuerte: uno de los policías de la comisaría está interpretado por el actor Henry Brandon, que encarnó al indio Scar en Centauros del desierto, 1956, y el indio Quanah Parker de Dos cabalgan juntos, 1961, ambas de John Ford). En la caracterización de los pandilleros se evidencia la otra fundamental influencia, La noche de los muertos vivientes (1968), de George A Romero. Los pandilleros se conducen como autómatas, inexpresivos, sin articular casi palabra, como una pura fuerza instintiva que aplica el Cholo, una venganza indiscriminada, hacia policías y ciudadanos, por la muerte de seis pandilleros a manos de la policía: uno de los pandilleros apunta desde el coche, con su fusil de francotirador, contra transeúntes de diferente condición; ya anticipa que su víctima podía ser cualquiera, como lo era para el francotirador de Pánico en el estadio (Two minute warning, 1976), de Larry Pearce. No parecen tener identidad singular, más allá de la distinción de su condición étnica, y sus rostros parecen máscaras, como la que utiliza el mismo Michael Myers, en La noche de Halloween (1978), unos y otros lo mismo, como la condición proteica de  la criatura La cosa (1982), indiscernible tras el rostro de los expedicionarios.

Tampoco tienen rostro los mismos policías que disparan en el estrecho callejón a los pandilleros, en la secuencia inicial; sólo se resaltan sus fusiles automáticos, cuando disparan, o humeantes, tras la ejecución.  Detalle, o ingenioso recurso de puesta en escena, que ya aposenta en la narración un turbio extrañamiento, de raigambre fantástica, como si en el fuera de campo se abriera un abismo amenazante, como si la violencia ya se hubiera propagado sobre una ciudad, una sociedad, emponzoñada, en la que la ley ha asumido, como se declara en los medios, que cualquier recurso es válido para eliminar a los delincuentes: es significativo que la comisaria donde acontece el asedio sea una comisaria en proceso de traslado: sugiere la falta de estabilidad del orden, su veleidad e indefinición (ya no se diferencian sus métodos de aquello que dice combatir; por lo tanto las acciones de los pandilleros son tanto una respuesta como su reflejo siniestro). Se provoca y abre, por tanto, una fisura, la violencia desbocada, desatada; ese todo es posible, o nadie se libra de ser vulnerable a la arbitrariedad imprevisible del brote violento: la brutal secuencia en la que disparan sobre la niña junto al camión  de los helados (y que se intentó censurar), y que apuntala, definitivamente, que cualquier puede ser la víctima. 


 Uno de los aciertos más destacados de esta magnífica obra, en la que Carpenter demuestra, entre otras cosas, su refinado sentido de la composición (su dominio de las simetrías), es el de la figura del criminal, condenado a muerte, que es trasladado a prisión, Napoleon Wilson (Darwin Joston, que era vecino y amigo de Carpenter,  y en quién, incluso, se inspiró para la caracterización del personaje, en particular por su humor negro). Le dota de un carácter entre estoico, cáustico, siniestro, macarril y bigger tan life, del que serán variantes (más cínicas)  Snake (Kurt Russell) de Escape de Nueva York (1982), Jack Crow (James Woods) de Vampiros (1998) o Desolation Williams (Ice T), de Fantasmas de Marte  (2001). Napoleón es aún más enigmático, y desconcertante, que todos ellos, y su relieve (sugerido) es más amplio. Del mismo modo que el fuera de campo vertebra la narración (como esa secuencia en la que los patrulleros al escuchar algo que gotea sobre el capó descubre que es la sangre de un técnico de teléfonos que cuelga muerto de un poste), lo incierto ( hasta se juega, para acentuar esa atmósfera casi apocalíptica, casi sobrenatural, con el detalle contextual del indeterminado influjo de las manchas solares), hay vertientes sobre  él que no se concretarán, y permanecerán en incógnita ( por qué le pusieron el apodo de Napoleón, o cuáles fueron sus crímenes), como tampoco sabremos por qué Bishop dejó momentáneamente el trabajo ( al que acaba de retornar).

                               

Los personajes logran perfilarse, admirablemente, a través de sus acciones, o decisiones (en Napoleón se aprecia una integridad de base; a diferencia del nihilismo que emana de las variantes futuras citadas, Napoleón parece un rescoldo de otro tiempo, de un tiempo pasado), como con los mínimos detalles perfila, hermosamente ( de nuevo, con miradas y gestos), la atracción que se gesta entre él y la policía Leigh (Laurie Zimmer);  en especial ese detalle ( también tan Hawksiano), del cigarrillo que Napoleón no deja de pedir durante gran parte de la narración,  y no será otra que Leigh (homenaje a la guionista Leigh Brackett, que trabajó en diversas ocasiones con Hawks) quien se lo proporcione. Dos personajes que aplican el templado estoicismo, sin dejarse llevar por las furias (memorable Leigh, cuando, con el gesto imperturbable, deja que se acerque el pandillero, que ya le ha disparado en un brazo, y le golpea con contundencia, o más tarde dispara contra otros que entran por la puerta de atrás), y saben, por ello, resistir a esa ciega e incontenible fuerza del instinto que representan los pandilleros, la brecha de una ley que ya, como una mancha solar, se asemeja cada vez más al propio abismo.